Cultura y militancia

Ya no se produce nada de lo que alguna vez se produjo en Occidente: no hay gran literatura, ni gran música, ni grandes filósofos, arquitectos, escultores

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Un pensador puede generar cambios en la realidad, ya que el pensamiento precede a la acción. Un pensador puede renovar ciertos puntos de vista, si es que algo puede renovarse en el eterno ciclo del pensamiento; o bien puede traer a la escena algo que, parafraseando a Borges: “Es siempre un sistema de citas”, aunque él se refería a la literatura, no a la llamada ”metapolítica”.
Evidentemente, pensadores como Alain de Benoist o Alexander Dugin –por citar a dos de los más conocidos, olvidando injustamente a otros– hacen un aporte inmenso a la gente que actúa o quiere actuar en un mundo en constante cambio y en una lucha en constante desarrollo.
Sin embargo, existe un riesgo, que no puede imputarse a ellos, y es que algunos confundan el aporte de esos pensadores con la cultura en su totalidad. Me explico mejor: el llamado “militante” suele ser, sobre todo en Occidente, una persona que se aferra a una estructura ideológica, a ciertos aspectos de la realidad que le interesan, y los confunde con el hecho de tener y pertenecer a una cultura. Es un “seguidor” de ideas determinadas, algo que termina pareciéndose mucho a un ideólogo; es decir: alguien que se aferra a ciertas ideas estructuradas, porque necesita una estructura precisa. De allí que se necesiten también etiquetas, como las de “Nueva Derecha” (aunque no sea tal) o “Nacional-bolchevismo” (aunque no sea tal), en los casos de los pensadores precedentemente nombrados.
Para decirlo en forma clara y directa: alguna gente se aferra a un esquema y quiere hacerlo pasar por toda una cultura. Sin embargo la cultura es algo más amplio y profundo. Por eso, por más que se repitan ciertos tópicos una y otra vez, la cultura en su conjunto no aparece. Ya no se produce nada de lo que alguna vez se produjo en Occidente: no hay gran literatura, ni gran música, ni grandes filósofos, arquitectos, escultores, en fin…nada de eso que forma el entramado complejo de una gran cultura. Por ejemplo: Alain de Benoist puede escribir un gran libro llamado: ¿Cómo se pude ser pagano?”, pero no puede producir (ni se lo propone) el fenómeno del paganismo. Y cuando el seguidor, el discípulo, el militante, cree ser pagano sólo porque ha leído el libro, habría que hacer como hacen desde hace siglos los maestros zen: simplemente te dan un bastonazo. El porqué es sencillo: por generar una respuesta desde una estructura mental preconcebida, sin vida, sin auténtico ser.
No está mal, sino al contrario, que se tomen y se asuman los aportes de pensadores políticos y metapolíticos, pero eso es sólo una parte del todo, y no da vida ni reemplaza a una cultura, como algunos pretenden hacer. Algunas personas pretenden, a través del estudio de una determinada corriente de pensamiento, ejercer una influencia social, política y cultural que les queda grande. Como interpretadores de un determinado pensamiento, lo siguen al pie de la letra, generando polémicas a veces delirantes, que pueden seguirse en la red. Las teorías se convierten así para algunos discípulos en dogma, sin advertir que esa actitud es justamente lo contrario de una actitud culturalmente profunda. No conocen a los grandes escritores, no escuchan a los grandes músicos, no reconocen a los grandes artistas, filósofos, políticos, pero señalan el camino sin dudar, porque creen que a través de una posición “ideológica” se genera el poder y la cultura, cuando la verdad es exactamente al revés: el poder y la cultura son fenómenos que se producen misteriosamente, al margen de una ideología, en el centro mismo de una vivencia colectiva denominada cultura.
Cuando he leído a Alain de Benoist, lo he hecho desde su aporte, pero nunca lo he interpretado como una ideología, pues creo, además, que es eso lo que De Benoist ha querido promover. Quienes pretenden hacer lo contrario lo perjudican.
En el caso de Dugin es más triste aún ver cómo algunos occidentales se aferran a un esquema de “cuarta teoría”, que podrá tener un sentido de lucha política precisa para Dugin, quien hunde sus raíces en la vitalidad y el poder de Rusia, pero no lo tiene tanto para quienes pertenecen a una cultura casi muerta como la occidental.

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