Europa vista desde el otro lado de la mar

Quienes se ponen al frente de la causa europea y en nuestro caso de la causa criolla, son casi siempre quienes peor sirven a esta misma causa. Se mantienen en una rígida soberbia, creyéndose superiores e infalibles. En eso sí somos iguales a un lado y al otro del mar.

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Hace un tiempo que sólo escribo poesía. Escribir otra cosa es algo de lo que estoy casi curado, pero no del todo. Quizá estas breves conclusiones sean parte de la medicina final. Después de todo, Heidegger llegó a conclusiones similares en su vida, y dio al lenguaje poético las más altas posibilidades de expresión incluso en filosofía.
He escrito por diez años para Europa y para la causa de Europa, por pensar que esa causa es parte de la nuestra: los que partimos un día hacia Ultramar. Sé que las experiencias de todos estos años no caben en tan apretada síntesis, pero puedo esbozar algunas.
En primer lugar debo decir que la distancia entre nosotros, como pueblos (no entre las personas individuales), me ha resultado bastante mayor de lo que pensaba. Hay algo en nuestra forma de ser que nos ha diferenciado. Eso no nos hace mejores ni peores, sino distintos. Sin duda nuestro carácter se parece más hoy al de un ruso que al de un europeo occidental. Evidentemente la periferia y el territorio tienen gran fuerza en el alma de los pueblos.
Otra de mis conclusiones de todos estos años, es que quienes se ponen al frente de la causa europea y en nuestro caso de la causa criolla, son casi siempre quienes peor sirven a esta misma causa. Se mantienen en una rígida soberbia, creyéndose superiores e infalibles. En eso sí somos iguales a un lado y al otro del mar. El segmento que quiere dirigirnos nos lleva permanentemente hacia atrás y hacia el fracaso. Ellos tienen sus dogmas, que a mí al menos me resultan insoportables. Se ve en la estética. Toda cosa vital crea su propia estética. No hay cosa más fea que una estética que se fríe siempre en el mismo aceite. Si hay algo que sí tenemos en común con España es el fracaso nacional en nombre de la nacionalidad.
Al pueblo criollo le falta madurar. Algunos pueblos europeos ya están pasados de maduración. Nosotros somos infantiles. Los europeos son seniles. Ninguno encuentra el punto, ese “estar en forma” que expresaba Spengler.
Para nosotros, los europeos son fríos, distantes. Para los europeos, nosotros somos impredecibles, pesadamente sentimentales. Nosotros añoramos el orden urbano de Europa que no tenemos, los europeos añoran la libertad social que ellos no tienen.
Nuestros abuelos han sido europeos. Nosotros crecimos con la vista puesta en Europa, aún sin pretender volver. Los europeos saben que se ha ido mucha gente, pero nunca han mantenido mucho tiempo la vista fija en los lugares adonde esa gente se ha ido. Y quizá allí esté la clave de su historia.
La mirada de España sobre América atrasa cinco siglos. En el fondo, desde que pisaron América, los conquistadores ya no eran del emperador. Y ¿qué otra cosa fue la independencia americana, sino españoles que ya no eran de la otra media España, siempre en conflicto? Nos mentimos en casi todo, porque no mentirnos más implicaría cambiar nuestra comodidad mental y espiritual. En el fondo, todos estamos bien como estamos, fracasando y llorando sobre nuestro fracaso, se llame Imperio pasado, Cristo Rey o raza. Nos dedicamos a conciliar contradicciones. El nacionalismo argentino se ha pasado años tratando de conciliar su hispanofilia con la independencia nacional. No hay cosa más ridícula que sostener que somos la continuidad de un Imperio español que ayudamos a voltear. Hay un gran temor a la originalidad, a comprender el desarrollo de los hechos como una realidad dinámica y no como una ideología o como una ficción estática.
Escribir poesía me ha ayudado en algo: a ordenar los planos de la realidad. La gente suele confundirlos demasiado. Por eso hay tantas personas que se creen que pueden ser lo que piensan que son: poetas, políticos, pensadores, profetas, y todo a la vez, cuando son en realidad una patética madeja de planos de la realidad superpuestos, desordenados e incomprensibles. Eso sí, cada uno con su pequeña secta de adulones.
Acaso sea cierto que el Orden con mayúsculas tiene un punto para cada pueblo en la historia y ya no vuelve más. No lo sé…, pero si observamos la mortal soledad de los mejores, su forma de vivir y sobre todo de morir, quizá (y sólo quizá) cambiemos de actitud, de mentalidad y aprendamos algo.

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