Política y religión

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Nos unimos o nos desunimos porque compartimos o no los mismos valores, la misma forma de ver el mundo. Por eso cuando un movimiento político levanta valores, debe necesariamente defender principios espirituales. Eso no quiere decir que establezca una religión. Sin embargo llegado el caso puede contradecirse con lo que las instituciones religiosas establezcan.

La patria tiene una forma espiritual además de material. Sabemos que existe un conjunto de creencias y valores históricos que nos pertenecen y otros que están fuera de nuestra órbita cultural. El estricto dominio religioso institucional suele terminar por dividirnos. Pero todos sabemos qué religiones han tenido nuestros antepasados y de qué modo las han ejercido. Griegos, romanos, celtíberos y visigodos, han vivido un largo proceso religioso. Los movimientos políticos que nos han representado defendieron también un tipo de espiritualidad, una forma espiritual como parte de una cultura. Y a veces lo hicieron mejor que las instituciones religiosas a las que les cabía la defensa de esa espiritualidad.
 
Cuando ese desfase se produce, viene el choque entre ambos. En definitiva el poder para ser tal debe considerarse sagrado, trascendente. Los paganos no creían en las religiones globales. Yo tampoco creo. Quizá por ese afán de globalizar a dios lo hemos perdido. Lo hemos alejado de nosotros y de nuestras acciones. Sobre todo de nuestra acción política que es la madre de la acción. En definitiva la estirpe se prolonga por una fe natural en la fuerza de un espíritu colectivo, y cuando ese espíritu muere lo hace también el pueblo como unidad de destino.
 
Las instituciones religiosas son intérpretes y receptoras de una fuerza espiritual. No la crean ni la manejan a su antojo. No está esa fuerza a su servicio sino al revés. Por eso las instituciones religiosas –sean cuales fueren- deben respetar a quienes con esfuerzo y sacrificio defienden un pueblo, y no imponerles la estrechez de unas jerarquías a veces muy poco naturales. Algo así termina perjudicando al pueblo y a las mismas instituciones, ya que después terminamos todos castigados por el progresismo, que es una fe excluyente y totalitaria, al servicio de un solo dios mercado universal.

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