A propósito de Warhol... y todos los demás

¿Por qué una lata de sopa industrial no es ni puede ser bella?

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Publicábamos ayer un artículo de nuestro colaborador Damián Ruiz, el cual merece algún comentario: duro quizá, pero no por ello menos amistoso. Quizá haya quien considere que merecería otra cosa, pero ello no lo permite el talante abierto y liberal de este periódico. Talante liberal que conviene defender sin vacilar si por él entendemos lo único de positivo que tiene el liberalismo: la libertad de opinión gracias a la cual todas las ideas —por erróneas que puedan ser— tienen derecho a ser expuestas sin trabas. Derecho jurídico, claro está. Otra cosa es que una sociedad sana se defienda haciendo que los errores y peligros que la amenazan no puedan pasar de su plasmación teórica o formal.
 
Observen, por favor, las dos imágenes que ilustran nuestros dos artículos. “¡Es la misma!”, dirán… No, grave error, amigos. Se ve que su sensibilidad “estético-contemporánea” aún está por mejorar. La imagen del presente artículo es la reproducción de una vulgar lata de sopa de tomate. La del artículo de Damián Ruiz es, en cambio, una obra de “arte” (puesta al revés para hacer una de esas “gracietas” que a esta gente les gustan tanto). Sí, se trata de la misma lata, pero en este caso… lleva la firma de un “gran artista”. Es decir, de alguien que se ha autoproclamado (y le han proclamado) tal: un artista rompedor, vanguardista, iconoclasta. ¡Ah, ooh, aaah!…
 
También nuestro amigo, en el fondo, lo proclama así. Su artículo se estructura a partir de la presuposición, nunca explicada, de que nos hallamos ante una gran obra: “Lo que pretendo —escribe— es defender los espacios de libertad individual, también creativa […]. Y es que creativa y culturalmente hablando, ¿cuándo y dónde se producen las rupturas de lo normativo, de lo académico?”. Hablando en plata: la reproducción de un vulgar objeto industrial (al que se le añade una firma) es toda una “obra creativa”, “cultural”.
 
Toda una obra de “arte”, se debería añadir…, aunque tal término, al igual que el de “belleza”, brilla por su ausencia en el artículo de nuestro amigo. ¡Con razón! Damián Ruiz es un hombre culto que sabe que la belleza es lo que califica a cosas tales como el David de Miguel Ángel, la Venus del espejo de Velázquez, el Parthenon de Atenas, la Novena de Beethoven o Las Flores del Mal de Baudelaire. Es por ello que su olvido resulta comprensible: poner en el mismo saco en el que están tales obras, atribuir el mismo calificativo de “bello” a un vulgar producto industrial fabricado a millones de ejemplares…, he ahí algo que plantea, como mínimo, un cierto problema de honestidad intelectual.
 
Lo de menos, sin embargo, es el rigor intelectual. Lo esencial es otra cosa. Es a un drama a lo que estamos asistiendo desde hace ya unas cuantas décadas: el drama (la tragicomedia, si prefieren) de la destrucción contemporánea de la belleza. Estoy convencido de que nuestro amigo desaprueba sin vacilar semejante destrucción (aunque probablemente la califique de “ciertos lamentables excesos que…”, etc.). Lo que pasa es que no se puede hablar de “arte” contemporáneo sin abordar semejante drama. Un drama en el que no se juega, sin embargo, ninguna cuestión “estética”; un drama en el que se juega toda una cuestión “existencial” (“ontológica”, para ser más exactos): la cuestión de los hombres que por primera vez en la historia están empeñados en colocar la mierda ahí donde siempre habían colocado la belleza.
 
No, no se asusten, y perdonen la poco elegante expresión. Ya sé que un Warhol no es como aquel Manzoni que vendió latas que contenían realmente Mierda de artista (las latas, por un obvio efecto físico-químico, acabaron estallando en manos de sus millonarios propietarios…). Da igual el tipo de mierda de que se trate. Da igual que lo que nos vendan como arte reproduzca la mierda industrial (como hace un Warhol), la mierda fecal (caso del referido Mazoni o de un Duchamp y su urinario) o la mierda banal, vulgar, insignificante… de tantos y tantos mercachifles de la Nada.
 
Da igual. En todos los casos es la Nada lo que está en juego: esa Nada que nos agarra por el pescuezo cuando se esfuma el sentido mismo de la existencia. “El sentido trágico de la existencia”, dice, con razón, nuestro amigo cuando nos invita a olvidarnos de tal sentido y a contemplar una lata industrial a cuyo pie figura la firma de alguien a quien se tilda de “artista”.
 
Y encima… “artista rupturista”, “iconoclasta”, todo un creador de “espacios de libertad”. Rupturista lo es, no cabe duda. Al igual que todos los demás, no es rupturista con la belleza “académica”, sino con la belleza sin más; con la que nos impulsa más allá de la banalidad cotidiana; con la belleza que nos hace engrandecer, transcender, vencer a la muerte.
 
 
P. S.: Pregunta: ¿por qué en las carnes y frutas de un bodegón puede plasmarse una belleza… que jamás se plasmará en los productos de la industria alimentaria? ¿Por qué puede ser bella la humeante sopa que aguarda en la mesa de un campesino, mientras que jamás lo será la misma sopa envasada en una lata de la marca Campdell? Respuesta: porque lo propio de la belleza no es lo “bonito”, sino lo verdadero. Porque lo que se juega en el arte es ese pálpito a través del cual las cosas vibran, nos estremecen, nos hacen sentir toda su enigmática presencia, toda su asombrosa verdad. Un enigma, un estremecimiento, que no palpita ni puede palpitar en las cosas de la industria —por más útiles que sean. Sólo la utilidad es su signo. Esa banal utilidad en la que no late ni puede latir la extraña, asombrosa, maravillosa cosa —la más extraordinaria de todas— a la que hemos dado en llamar “belleza”.
 
Con otras palabras (más sencillas): los productos industriales nos son indispensables, de acuerdo; pero no los pongamos en ningún pedestal. Es más, bajémoslos de ahí: del pedestal en el que el Supermercado que es nuestra sociedad los ha colocado.

 
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