De lo que habla el libro de Dragó-Boadella es del mundo y de nuestro destino

La excusa pedófila. O la gran tapadera

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Si nuestro mundo no fuera tan necio, hasta se podría pensar que el gran escándalo y la gran persecución contra Dragó se han desatado con el propósito de tapar lo esencial: la publicación del libro más demoledor de todo lo “políticamente correcto” que ha visto la luz en mucho tiempo en España. Un libro que habla ante todo de las miserias y absurdidades que corroen nuestra vida y nuestro mundo. Miserias espirituales, culturales, artísticas, políticas…

 Tanto nuestra casta política (cualquiera que sea su signo) como los hombres-masa que siguen como borregos lo que sutilmente les imponen: es todo ello lo que Dragó y Boadella vapulean a lo largo de unas conversaciones que no dejan literalmente títere con cabeza.
 
¿Ha hablado alguien de tales cosas?…
 
No, ni una palabra. Silencio. Sobre todo que no se hable, que no se diga, que no quede claro que nuestro mundo es absurdo, que no tiene sentido esa sociedad cuyos hombres, después de alcanzar las más altas cotas de bienestar, son incapaces de hacer otra cosa que trabajar, comer, entretenerse con banalidades (ji, ji, je, je) y morirse.
 
Éste —no otro— es el tema del libro. De ello es de lo que se habla a lo largo de sus más de trescientas páginas. En ellas, el muy libertino Dragó rompe tabús (sí, aún existen: el de los celos, por ejemplo) contando —ínfima parte en el conjunto del libro— algunas de sus historias personales. Entre ellas, como una gota de agua en el mar, la de las dichosas japonesitas.
 
Es como si, por ejemplo, toda la obra de Antonio Machado (que ciertas librerías valencianas deberían retirar de inmediato) quedase reducida al pedófilo acto —como dirían los bienpensantes— consistente en haberse casado y yacido con la niña Leonor Izquierdo de trece años de edad. Es como si toda la Divina Comedia(también retirada de las mismas librerías) quedase reducida a los amores —platónicos, es cierto, pero cuando tienen semejante intensidad…— que el niño Dante Alighieri sintió a sus nueve años por la niña Beatrice Portinari. Es como si… Dejemos la literatura: los ejemplos son incontables. Concluyamos con la política. Es como si toda la obra de nuestro rey Felipe II (así como la de tantos otros reyes y señores) quedase reducida al pedófilo acto que Su Majestad cometió cuando, a los treinta y dos años de su edad, contrajo reales nupcias con Isabel de Valois, de trece años de edad.
 
¡Cuánta hipocresía!…  Cuántas ganas de que no se hable del único verdadero escándalo: el de una sociedad absurda, encenegada en la fealdad, dominada por el materialismo, perdida en el sinsentido.
 
Cuántas ganas, en una palabra, de que nadie conozca lo que realmente se escribe en este libro.
 
Demos, para contrarrestarlo, algunos ejemplos:
 
Del igualitarismo, la mujer y los homosexuales
 
¿Hay algún valor más indiscutido que el del igualitarismo? Dragó lo tritura, calificándolo de “teoría demencial”, y Boadella cree que se ha sacado de quicio, aunque reconozca “las legítimas aspiraciones igualitarias” que están en el origen del fenómeno. Uno de sus ataques más inmisericordes es contra una sociedad blandengue y acomodada, como la llaman. “Una sociedad de niños mimados”, sostiene Boadella, mientras Dragó recuerda que, antes, el prestigio de un colegio se medía por el número de suspensos, mientras que ahora es al revés.
 
¿Los homosexuales? Al mismo tiempo que ambos reconocen sin la menor ambivalencia la legitimidad de su opción sexual, Boadella se pregunta si “hay espectáculo más chabacano y grotesco que el día del orgullo gay”, al tiempo que detecta en todo ello “una voluntad exhibicionista”.
 
Contra los políticos
 
Cuando hablan de nuestro pasado reciente, le quitan solemnidad al antifranquismo, reconociendo lo que tuvo de divertido, al tiempo que Dragó defiende el servicio militar como una útil experiencia formadora. En cuanto a los gobernantes actuales, todos les parecen una “banda de legisladores compulsivos”, dispuesta a coartar la libertad del individuo. Gobernantes de cualquier signo; ya que “en estos puestos, la ética y la honradez intelectual no pueden sobrevivir ni dos minutos […]: todo ha sido hecho para que la pérdida de la realidad sea lo primero que suceda cuando uno ocupa un despacho con la bandera nacional”, afirma Boadella. Dragó, por su lado, sostiene que, en España, la derecha no existe, ya que el PP es, en realidad, socialdemócrata.
 
¿Y qué decir de los ataques, tan mordaces como certeros, que, por parte de ambos, recibe el calamitoso “Estado de las autonomías” en el que se va disgregando la identidad de la nación española?
 
 
La Iglesia, los toros, el psicópata de Picasso y las oenegés
 
La Iglesia no se escapa del análisis demoledor de ambos. Pero que nadie se haga ilusiones; no se meten con Rouco Varela, que eso está al alcance de cualquiera, sino con Juan XXIII. Para Dragó, Juan XXIII fue el Anticristo y el Concilio Vaticano II, al abolir el latín y los grandes ritos litñurgicos, puso fin a la historia de la Iglesia. El Concilio Vaticano II fue satanismo puro: con él terminó el catolicismo. Lo que sí les encanta, en cambio, es la gran manifestación de “idolatría pagana” en que consisten nuestras procesiones de Semana Santa.
 
Están, por supuesto, a favor de las corridas de toros, cuya prohibición constituye el mayor de los dislates. Tan a favor están que Boadella sostiene que deberían ser un espectáculo infantil, ya que constituyen un espectáculo tan didáctico como moral. A Dragó le parecen “lo más sublime que ha creado el ser humano, lo más verdadero, lo más emocionante, lo más pedagógico”. También destaca “el amor a los animales que se respira en el mundo taurino”.
 
En cuanto al arte, ambos se burlan con sorna de todas las memeces del feísmo contemporáneo (esto es: del hecho de que la fealdad se alce en el lugar de lo bello). Salvan a Dalí, pero a Boadella Picasso le parece “el gran traidor” y Dragó asegura que es un psicópata que pintaba lo que había dentro de su negra conciencia.
 
Las oenegés, tan de actualidad, también se llevan lo suyo. Oigamos a Dragó: “Por lo general la gente que se mete en una oenegé, lo sepa o no, lo reconozca o no, es porque quiere hacer turismo sexual, correr aventuras, vivir de la sopa boba, resolver sus problemas psicológicos o mirarse al espejo y pensar qué bueno soy”.

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