José Tomás, en México, salva de milagro la vida

Esta vez, Parca, no ganaste

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Te lo querías llevar, mala pécora. Te querías llevar al último Héroe que nos queda. Te lo querías llevar como te llevaste un día a Joselito; como te llevaste… a las cinco en punto de la tarde (pero nos dejaste el poema) a Ignacio Sánchez Mejías; como te llevaste a Manolete aquella tarde de agosto en Linares; como te llevaste —el último— a Paquirri.

Te lo querías llevar, mala víbora, pero los hados esta vez no te han dejado. Te lo querías llevar, pero sólo has podido cortarle la femoral, la safena y la ilíaca. Te lo querías llevar, pero sólo has podido quedarte con la mitad de su sangre regada por el albero.

Te lo agradecemos. De verdad que te lo agradecemos no sabes cuánto. Correrá ahora por sus venas mitad sangre de España y mitad sangre —la que le han dado— de la América de España. Como debe ser, como corresponde al Héroe que, en el mundo que odia a los héroes, combate en las únicas arenas en donde caballeros a la antigua usanza aún guerrean celebrando extraños ritos y extrañas fiestas.

No es el único. Hay otros que guerrean y celebran igual: grandes, nobles, valerosos como él. Pero ninguno, cuando lucha, te mira a los ojos como él. No hay príncipe en España / que comparársele pueda, / ni espada como su espada / ni corazón tan de veras.
Por eso, mala puta, te lo querías llevar. Porque no puedes soportar que cada tarde, arriesgando como arriesga, te mire a los ojos y te rete. Por eso acabarás llevándotelo un día —escrito está y a él el pulso no le tiembla. Pero el día en que te lo lleves, el día en que caiga definitivamente en la arena, ese día no habrás ganado, no. Ese día habrás perdido.
Habrás perdido porque, en realidad, él ya te ha vencido. Te hacías ilusiones, imbécil, de que eras tú la que habías ganado. Te creías que cubriendo al mundo con el manto de la muerte —la peor: la muerte en vida; la muerte del espíritu, la del sentido…— reinabas invicta. Te creías que ya sólo quedaban en el mundo muertos en vida: ésos que van errando tras sus mustios trabajos, tras sus tristes placeres. Te creías que ya sólo deambulaban por ahí mecánicos seres movidos por la Técnica y por su Razón (esa Técnica —¡bendita sea!— que hoy te ha impedido ganar).Te creías que ya sólo quedaban esos zombies a los que les da horror mirarte a los ojos una tarde de domingo. Te imaginabas, ilusa, que todos éramos como ellos. Como ésos —os escupo hoy más que nunca a la cara— que hasta quisieran prohibir la última ceremonia pública, el último gran rito que nos queda: esa cosa que “justifica —dice Fernando Sánchez Dragó— la existencia misma de España”. Y que por eso, precisamente, la quieren prohibir.
Pero te equivocaste, mala puta. Te creías que sólo había estos desgraciados muertos en vida, y no contaste con él. Con él y con todos los que aún son como él. 

 

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