La homosexualidad: ni "vicio" ni virtud

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Que nuestros lectores se tranquilicen si la homosexualidad no despierta en ellos ninguna fobia u horror: están tan sanos —se lo aseguro—, tan ávidos de vida, tan llenos de amor hacia el mundo como lo estaban los hombres y mujeres de todas las sociedades orgánicas, bien estructuradas y jerárquicas del pasado. Ninguna de ellas ha experimentado ningún pretendido horror ante la homosexualidad. O si ésta ha sido perseguida, lo ha sido con cortapisas y tolerancias diversas.
 
Debo reconocer que tiene su parte de razón el artículo publicado ayer en nuestro periódico cuando señala las implicaciones entre lo que se entiende por “cultura gay” y el imperio del individualismo contemporáneo: ese culto al hedonismo bobalicón en el que sólo cuenta la satisfacción narcisista del individuo que no conoce la fortaleza de vínculos, historia, familia… —del individuo que sólo sabe sonreír (“hacer un guiño”, decía Nietzsche). Sí, todo esto es cierto, pero hay en tal planteamiento un problema. Por un lado, parece como si fueran los homosexuales quienes promovieran el nihilismo narcisista, cuando sucede al revés: el nihilismlo lo invade todo en nuestra sociedad, y por tanto también sus hábitos eróticos (tanto homosexuales como heterosexuales). Pero es que, además, todo ello plantea otro problema mucho más grave.
 
Denunciar tal implicación de la “ideología gay” y hablar del “horror” que produce o debería producir la homosexualidad y su “pecado nefando”, es algo que tiene dos consecuencias: la primera, llenar de estupefacción y horror a quienes pensamos que la homosexualidad es, en sí misma, una inclinación sexual tan honorable como cualquier otra; la segunda, fortalecer aún más de lo que ya está el nihilismo y el individualismo que este periódico se da por misión combatir.
 
Cuando la santurronería clerical aplicada durante cuarenta años a nuestro país en materia de moral y “buenas” costumbres ha producido —aunque ésta  no es la única causa del fenómeno— la reacción consistente en hacernos saltar al extremo opuesto; cuando en un abrir y cerrar de ojos, como quien dice, hemos pasado de un país de beatas y santurrones al país de los chikilicutres, pijos pogres y demás engendros que aborrecemos; cuando ello es así, volver a ensañarse contra los homosexuales y su antinatural “vicio”, volver a horrorizarse ante la transgresión de la ley natural o divina que cometen tan desgraciadas criaturas, no puede tener sino un solo efecto: deslegitimizar toda denuncia del orden nihilista y narcisista que nos corroe; hacer que todo nuestro combate aparezca como una vulgar defensa de la moral conservadora y clerical… —que es precisamente lo que se pretende defender con tales planteamientos.
 
No estamos hablando aquí de las extravagancias e imposiciones del lobby gay: soy el primero en repudiarlas. Estamos hablando de la homosexualidad como tal; de esa homosexualidadque debería producir en los lectores de Elmanifiesto.com un “horror” tan álgido como el que despertaba —parece— en las sociedades bien vertebradas de otros tiempos. Que nuestros lectores, sin embargo, se tranquilicen si la homosexualidad no despierta en ellos ninguna fobia u horror: están tan sanos —se lo aseguro—, tan ávidos de vida, tan llenos de amor hacia el mundo como lo estaban los hombres y mujeres de todas las sociedades orgánicas, bien estructuradas y jerárquicas del pasado. Ninguna de ellas ha experimentado ese pretendido horror ante la homosexualidad. Es cierto, sin embargo: desde que el cristianismo impuso su ley, se ha experimentado algo parecido al horror, pero éste se encontraba matizado por la duplicidad que en materia sexual siempre ha caracterizado a esta religión: por un lado, la condena pública, manifiesta, del “pecado”; por otro, su tolerancia, al menos en parte, el hacer manga ancha, el abrir cauces para evitar tener que quemar en la hoguera a la mayoría de los “sodomitas”. (Rodolfo Vargas Rubio lo ha explicado por lo demás, con todo lujo de detalles, en los números 1 y 3 de nuestra revista teórica.)
 
Pero si esta duplicidad —otros quizá prefieran decir: “esta hipocresía”— ha sido lo propio de los últimos mil setecientos años, otras sociedades hubo antes en Europa en las que la homosexualidad —dentro, es cierto, de unas determinadas normas— era una actividad considerada tan normal como honorable. Y, sin embargo, ni el nihilismo narcisista, ni el egoísmo individualista, ni la falta de vínculos superiores corroía en lo más mínimo a tales sociedades. Al contrario, tan fuertes eran Grecia y Roma que no sólo se sostuvieron a sí mismas durante siglos, sino que, al fundar a Europa, crearon la más alta de todas las civilizaciones. Hay, es cierto, entre ellos y nosotros, una diferencia fundamental: si efebos y homosexuales no les molestaban en lo más mínimo; si los mostraban sin el menor reparo; si Adriano, por ejemplo, erigió a su joven amante Antinoo, el templo que, al morir, le levantó en Egipto, era sin duda porque, para aquellos paganos, Eros y Afrodita no eran cosa pecaminosa. Eran cosa divina. Ni siquiera sabían lo que fuera el “pecado” —sólo conocían la virtus: el imperativo de buscar la excelencia, la grandeza, el honor. Aún no había llegado la religión para la cual un Dios de bondad —dicen— se dedica a coartar aquellos instintos que Él mismo infunde a sus criaturas.
 
 
 

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