Aún no está muerta la nación. Renace la Fiesta Nacional

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“Necesitamos héroes. ¡Gracias, Maestro, por haber vuelto!” Después de que el pasado jueves 5 de junio José Tomás nos hiciera subir a todos a la gloria, así escribía un anónimo lector en uno de los principales portales taurinos de Internet. “Héroe” y “Maestro”, lo llamaba —las dos palabras que lo condensan todo. De heroicidad se trata, sí, en la fiesta de los toros; de la heroicidad por la que, afrontando la muerte enlazada a la vida, se rompe en el ruedo el gris runrún con el que la vida y la muerte nos van arrastrando en su tráfago cotidiano. Y junto a la heroicidad, la maestría, el mando de lo superior: las dos cosas —heroicidad y superioridad— que menos soporta el espíritu democratista, igualitario, de nuestros tiempos.
 
Por eso odian tales tiempos a la fiesta de los toros, por eso vociferan los antitaurinos y demás animalistas que, detestando cobardemente a la muerte, detestan por igual la grandeza de la vida. No sólo gritan: amparados en el aire del tiempo, ya han relegado la Fiesta Nacional de España al secundario lugar que en la Expaña de las taifas y del nihilismo le corresponde. Gritan, dominan… Pero he aquí que irrumpió de pronto —hace exactamente un año— el Maestro José Tomás y mandó a callar.
 
En estos días en que, vivos aún los ecos de lo acontecido el pasado jueves, rebulle la expectación ante lo que este domingo pueda suceder de nuevo en la segunda corrida de José Tomás en Las Ventas, vale la pena contemplar el documento gráfico que publicamos seguidamente. Da buena cuenta de lo sucedido fuera de la plaza: algo de tanta trascendencia como lo que sucedió en el ruedo. Si en el coso madrileño hacía cuarenta años que un diestro no cortaba las cuatro orejas a sus dos toros, otros tantos hacía (o más; no recuerdo yo haberlo visto nunca) que las portadas de los periódicos, la apertura de los telediarios, los programas de radio… no se llenaban con la imagen de uno de esos extraños hombres que lucen un anacrónico traje de otro siglo embadurnado con la sangre vertida en valeroso combate, para dar fe de todo lo cual y testimonio de su superioridad otros hombres no dudan en pasearlos, dignos y dichosos, sobre sus hombros. Y el pueblo, el pueblo aletargado por la cotidiana alfalfa que sus señores le echan… y que encantado deglute, he aquí que de repente también este mismo pueblo es capaz de reaccionar, de vibrar (por un momento, unas horas…, me da igual; sólo busco algún signo): desde el clamor que rugió en Las Ventas hasta las largas colas que se formaron por la noche para intentar vislumbrar en el Palace, donde se alojaba, el último ejemplar de una especie en vías de extinción: un héroe.
 
Para redondear la faena, para que se salve definitivamente la Fiesta Nacional y, con ella, la Nación consiga sanarse algo, ahora ya sólo faltaría que el héroe comprendiese la ineludible necesidad, a veces, de pagar tributo a las exigencias de los tiempos… para mejor vencerlos. Personalmente detesto tanto la televisión como la debe de detestar el torero que se niega rotundamente a que se televisen sus corridas. Aborrezco tanto ese “invento del maligno” como lo aborrece el inventor de la expresión: ese Sánchez Dragó que no duda, sin embargo, en utilizar al máximo la extraordinaria caja de resonancia que la caja boba y maligna constituye. Sólo, en efecto, el día en que se televise una corrida de José Tomás a toda España, y a la América nuestra, y a la Francia taurina, sólo ese día la faena será tan completa y redonda como las suyas en el ruedo.
 
¿Y qué pasó en el ruedo?
 
Y a todo eso, ¿qué gran cosa pasó en el ruedo? Pasó lo de siempre: quedaron burladas, como cada vez que torea ese hombre que ejerce de semidiós, las leyes de la física. Más allá de los desplantes al toro… y al Rey, a quien le negó el brindis; más allá de un valor sin límites; más allá de la belleza, tan inmensa e inexplicable como la de cualquier gran obra de arte; más allá del vello que a uno se le eriza ante los ceñidos quites por chicuelinas o gaoneras; ante las verónicas más mecidas que en mi vida he visto; ante los pases por alto en que las zapatillas quedan atornilladas en la arena; ante los trincherazos de poder y saber; ante los naturales de temple y mando…; más allá de todos los pases habidos y por haber, englobándolos todos, lo que hubo en Madrid el jueves 5 de marzo del año 2008 fue una inmensa, continua serie de travesinas: ese pase, el más extraordinario de todos, que sólo José Tomás practica y al que Dragó ha dado nombre.
 
Demos a este último la palabra.«Torear al través, torear por entre el cuerpo del torero, poner ese mismo cuerpo —como tantas veces, de José Tomás, se ha dicho— donde otros ponen la muleta, pero poner también el alma don­de otros tan sólo ponen el cuerpo. Torear así: con el alma. […] Dar travesinas», escribe Fernando Sánchez Dragó en Y si habla mal de España… es español .
 
»Travesinas—precisa—. Dirá algún día el Cossío: “Lance de muleta y modo de torear inventado por el matador José Tomás que consiste en hacer pasar el toro a través del cuerpo del torero sin romperlo ni mancharlo, como el rayo de sol por el cristal. Algunos cronistas lo llaman pase de la Purísima Concepción”. Amén.»

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