La gran noticia del día

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Estaba anoche leyendo la prensa ante el ordenador, cuando de repente lancé un grito de júbilo. “¿Qué —gritó alborozada mi mujer—? ¿Ha ganado el PP?”. “¡No, qué va! —le respondí. Algo mejor, algo sobre todo más importante: acaban de inaugurar en Roma la que había sido la villa de César Octavio Augusto. ¡Fíjate qué maravilla de frescos! ¿Te das cuenta? ¡Poder estar algún día en el mismo lugar en el que vivió el primer Emperador!, aquel que habiendo reinado del 27 antes de la era vulgar (como la llama un amigo mío y colaborador de este periódico) hasta el 14 dicha era, venció en la guerra civil y reinó durante un período de paz y grande de cuarenta años.

¿Les recuerdan algo tales hechos y tal número de años?... Dejémonos de chanzas que no está hoy el horno para muchas. El parecido es puramente superficial: entre otras cosas porque Octavio, aunque entre sus sucesores figuren seres tan abyectos como Calígula o Nerón, dejó las cosas mucho mejor atadas y bien atadas que el general en el que están ustedes pensando. En cualquier caso, ninguno de los sucesores de Octavio accedió al poder cometiendo manifiesto perjurio; a ninguno, ni siquiera a un Calígula, se le ocurrió en sus peores desafueros socavar, junto con las bases del sistema político, la unidad y grandeza del imperio: ese imperio gracias al cual Europa es y todos nosotros somos —suponiendo, claro está, que todavía seamos.
 
¿Seremos todavía? ¿Será todavía España al cabo de otros cuatro años de Zapatero? ¿Lo resistirá el país? Éste es el gran riesgo, por supuesto. Si no fuera por ello, la victoria zapateril incluso podría, quizá, servir para algo positivo: para que se abrieran los ojos, para que se formulara por fin la gran pregunta que nadie se formula… ni se formulará. ¿Qué cabe esperar de un sistema —político, social, cultural…— que no sólo hace que un Zapatero y sus gentes lleguen al poder? ¿Qué significa, qué implica todo un sistema que hace, además, que al cabo de cuatro años de los más graves y manifiestos desafueros, se mantengan todos ellos en el poder? Gobernantes arbitrarios, dirigentes vendepatrias siempre los ha habido y siempre los habrá. Basta pensar, entre nosotros, en un conde don Julián abriendo las puertas a los moros, en un Carlos IV y un Fernando VII abriéndoselas a Napoleón. Gobernantes indignos los hubo también en Roma, pero los ciudadanos romanos nunca tuvieron al menos que sufrir el bochorno de ver cómo los desafueros que sufrían se llevaban a cabo abiertamente santificados y respaldados por la plebe romana.
 
Pensando en ellos, recordando la grandeza de un Octavio Augusto, al lado del cual las vilezas miserables de un Zapatero (añadamos: o las mediocridades de un Rajoy) obligan simplemente a sonreír, es por lo que vale ciertamente la pena celebrar como el gran hecho del día la restauración en la colina del Palatino de la que fuera su villa.

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