En el centenario de Álvaro Mutis (1923-2013)

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Este 25 de agosto, hubiese cumplido cien años Álvaro Mutis, alguien sin cuyo entusiasta apoyo EL MANIFIESTO nunca hubiese llegado a ver la luz (quien desee más amplios detalles, los puede encontrar aquí).

Nadie (que sepamos) ha saludado en España el centenario de este gran poeta y novelista, Premio Cervantes 2001, y que, junto con su gran amigo Gabriel García Márquez, es una de los tres o cuatro figuras más relevantes del denominado Boom hispanoamericano. Pese a ello, y dado que la diosa Fama es tan inconsistente, veleidosa y tornadiza como las masas a las que guía, fue con el alma en vilo como entré el otro día en Amazon para ver cuál es la actual presencia de sus libros. Me temía lo peor, pero me equivocaba: aún es importante la presencia en librería de ese Mutis al que me dirigí una tarde de 1999 más o menos con estas palabras: “Maestro, acabo de escribir un Manifiesto contra la muerte del espíritu que me parece suficientemente afín a sus ideas como para atreverme a pedirle su firma”.

Me la dio, con entusiasmo incluso. “Lo único que no entiendo —precisó— es por qué me pregunta si estoy dispuesto a firmar su Manifiesto. ¡Cómo no lo iba a estar ante semejante alegato! ¡Ja, ja, ja!” —y estalló el grueso vozarrón de su risa—. Desde aquel primer encuentro que había propiciado nuestro común amigo, el escritor colombiano Eduardo García Aguilar, se forjó entre ambos una amistad facilitada por las frecuentes estancias de Mutis en Barcelona, donde yo vivía en aquel entonces. Una vez, cenando en casa junto con Leddys, llevé mi osadía hasta a proponerle que lanzáramos el Manifiesto con la firma conjunta de ambos; y así fue como acabó apareciendo en junio de 2002 en las páginas del suplemento cultural de El Mundo. Sin ello —sin el eco obtenido al ser publicado en un medio del Sistema—, jamás el Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra hubiese obtenido la resonancia que consiguió, y aún menos habría dado lugar al surgimiento de este periódico.

Pero dejemos las anécdotas relacionadas con don Álvaro y vayamos a lo que de verdad importa: a su literatura. Y a sus opciones. Las de este “reaccionario” que reaccionaba con tanto vigor como belleza ante los descalabros de nuestro tiempo. Contemplemos las opciones ideológicas de este “vendeano extraviado en pleno siglo XX”, como se calificaba a sí mismo.[1] Alguien que, después de enumerar, por ejemplo, las mil y una tropelías cometidas por César Borgia, hijo natural del papa Alejandro VI, escribía con irónica sutileza:

“Debe recordarse que este príncipe y guerrero que buscó con avidez el poder y lo logró sin tener en cuenta los medios usados para conseguirlo:

  • Jamás dijo a los pueblos que gobernaba que su único compromiso era con los desvalidos y con su patria amada.
  • Jamás prometió garantías a los banqueros e industriales para desarrollar sus actividades dentro de las normas de la ley y en beneficio de todos.
  • Jamás dijo que la liberación de la clase obrera es el gran objetivo al que debe supeditarse cualquier movimiento político, ni ofreció trabajar para establecer la dictadura del proletariado.
  • No pensó nunca en algo tan extraño como que todos los hombres son iguales y tienen iguales derechos para elegir a sus gobernantes.

Quiero decir con esto que jamás engañó a nadie sobre sus intenciones, que fueron siempre bien claras y simples: obtener el poder y conservarlo a toda costa.

Sería asunto un poco largo de explicar, pero confiero que prefiero mil veces ser gobernado por el Valentino que por la complicada urdimbre burocrática del Estado moderno, tan sospechosamente interesado en mi bienestar y en el ejercicio de mi personal albedrío. Cuestión de gustos... y de saberlo pensar un poco a la luz de los últimos ciento cincuenta años de historia universal.”[2]

Sobre EL MANIFIESTO

En el año 2003, Álvaro Mutis hizo pública las siguientes palabras sobre el Manifiesto contra la muerte del espíritu y de la tierra:

Este Manifiesto está destinado a condenar, con la más severa convicción, este mundo presente en el que vivimos y que nos recuerda el limbo del que nos hablan las Escrituras. Sí, no cabe duda, estamos en el limbo. Unos seres sin conciencia, sin rostro y sin pasión, a los cuales un hedonismo gigantesco, gratificador, ilimitado, los colma cada día con automática generosidad, han logrado edificar en la tierra esa nada a donde Dios relega a las criaturas que no pueden permanecer a su vera ni merecen el castigo eterno. Un horror, un rechazo feroz de todas las fuerzas, convicciones y certezas que hemos conservado y construido a costa de dolor y sacrificios sin cuento, nos traen de nuevo a la orilla del mundo, de nuestro mundo.

Y nos preguntamos atónitos: ¿será este Manifiesto la voz que despierte una conciencia del espíritu y de su permanente vigilancia al lado del hombre y su destino?

Yo creo que así debe ser y así será.

La poesía

No todo, sin embargo, versa en Mutis en torno al mundo y al poder. Ni muchísimo menos. Tanto en las aventuras de su héroe Maqroll el Gaviero, que desde lo alto de la gavia de su libertad indómita surca las aguas de un mundo carente de otro destino que el de la intensidad gozosa de la vida abocada a la muerte; tanto en tales aventuras como en la palabra pura, esplendorosa y dura de su poesía, bulle toda la embriagadora, hasta voluptuosa fascinación del ser entretejido en las telarañas del no ser.

Como en estos dos poemas con los que cerramos nuestro homenaje.

 

 Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de las páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.

 

Nocturno

La fiebre atrae el canto de un pájaro andrógino
y abre caminos a un placer insaciable
que se ramifica y cruza el cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar alrededor de las islas
donde las mujeres ofrecen al viajero
la fresca balanza de sus senos
y una extensión de terror en las caderas!
La piel pálida y tersa del día
cae como la cáscara de un fruto infame.
La fiebre atrae el canto de los resumideros
donde el agua atropella los desperdicios.

 

[1] Por si hace falta precisarlo: “vendeanos” son los habitantes de la región francesa de La Vendée que, alzados en armas contra la Revolución francesa, ésta se encargó de masacrar cruelmente a razón de varias decenas de miles en lo que se conoce como el primer genocidio efectuado por un totalitarismo moderno.

[2] Álvaro Mutis, De lecturas y algo de mundo, Seix Barral, Barcelona, 2000, pp. 166-168.

 

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