Tensión electoral

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Es tal la prosperidad que han llegado a alcanzar las naciones de Occidente bajo el capitalismo liberal o bajo la socialdemocracia capitalista, que hablarle al “pueblo soberano” de crisis económica es como hablarle de cambio climático. Las crisis económicas, recurrentes en el mundo capitalista, que tanto inquietan a los agentes de cambio y bolsa y a los expertos en economía, son cosa que dejan más bien indiferente a la “ciudadanía”, a la que no se le pasa por la cabeza apretarse el cinturón. Los que hemos conocido los tiempos de la cartilla de racionamiento y los de la letra de cambio no acabamos de tomarnos en serio unos pronósticos en virtud de los cuales las bolsas de valores se hunden hoy para subir mañana y nos sometemos a las subidas de precios con la misma resignación, o con el mismo entusiasmo, con que acudimos a las urnas. Los hipermercados centuplican sus ofertas, los estadios se llenan, en los restaurantes hay que hacer cola, las autopistas se atascan, la gente se entrampa igual y los que antes morían de hambre hoy lo hacen de sobredosis de drogas caras o al volante de autos de gran cilindrada.
 
No es, pues, la economía lo más indicado para galvanizar a las masas en una campaña electoral, y quien mejor lo entiende es el partido que mejor supo siempre explotar el aire comprimido de los estómagos vacíos. Este partido, con harta razón, confiesa que hay que crear “tensión”, es decir, que hay que motivar al electorado y sacudir de su modorra a la borreguil manada, vulgo “ciudadanía”. Pero con la “ciudadanía” no valen abstracciones de alta matemática, sino abstracciones a su altura; no se trata de hablarle a la razón, sino a los instintos o, en el mejor de los casos, a los sentimientos, o mejor dicho, a los resentimientos. Se airean taras y fobias inconfesables y se exhuma un humor de patíbulo y urinario dentro de la más acrisolada tradición de la lucha de clases. Esto de la lucha de clases es, aunque parezca mentira en esta igualitaria sociedad de consumo, algo más que un tópico. En una ocasión hube de asistir al convite que siguió a un bautizo en un pueblo y cuando empezaron a llegar a las mesas de tijera con manteles de papel las bandejas de jamón y de langostinos, alguien comentó: “Antes estas cosas sólo las comían los ricos”. Y yo contesté: “Y ahora también. Lo que pasa es que ahora los ricos son ustedes”.  
 
Frente a una campaña agresiva, hablar sólo de economía o entrar a lo sumo en la subasta de las promesas demagógicas, es salirse por los cerros de Úbeda. La borreguil manada de derechas tiene también que motivarse, y los argumentos no faltan en una grave coyuntura histórica en la que, para empezar, se ventila la supervivencia de la nación frente a los que quieren balcanizarla, y para ello, en pactos inconfesables con los separatistas, rompen su unidad lingüística y espiritual y hacen tabla rasa de su moral y de su historia.  
 
La derecha tiene que dejar de ser vergonzante y no diluir su mensaje en esa oquedad que llaman el “centro”, donde toda ambigüedad y toda claudicación tienen su asiento. Hoy por hoy, quien mejor representa ese “centro” es ese alcalde tan liberal que subvenciona a un “colectivo” de desgraciados para que canten sus aleluyas obscenas ante la sede de su propio partido.

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