La abogada de Satanás, II

Demócrata-cristianos y martirologio

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AQUILINO DUQUE
 
Lo peor que le puede pasar a la libertad es que la derecha comprenda que es negocio. Para que la dejen mangonear los fondos públicos, la derecha tiene antes que comprometerse a respetar los derechos “que se ha ganado” una sociedad envilecida. Esta exhortación de García Escudero a la derecha para que ponga lo económico por delante de lo moral en su aspiración al poder político, tal vez se explique por el público de derechas al que va dirigida, que es el que integran los lectores de El Ciervo, órgano de los demócratas cristianos catalanes, o mejor dicho, catalanistas. Acaso eso explique también que García Escudero le reproche a la democracia cristiana de la segunda República, cuya historia con tanto pormenor nos ha contado, el no haber hecho causa común en su día con sus correligionarios de la Lliga y del PNV. Todavía están a tiempo, sobre todo en “Euzkadi”, donde tanta armonía reina entre cristianos y demócratas. Esos pactos que no quiso hacer Gil Robles, trataron de hacerlos, ya en plena guerra, sus correligionarios vascos y catalanes. Uno de éstos, dirigente de la Unió Democràtica de Catalunya, viajaba precisamente a “Euzkadi” como delegado de la Generalitat, cuando tuvo la desgracia de ser hecho prisionero y pasado por las armas en Burgos. Murió como cristiano y, según dice El Ciervo, “en la zona republicana se celebraron misas” por él. Las misas fueron dos, y las dos se celebraron en la sede de la Unió Democràtica de Catalunya, seguramente porque si se celebraban en cualquiera de las numerosas iglesias de la ciudad, a lo mejor se daban por provocados los elementos que, a ciencia y paciencia de la Generalitat, se dedicaban en la checa de Vilamajor y en otros lugares, a incrementar el martirologio romano.
 
Ese incremento del martirologio está descrito en un libro superagotado, editado en su día por la B.A.C. y cuyo autor, hoy obispo de Badajoz, se resiste pertinazmente a reimprimir porque, como me decía no hace mucho, tendría antes que investigar la muertes ocurridas en la otra zona.* En la otra zona en efecto se dio muerte a más de un cura y a más de un católico, pero por razones de índole política que nada tenían que ver con su estado o con su fe, y es, era, sobre los asesinados por ser católicos y ministros de la Iglesia que el P. Montero escribió su libro irrenunciable. Nadie le impide escribir otro sobre los mártires de la democracia o sobre los de la masonería, que también los hubo. Todo el que muere por una causa merece un respeto, y no hay peor falta de respeto que la de tergiversar el sentido de un sacrificio. El político democristiano de que hablaba antes no murió “por Dios y por España”, sino per Catalunya i la Llibertat en unos años, los de la guerra, en los que Cataluña a lo mejor tenía mucha libertad, pero estaba más bien dejada de la mano de Dios. Y conste que esto no lo diría si, en fechas muy recientes, al tratarse de la beatificación de los mártires de la Cruzada, no hubiera salido un frailuco catalán diciendo que los verdaderos mártires fueron los católicos que murieron por la independencia de Cataluña. No sé por qué no agregó a los catalanes del P.O.U.M. que, murieran por lo que murieran, fueron condenados al fuego eterno por un cristiano tan demócrata como Pepe Bergamín, precursor del catolicomunismo postconciliar.
 
Yo comprendo que la democracia cristiana quiera ponerse al día y reparar aquella condena papal del modernismo con una adhesión sin condiciones a la modernidad. El nunca bien ponderado Giorgio La Pira, alcalde democristiano que fue de Florencia, le decía una vez al presidente español de “Justicia y Paz”, que lo escuchaba complacido: “Tenemos que convertir a los militares en guardias urbanos”. Tampoco los socialistas tienen demasiado espíritu militar, pero al fin y al cabo han consentido que el Príncipe de Asturias se embarque en el Juan Sebastián Elcano. Si algún día los democristianos llegan al poder, mucho me temo que veamos a Su Alteza dirigiendo el tráfico en la Puerta de Alcalá.
 
*El libro sería por fin reeditado por la B.A.C. en 1998, al reactivar S.S. Juan Pablo II los procesos de beatificación de los mártires de la Cruzada.

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