Su Excelencia, el Ministro de Cultura del Reino de España

Pánico en el museo

Iceta no es una excepción, sino la regla; la encarnación viviente del reino de la cantidad, del principio nivelador, plebeyo, feísta y cateto, radicalmente socialdemócrata, que pretende imperar en el reino de lo cualitativo, de lo espiritual, de lo inevitablemente selecto, de lo aristocrático por naturaleza.

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En un gobierno tan “inclusivo” (perdón por el palabro) que se empeña de tal manera en que nadie se quede atrás que impide que todos salgamos adelante, era de esperar un avance social de este calado: colocar a un paleto en el Ministerio de Cultura... y Deporte, esa especie de cajón de sastre en el que caben desde Velázquez hasta el balonmano. Como si fuera un alcalde pedáneo de los de faja en la cintura y boina hasta el entrecejo, el tal Iceta, cuyo principal mérito ha sido el bajarle las bragas a la nación española frente al separatismo catalán, ha decidido que la Dama de Elche tiene que estar en Elche y, suponemos, que la Bicha de Balazote y el Tesoro de Guarrazar han de volver a su emplazamiento original, así como el fusilamiento de Torrijos a la alegre Málaga o la Rendición de Bailén a Bailén, como su nombre indica. Es de esperar que no tardará el alcalde de Zaragoza en pedir que la vista de su ciudad, pintada por Velázquez y Mazo, pase a su museo local —como el icetiano Bobo de Coria al de Coria— o que la noble villa de Fuentedecantos exija que se trasladen a su Casa de la Cultura las obras de su ilustre paisano (Zurbarán, señor Iceta, un pintor charnego) que se conservan en El Prado. Eso, por lo visto, se llama federalismo cultural y tiene su lógica, porque si España está en desguace y se va a disolver en el légamo primordial de la Unión llamada “Europea”, ¿qué sentido tiene que haya museos nacionales, un invento del siglo XIX íntimamente ligado con el Estado–nación, justo lo que se pretende aniquilar por la élite global? Eso sí, nadie le pide a la Generalidad de Cataluña que devuelva los papeles aragoneses y valencianos de la Corona de Aragón o los retablos medievales que su avarienta burguesía rapiñó por toda España; este tipo de federalismo es siempre asimétrico y algunas regiones son más simétricas que otras. Pero no hay mal que por bien no venga: la monstruosa grisalla del Guernica (perdón: Gernika) puede acabar en el País Vasco; el bodrio fundacional del Reina Sofía irá a parar al Guggenheim o a algún batzoki de la “kultura” abertzale, que es donde debe estar. Aunque no sé yo si a los caciques jelkides les gustará que la obra de un maketo malagueño, chulo, moreno y taurino sea la principal atracción artística de su bantustán.

Iceta no es una excepción, sino la regla; la encarnación viviente del reino de la cantidad, del principio nivelador, plebeyo, feísta y cateto, radicalmente socialdemócrata, que pretende imperar en el reino de lo cualitativo, de lo espiritual, de lo inevitablemente selecto, de lo aristocrático por naturaleza. Ni siquiera en sus manifestaciones folclóricas, las artes admiten la igualdad y la inclusión. Iceta, por mucho que gire como una peonza achatada, no podrá bailar como Natalia Osipova, ni cantar como el demonizado Plácido Domingo, ni escribir como Kipling, ni pintar como Degas. No se hicieron las margaritas ni las perlas para la boca de los cerdos. Pongamos un ejemplo: cuando la revolución de Octubre triunfó, Lenin y Trotski pensaron en disolver los ballets imperiales por elitistas y aristocráticos. Por fortuna, el colosal trabajo de Agrippina Vagánova y la afición del pueblo ruso —sí, el gran arte es a su manera democrático, porque sale del pueblo cuando éste es sano— impidieron que se consumara otro crimen más contra la civilización. Stalin, gran amante del ballet, permitió que la vieja escuela imperial siguiera funcionando y que un arte tan selectivo, primoroso y delicado sobreviviera y prosperara. En los democráticos Estados Unidos se hizo algo mucho peor, se adoptó el “método” Balanchine, una simplificación del de la Vagánova, y el ballet se convirtió en una forma especialmente gimnástica de baile, desprovisto de todos los matices y de toda la exigencia del sistema imperial, pero indudablemente más igualitario. Compare el lector un ballet ruso con otro americano y después elija.

La democracia y la alta cultura son incompatibles

Y como son incompatibles, de ahí el afán de las autoridades de los regímenes que padecemos en ensalzar lo feo y lo maquinal, en dar carta de naturaleza a los abortos de las vanguardias cuyas creaciones, desde luego, están al alcance del cualquier mastuerzo. De Iceta no podremos hacer un Goya o un Fortuny, pero sí un Schwitters o un Tàpies.

La democracia es necesariamente hortera, tiene que rebajar sus parámetros culturales a la altura de la chusma

La democracia es necesariamente hortera, tiene que rebajar sus parámetros culturales a la altura de la chusma que fabrica su sistema “educativo”. Sin una masa creciente de televidentes iletrados, los regímenes como el español no se podrían sostener. Las oligarquías necesitan masas como las americanas, una hez suburbial a la que hay que entretener pero no formar ni educar, porque eso supone exigencia, criterio, tradición y saberes.

Una muestra de lo degradado que está el ámbito de la cultura es que se considera que los videojuegos lo son. Basta con echar un vistazo a la escoria dirigente: cuando el doctor Sánchez empezó su mandato, el escándalo fundacional fue el del vuelo en Falcon a Benidorm para asistir a un concierto de The Killers. La prensa puso el grito en el cielo porque el condiscípulo de Iceta usó un avión para desplazarse. Creo que fue la inefable Carmen Calvo la que justificó el viaje con la excusa de que figuraba en la agenda cultural del presidente–doctor. El escándalo real es que el gobierno de la nación considera que los alaridos de unos niñatos sajones son cultura, y que eso merece el desplazamiento del jefe del ejecutivo con avión, escoltas y motorcade a la americana. Donde no se ve a nuestra chusma dominante es en el festival de Salzburgo, en el Mariinski de Petersburgo o en el San Carlo de Nápoles. No es de extrañar que cunda el pánico en los museos, convertidos en galerías comerciales y sujetos a los caprichos del primer o primera cretino o cretina con perspectiva de género. Con Iceta al frente desaparecerán las Majas del Prado por machistas, el Carlos V dominando el Furor por supremacismo y el Dos de mayo por islamofobia (los buenos hoy son Murat y sus mamelucos). Lo peor de todo esto es que, si no se hace con Iceta, se hará con los ministros del Partido Popular.

Breve muestra del garbo, salero y clase del Excelentísimo
Señor Ministro de Cultura del Reino de España

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