Mi última Misa del Gallo

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En realidad no sucedió nada particularmente nuevo: sólo cosas muy previsibles, pero que colmaron el vaso. Conociendo ya el percal, mi mujer y yo dirigimos nuestros pasos a una capillita en la que un amigo tradicionalista nos había dicho que habría una misa en latín: la única que me es posible oír sin exasperarme (“tal vez —pretende otro malévolo amigo mío— porque así entiendes menos lo que se dice”). Pocos minutos antes de las doce de la noche sólo había en el exiguo local un par de beatas y ningún atisbo de órgano o de coro, todo lo cual hacía presagiar la más mísera de las celebraciones. “¡Hay que ver cómo los tratan; pese al Motu proprio del papa, sólo les dejan decir la misa tradicional en tales condiciones”, me comentó mi mujer mientras nos dirigíamos a toda prisa a San Francisco el Grande. Pensábamos que en tan augusta basílica (la tengo por el templo más hermoso de Madrid) habría una celebración según el ritual moderno, por supuesto, pero acompañada al menos de algún gran coro y del fervor de los fieles que abarrotarían la iglesia. ¡Ingenuos de nosotros! Los fieles eran escasos (como la mitad del recinto) y el gran coro, inexistente. Sólo un desangelado sacerdote intentaba que los fieles —entre los que abundaban, por cierto, los inmigrantes— entonaran las melifluas cancioncillas, rebosantes de “bondad”, “amor” (y hasta diría “buen rollito”, si no fuera por el tipo ese de la Moncloa…), con las que la Iglesia ha reemplazado la sobrecogedora grandiosidad, poco acorde con nuestros utilitarios tiempos, de su liturgia tradicional.
 
Huimos de inmediato (el año pasado, en la iglesia de San José, habíamos conseguido al menos aguantar hasta la Epístola, cuando aparecieron las guitarras empuñadas por angelicales jovencitos con pinta de boy scouts). “¡Ya está! —se le ocurrió de pronto a mi mujer—. Nos equivocamos. Es a los Jerónimos adonde hubiéramos tenido que ir! Su coro dicen que es muy bueno.” Dicho y hecho: nos encaminamos al majestuoso templo gótico, iglesia de bodas de reyes, cuyo claustro se encuentra hoy recubierto por un ignominioso cubo. Pensábamos que a la tercera sería la vencida; pero a la tercera… los vencidos fuimos nosotros. El público era aproximadamente tan poco numeroso, y el ambiente tan desangelado como en San Francisco el Grande. El resto, parecido: los mismos sonsonetes, ñoños y risueños, de siempre, aunque con el añadido al menos de alguna canción tradicional de Navidad.
 
Llegamos cuando la homilía, en la que con palabras suaves, eso sí (parece como si lo suave, lo melindroso, se hubiera convertido en el signo mismo de lo sagrado), se repudiaba a un mundo cuyo signo intrínseco sería el pecado y cuya bajeza sustancial sólo sería redimible gracias al otro mundo, el de Más Allá. Nada que objetar. Tal es la doctrina, tal es su sustancia misma; y escucharla, aunque uno esté en total desacuerdo, es el precio a pagar si se quiere asistir al ritual que la acompaña. Pero es imposible pagar tal precio cuando el ritual es peor que nulo: cuando a fuerza de rechazar la “ostentación” asociada a la belleza y sus esplendores, a fuerza de ensalzar la “pobreza”, la “humildad”, la “sencillez” —esas “virtudes” propias de los pequeños y simples—, la Iglesia ha intentado entroncarse (“aggiornarsi”) con lo peor del igualitarista mundo moderno, destrozando para ello los grandiosa, noble, sobrecogedora belleza de su culto.
 
No es sin embargo por la “belleza”, no es por “estética”, por lo que me interesaba, cuando aún lo había, el gran culto católico. La estética, considerada como fin, no existe —ni siquiera en arte. El fin del arte no es la ensimismada delectación en lo bello. Lo bello es sólo el medio a través del cual, como decía Aristóteles, el arte “da cuerpo a la esencia secreta de las cosas”, plasma —dicho de otro modo— la verdad más honda de lo que son las cosas: esa misma verdad que la religión, a su manera, trata de expresar a través de su mitologías, sus doctrinas, sus rituales… Cuando estos últimos se ven aniquilados, cuando se desvanecen en la insignificancia o la cursilería, desaparece ipso facto aquello mismo que con ellos se intentaba significar.
 
¿Cómo en tales condiciones —me preguntaba sentado en un banco de los Jerónimos— se las apañan mis amigos cristianos para soportar, domingo tras domingo, fiesta tras fiesta, semejante degeneración del ritual? ¿Cómo se las apañan para no sublevarse ante este discurso almibarado, rezumante de “amor”, “paz”, “bondad” e “igualdad” por todas partes? ¿Cómo se las apañan… ellos que combaten decididamente la demagogia del igualitarismo, el buenismo y el “buen rollito” de nuestra sociedad; ellos que saben que lo que está inscrito en el corazón de los hombres no es la plácida concordia sino la feraz discordia: el combate, la contradicción a través de la cual, surge, decía Heráclito, “la más bella armonía”?
 
¿Cómo es posible, con otras palabras, que esta denuncia de la forma en que la Iglesia ha intentado congraciarse con el mundo moderno tenga que venir de “fuera de la cofradía”, como decía al comienzo? ¿Cómo es posible que las cuestiones aquí esbozadas no sean planteadas con fuerza por los propios católicos (o sólo lo sean por unos tradicionalistas incapaces de cuestionar las demás cosas; aquellas que sí merecen la pena de ser cuestionadas, pero que jamás lo han sido)?
 


Sol de Media Noche en Bodo, Noruega
 

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