Despejar la equis

Como su antecesor Judas, obispos y canónigos sienten una indecorosa debilidad por las monedas de plata, las cuales provienen en gran medida de la equis que los tontos que pagamos impuestos ponemos en la casilla de la Iglesia, Quizá vaya siendo hora de que no lo hagamos.

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Todo este vudú de Papa Doc Sánchez y de Carmen Calvo, su ménade climatérica, sólo ha servido para engrandecer la figura del Caudillo. Gracias a los progres, Franco adquiere talla mitológica; ha pasado de ser un general prosaico, de voz atiplada y nada carismático, a arquetipo del mal, con lo que de fascinante tiene eso. Por otro lado, en los años futuros, cualquiera que se oponga a este homomatriarcado socialdemócrata encontrará en la demonización de Franco un irresistible tabú que profanar. No será muy difícil esta vindicación del Generalísimo: compare el lector la trayectoria militar y política del difunto con la vida y obra de los dos ladrones de cuerpos arriba mencionados, sin contar con otros oficiantes subalternos de la macumba institucional del Valle de los Caídos. Basta una mirada a cada curriculum vitae para entender quién es Gulliver y quiénes los liliputienses.

La izquierda española tiene una obsesión por las fosas, los muertos y las venganzas de ultratumba que recuerda la necrofilia del Rascayú aquél del tiempo de nuestros abuelos. Como son gente vil, sin principios ni moral, una patulea de enchufados, gorrones, nepotes, holgazanes, bergantes y parásitos que sólo pretenden disfrutar de las sinecuras del poder a costa del contribuyente, no se quieren dar cuenta de la reacción que están provocando. Quizás rasquen con esto unos miles de votos y le quiten un par de diputados a Podemos, pero, a cambio, han pasado a ser el enemigo de media España.

Desenterrar el cadáver de Franco es desenterrar la Guerra Civil, es volver al 36 de una manera rencorosa y mezquina.

Desenterrar el cadáver de Franco es desenterrar la Guerra Civil, es volver al 36 de una manera rencorosa y mezquina, como ellos. Y es resucitar al Caudillo, liberar su espíritu, que andaba olvidado en Cuelgamuros, a sesenta kilómetros de Madrid, y que será enterrado de nuevo a pocos minutos del intercambiador de Moncloa, línea 601 de autobús. Profanar los símbolos de media España traerá consecuencias, sin duda. ¿Cuál será el próximo paso de la Memoria "Histórica"? ¿Asaltar la tumba de José Antonio? ¿Abrir las fosas de Paracuellos y que los obesos neomilicianos de la Pesoe se hagan selfies con las calaveras de los muertos?

Poco queda ya por pisotear, difamar y falsear, pero no me cabe la menor duda de que la Iglesia de Roma asistirá impasible a la violación de los sepulcros de aquellos que murieron con el nombre de Dios en los labios, que cayeron con un rosario en la mano o con un escapulario al cuello. Antes eran mártires, ahora se trata de unos miles de esqueletos incómodos que más vale ocultar, disimular o negar. El papa era el vicario de Cristo en la Tierra, como enseñaba nuestro catecismo, pero parece que ahora se ha reconvertido en el coadjutor de Judas, en el sacristán de Caifás y en el mayordomo de Herodes.

Sin Franco, la Iglesia habría sido literalmente exterminada, como lo fue en Madrid, en Cataluña, en la Andalucía roja y en tantos otros lugares.

Sin Franco, la Iglesia en España habría sido literalmente exterminada, como lo fue en Madrid, en Cataluña, en la Andalucía roja, y en tantos otros lugares. Sin los combatientes nacionales que sacrificaron vidas y haciendas por Dios y por la Patria —porque la gente se echó al monte para defender sus altares, y religiosa cruzada fue aquella guerra—, los Osoro, Blázquez y compañía no disfrutarían de los privilegios que les otorgan los concordatos. Cuando el Vaticano trata de esa manera tan miserable, artera, ignominiosa y abyecta la huesa del que fuera su defensor, su restaurador y su benefactor, uno lo tiene muy fácil para perder la fe infantil, la de nuestras madres y abuelas, y no volver a una iglesia ni para acudir al propio entierro.

Roma veduta, fede perduta, reza la eterna sabiduría italiana. En estas actuaciones del Valle de los Caídos hemos comprobado hasta qué extremos es capaz de rebajarse la jerarquía católica española, la heredera degenerada de los Cisneros, Silíceos y Taveras del Siglo de Oro, imagen viva del mal pastor que abandona su rebaño a los lobos. No nos equivoquemos, a la Iglesia se le da una higa lo que sus devotos piensen de ella. Serían capaces de volver a crucificar a Cristo si vieran que peligran sus millones. Y es aquí adonde quería llegar: los obispos tienen un rostro pétreo, de cemento armado, que ni se ruboriza ni se enciende por nada, aunque se llegue a extremos de impudor que harían enrojecer a una golfa y a cotas de cinismo que indignarían a un presidiario. A Roma no le importan los fieles, tampoco siente (como a la vista está) el menor agradecimiento por quien le salvó la vida y la colmó de privilegios. Ni la gratitud, ni la generosidad, ni la bondad, ni la decencia, ni muchísimo menos la vergüenza tienen asiento en la Conferencia Episcopal. Pero, como su antecesor Judas, obispos y canónigos sienten una indecorosa debilidad por las monedas de plata, ya sean treinta o treinta mil. Hasta el último óbolo del cepillo cuenta. Esas monedas provienen en gran medida de la equis que los tontos que pagamos impuestos ponemos en la casilla de la Iglesia, para uso y disfrute de los émulos de Fermín de Pas y del dómine Cabra. Bueno, pues quizá vaya siendo hora de que no lo hagamos. A lo mejor así aprenden estos iscariotes. Es lo único que les duele: su tenderete de cambistas en el Templo de Salomón, que es su Dios, su zarza ardiente, su Arca de la Alianza; su luz, su verdad y su vida. Démosle una buena patada al becerro de oro de los levitas, escribas y fariseos del episcopado. Entonces sí que habrá revolar de casullas y rechinar de dientes. Seguro.

 

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