Rodríguez Ibarra resucita el debate

No queremos que vuelva la “mili” (pero…)

Hay bocas que son como volcanes: tan inoportunas como incandescentes. A propósito de la muerte de dos soldados españoles en Afganistán, Rodríguez Ibarra ha sugerido el retorno del servicio militar obligatorio aduciendo que si los ricos fueran a la guerra, esto no pasaría. Es una memez, pura demagogia. Ahora bien, incluso una tontería de este género es apta para suscitar polémicas. De hecho, las ha suscitado: el asunto de la “mili” ha vuelto al tapete en un país que tiene que recurrir a inmigrantes para llenar sus exiguos cuarteles. El asunto merece unas cuantas reflexiones. También merece que cada cual marque su posición. Esta es la nuestra: ¿Mili? No, gracias. ¿Ejército? Sí, por supuesto. ¿Servicios individuales a la comunidad? También, y cuanto antes.

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JJE
 
Para examinar de verdad el problema hay que desprenderse rápidamente de las memeces demagógicas del “icono pop”, que parecen sacadas de un mitin de la época de la guerra de Marruecos. Es decir, prescindamos de Rodríguez Ibarra (tan prescindible, por otro lado). Y apartado este enojoso engorro, vayamos al fondo de la cuestión. Uno: el ejército español ha tenido que recurrir a un numeroso contingente de inmigrantes porque los naturales del país no quieren ser soldados. Dos: simultáneamente, los jóvenes españoles tienden a no sentirse solidarios de su sociedad, de su comunidad, porque nadie les impone el menor deber para con ella. En esas condiciones, el retorno de la “mili” cumpliría una doble función: renacionalizaría el Ejército español (como suena) y además volvería a instalar un instrumento de socialización capaz de hacer que los jóvenes se sientan comprometidos con la sociedad a la que pertenecen. No desdeñemos este último argumento: una de las medidas anunciadas por Sarkozy en Francia es la creación de un programa de servicios a la comunidad precisamente con ese objetivo.
 
Planteadas así las cosas, las preguntas son dos. Una: ¿Es preciso o, al menos, conveniente introducir en España medidas que acentúen el grado de compromiso de las personas con la comunidad? Pocos discutirán que sería conveniente. Pero la segunda pregunta es esta otra: ¿Es el servicio militar un eficaz medio de “socialización” para la juventud?
 
Las tres funciones
 
Lo militar puede entenderse como un servicio, pero es más sensato y ajustado a razón entenderlo como una función. En eso la inspiración socrática sigue siendo válida. Sócrates –se lo recogió Platón- imaginaba la comunidad con el aspecto de un ser humano, y así atribuía funciones sociales a cada parte del cuerpo: en la cabeza, una función rectora-racional que correspondía a reyes, jueces, sacerdotes; en el pecho, una función combatiente y defensiva que correspondía a los militares; en el vientre, una función productora-instintiva que correspondía a agricultores, artesanos, obreros, etc. El equilibrio de la comunidad dependía de que cada cual cumpliera bien con su función. Como se sabe, Dumezil recogió esa partición trifuncional para desentrañar el secreto de los panteones religiosos indoeuropeos. Como también se sabe, esa tripartición social sobrevivió bajo forma de estamentos –oratores, bellatores, laboratores- hasta la Revolución Francesa.
 
Las revoluciones modernas, que fueron revoluciones del “vientre”, trastornaron todo eso. Negaron el derecho de la cabeza a regir, negaron el derecho del pecho a la exclusividad de las armas, consideraron que todo el cuerpo social debía ser vientre y pecho y cabeza a la vez. Hoy podemos considerar que la democracia es una buena cosa, pero conviene no olvidar que, al mismo tiempo, su implantación trajo la del servicio militar obligatorio, entre otras innovaciones. No es un juicio de valor: es una constatación. La conscripción, el servicio forzoso en las armas por un tiempo fijo y para todos los ciudadanos de cualquier condición, es una novedad histórica introducida por las revoluciones burguesas; en ese sentido, la “mili” es de izquierdas. Ya sabemos que, después, en determinadas épocas y en determinados lugares los ricos se las arreglaron para escaquearse y la “mili” acabó siendo cosa de quienes no podían pagar para que otro cargara con el petate. Pero el proceso histórico es el que es. La “mili” es hija de la modernidad.
 
La expansión de un clima antibelicista después de la segunda guerra mundial trajo consigo una consecuencia mayor: el antimilitarismo, es decir, la censura por principio a la propia institución militar, ya fuera popular, ya profesional. En España, por razones tanto ideológicas como políticas y sociales, eso acabó siendo dogma de fe. La identificación abusiva ejército = franquismo (gemela de aquella otra, letal, de España = franquismo) llevó a un punto en el que el número de objetores de conciencia al servicio militar era insostenible, por lo elevado. Fue un Gobierno de la derecha, el de Aznar, quien culminó la ofensiva emprendida por la izquierda y abolió el servicio militar obligatorio. Una medida inevitable, quizás incluso sana, pero que trajo consigo tres consecuencias nefastas: eliminaba la única instancia de integración nacional de los jóvenes, cada vez más aislados en sus respectivas regiones; suprimía un instrumento útil para aprender la noción de servicio a la comunidad; aislaba aún más al Ejército de la sociedad, al no arbitrarse al mismo tiempo medidas que convirtieran la profesión militar en algo positivo y deseable.
 
Hoy la situación es la que es, y seguramente no tiene vuelta atrás. Hay dos cosas que debemos intentar salvar, por el bien de todos. Una, la salud de nuestro ejército, que no puede seguir siendo una institución al margen de la vida de la nación, una especie de empresa pública que pagamos con nuestros impuestos sin ningún otro compromiso, como una sociedad ferroviaria. La otra, la necesaria integración de los jóvenes en la comunidad, una pedagogía del vínculo social que es hoy urgente en todas las sociedades desarrolladas. Ambos problemas ya no admiten una única solución. Pero hay que empezar por reconocer que tenemos dos problemas.

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