Una extradición

Extraditar a Claudia Patricia a la narcocleptocracia de Caracas es como entregarle un contable con manos largas a Al Capone o como devolverle un chivato a Pablo Escobar.

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Suponemos que en un breve plazo de tiempo el Gobierno del doctor Sánchez decidirá sobre la extradición de Claudia Patricia Díaz Guillén, asunto que no resulta muy llamativo así enunciado, pero que se vuelve más interesante cuando sabemos que el país que reclama a esta mujer es Venezuela y que la acusada fue enfermera de Hugo Chávez y responsable de la Tesorería Nacional y del Fondo de Desarrollo entre 2011 y 2013. Sí, no bromeo: enfermera–tesorera. No es una novedad en el mundo del bandolerismo genocida y analfabeto de la izquierda hispanoamericana: el Ché Guevara fue ministro de Economía en Cuba y la isla todavía está pagando los efectos de su gestión.

Para entender la naturaleza del régimen chavista nada mejor que el burriculum de esta dama, que pasa de cuidar al alicaído y protervo tirano a manejar el dinero de la nación durante dos años; de poner supositorios, aplicar cataplasmas, inyectar lavativas y cambiar pañales al gorila diarreico de Miraflores, a administrar el dinero público. Este gesto de Chávez sólo tiene un paralelo en la historia, el del emperador Calígula y su caballo Incitatus, al que el césar más extravagante de Roma hizo senador, pero al que tuvo el buen juicio de no encomendar el tesoro del Imperio. Por eso de que la ocasión la pintan calva y que donde fueres haz lo que vieres, Claudia Patricia (de nombre muy romano, por cierto) se unió a los Maduro, Cabello y compañía y decidió robar y blanquear todo lo que pudo, tarea que debió de realizar con un éxito mayor del acostumbrado, viendo cómo anda ahora de canino, tieso y boquerón el que debería de ser el país más rico de la América hispana. Los pobres venezolanos han pasado de Carlos Andrés Pérez a Chávez como quien va de Málaga a Malagón. Pero todo es susceptible de empeorar cuando los cráneos privilegiados de Podemos y Bildu asesoran en el Palacio de Miraflores; así que del póngido con entorchados de Chávez los venezolanos pasaron a la tutela de Maduro, el cuadrúmano con chándal que pilota hoy ese Titanic a medio desguazar que fue otrora la próspera perla del Caribe y que hoy envidia la suerte de Haití.

Extraditar a Claudia Patricia a la narcocleptocracia de Caracas es como entregarle un contable con manos largas a Al Capone o como devolverle un chivato a Pablo Escobar. Desde el momento en que aterrice en La Guaira, los días de la prófuga estarán más contados que los mendrugos de pan que quedan en las tiendas del país. Que Sala de lo Penal del Tribunal Supremo confíe en las garantías judiciales de la dictadura venezolana es un ejercicio de optimismo que raya en la ceguera, lo que queda por ver es si ésta es real o voluntaria. Pero si a un simple concejal de la oposición lo tiran desde un décimo piso sin preocuparse demasiado de la opinión pública, ¿qué no harán con una individua que les ha escamoteado su parte del racket: una corbata colombiana, un entierro tejano, un despiece al estilo saudí? Desde luego, su sino será un poco diferente al de la mayor parte de sus desnutridos compatriotas, esos de los que Íñigo Errejón dice que les encanta guardar colas y que, por lo visto, adelgazan lo indecible con la dieta bolivariana.

La suerte de Claudia Patricia no está del todo echada. Quienes tienen que cruzar el Rubicón de dar la orden definitiva son el doctor Sánchez y su ministra de Justicia, la que bebe en la copa del prevaricador Garzón y se juerguea en los reservados con el comisario Villarejo. Si en la Moncloa reina un mínimo de sentido común, dignidad y respeto por las libertades civiles, Claudia Patricia se quedará en España. Si, por el contrario, el doctor Sánchez y la ministra Delgado son rehenes de Podemos y de la extrema izquierda, Claudia Patricia se irá para no volver jamás al mundo de los vivos, como una Eurídice bolivariana. Entonces los españoles tendremos bien claro que España se está convirtiendo en la Venezuela europea y que las vergonzosas "gestiones" del infame y vil Zapatero no son sino una política oficial que no osa decir su nombre.

En los últimos meses la bolivarización de España se está acelerando por una izquierda radical que tiene como rehén al doctor Sánchez, auténtico yonqui de la presidencia, quien por un día más de chute monclovita es capaz de entregar España a quienes la quieren despiezar y someter a un régimen igual al que impera en Caracas, pues no en vano los jefes de Podemos fueron parte del aparato de poder chavista y cobraron como asesores, turiferarios, lustrabotas y comisionistas de la dictadura narcomarxista venezolana. Al doctor Sánchez todo le da igual con tal de seguir viajando a costa del contribuyente. ¿Cómo le puede importar lo que nos pase a los españoles si lleva media legislatura sin pisar el país? Esos asuntos locales quedan para Iglesias, su vicepresidenta oficiosa.  

Pocas ocasiones de definir lo que pasa en nuestra patria van a ser más claras que ésta. Debemos mantener la guardia alta si no queremos acabar como los venezolanos.

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