Siria

Estados Unidos tendría que emplearse abiertamente, con un mínimo de setenta mil soldados pie en tierra, para derribar el régimen de al-Assad. Si se atreve, tendremos una III Guerra Mundial.

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Ya está: el claudicante Trump ha vuelto a plegarse ante las exigencias del verdadero poder en Estados Unidos y a traicionar el prudente aislacionismo jeffersoniano de sus votantes. Los bombardeos de Siria, de los que a estas alturas no sabemos si van a continuar o pararán con el estúpido despliegue de estas últimas horas, son una agresión innecesaria con un fin no definido frente a una ofensa no comprobada. Salvo por el gasto en munición y el trabajo que proporciona al complejo militar-industrial yanqui, motivo que no es baladí en estas aventuras del gran gorila de la Casa Blanca, no vemos ningún propósito de interés nacional estadounidense en esta salvajada aérea. El infame Gobierno que atribula a España no ha tardado en unirse al coro de los lustrabotas al mentir por boca del cipayo Mariano y considerar esta barbaridad como una acción "legítima y proporcionada".

Si los bombardeos paran pronto, el daño hecho a las estructuras militares de Siria será grave, pero no impedirá la victoria del Gobierno legítimo de al-Assad sobre los mercenarios wahabíes teledirigidos por Washington y Riad. Si continúan los ataques –como sucedió en Libia–, pueden frustrar lo hecho por Damasco, Moscú y Teherán en los últimos años: consolidar un Estado viable y fuerte en Siria, una unidad política soberana y civilizada en medio del caos político desencadenado en Oriente Próximo por la administración Obama en 2011.

La justificación del ataque es la de siempre: una oenegé, casualmente radicada en Londres, fundada por un oficial de inteligencia británico y financiada al alimón por George Soros y USAID (o sea, la CIA), denuncia ataques químicos que nadie ha visto y que difícilmente pueden ser producto de unas tropas gubernamentales que ya han conquistado el terreno. Como en el caso de las armas de destrucción masiva de Iraq o las violaciones y torturas en el Kuwait ocupado por Saddam, el protocolo de actuación nunca cambia (ya nadie se acuerda de la niña kuwaití, la "testigo" que denunció en 1990 ante los parlamentarios yanquis la barbarie de las tropas iraquíes, a la que asistió mientras estudiaba en Londres, prodigioso caso de bilocación). Siempre que se trata del Deep State, la verdad es lo de menos. Unas lágrimas bien lloradas en la pantalla bastan. Eso sí, todavía esperamos ver las imágenes de los centenares de víctimas de los bombardeos humanitarios de los últimos veinticinco años: civiles de los refugios antiaéreos de Bagdad, afganos masacrados en bodas y fiestas, libios carbonizados por los demócratas en Sirte, Trípoli y Bengasi.

Salvo sembrar el caos, único propósito discernible en la política de Washington, no alcanzamos a entender esta infame acción del Pentágono. El régimen sirio es el único que garantiza a cristianos, drusos, alauíes, chiitas y sunníes la libertad de culto y la igualdad jurídica y política. Los mercenarios afganos, saudíes y "europeos" que combaten a sueldo de Riad pretenden imponer un régimen como el saudí o peor, con uno o varios emiratos yihadistas en Damasco, Homs y Alepo, por ejemplo. El triunfo de las bandas salafistas sobre el Gobierno de al-Assad daría lugar a una masacre de cristianos, alauíes y hasta sunnitas, pues el sufismo goza de gran popularidad en Siria y es anatema para el credo de los ulama hanbalitas de Riad. Pero, además, con esta acción, Trump alimenta el aventurerismo saudí, enredado en una guerra en el Yemen, donde sus tropas están haciendo el ridículo frente a la resistencia popular encabezada por los hutíes. Sólo su supremacía aérea le permite mantenerse en un país firmemente chiita, donde las tropas saudíes sufren reveses militares continuos que recuerdan mucho a los de los italianos de Mussolini en Grecia.   

Arabia Saudí cuenta con dos argumentos muy poderosos en su favor: dinero y petróleo. Pero no deja de ser otro débil emirato como Kuwait o Bahrein, sólo que con unas dimensiones físicas enormes. Las alianzas tribales que dieron estabilidad al reino de Ibn Saud han saltado por los aires con la política del actual rey y de su príncipe heredero. Las luchas por el poder en Riad están lejos de haber acabado. La costa de al-Hassa, el corazón petrolero de la monarquía, albergan una mayoría chiita que, como en el caso de Bahréin, tasca con impaciencia el freno de la represión saudí. Y eso por no hablar de los millones de inmigrantes que pueden servir de fermento para cualquier revolución. Quizá sea un síntoma de esa debilidad interna la agresividad de su política exterior, que contradice la tradicional cautela de otros reinados y pugna irresponsablemente con Teherán por ser el hegemón del Golfo. La República Islámica iraní es un Estado-nación sólido, con una tradición de milenios y una conciencia étnica y religiosa extremadamente firme, que fue capaz de superar y vencer un desafío de la gravedad de su guerra con Irak en los años ochenta. Arabia Saudí es una nación ficticia, un negocio de los especuladores petrolíferos, un despotismo familiar en plena hybris al que la Historia puede barrer con un soplido. Como Austria-Hungría con Alemania, las aventuras de un socio menor, de una monarquía decadente, pueden arrastrar a Estados Unidos y a Europa a la catástrofe.

No nos engañemos: las guerras no se ganan desde el aire. Y menos con una nación dispuesta a no dejarse masacrar por las hordas yihadistas. Estados Unidos tendría que emplearse abiertamente, con un mínimo de setenta mil soldados pie en tierra, para derribar el régimen de al-Assad. Si se atreve, tendremos una III Guerra Mundial.

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