Pequeñeces

Los ataques a las reinas siempre han tenido un papel central en la caída de los tronos.

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Supongo que debo pedirle perdón al lector por tratar de semejante caso, de estos comadreos que no merecen más que el desprecio; sin embargo, aunque estas habladurías deben quedar encerradas en los muy bajos fondos de la llamada prensa rosa, su amplificación llega a nosotros a través de los chismes, los cotilleos y los alfilerazos de vecinas, peluqueras, tertulianas y demás cotorras de moño y chándal, entre quienes no faltan los correveidiles masculinos de variado plumaje, antropoides a los que la taxidermia cataloga como expertos en Casas Reales.

La polémica principal de España en estos días no es el tinglado catalán, que ya harta a la opinión pública; ni siquiera el fútbol ha logrado eclipsar al trascendente suceso de la catedral de Mallorca, donde la actual reina en ejercicio no quiso dejar a sus hijas posar junto a la reina emérita, drama político-dinástico que alcanza dimensiones de tragedia nacional en radios, televisiones, salones de belleza y patios de corralas. Por supuesto, la plebe ha aprovechado la ocasión para reventar a alfilerazos a la reina Letizia, surgida de sus mismas entrañas, y de elevar hasta las nubes a doña Sofía, la entrañable abuelita griega. ¿Realmente merece la pena que nos enredemos en una disputa de mujeres, de nuera y suegra? La prudencia viril aconseja poner tierra de por medio, que es lo que sabiamente hicieron los maridos de las contendientes. Pero ya abuchean las comadres a la soberana en ejercicio. Ya empiezan las maledicencias del infinito número de las malfolladas. Ya suena el runrún y el toletole de tanta y tanta lengua bífida. Mal andamos. Nunca hay que subestimar el poder de la canaille y de sus prejuicios idiotas.

Como las francesas de 1788 que chismorreban contra la austríaca y las rusas de 1916 que largaban contra la alemana, estas señales sísmicas que envían poligoneras y chonis adictas al cotilleo gráfico muestran una españolísima envidia hacia una mujer que logró llegar al trono siendo del pueblo llano, pero más guapa, más lista y más fina. En vez de alegrarnos porque una de los nuestros haya desterrado de la alcoba real a los habituales estafermos cloróticos y endogámicos, a los insoportables tarados de estirpe extranjera que ni saben ni quieren gobernar, nos dedicamos a insultarnos a nosotros mismos cuando ponemos verde a una reina guapa, española y lista, bastante progre y repipi (cierto), pero buena madre y progenitora de dos preciosas niñitas a las que basta con comparar con sus parientes Hannover, Windsor, Saboya o Borbón para saber lo mucho que salimos ganando. Sorprende comprobar cómo los muy democráticos juancarlistas, todos esos campechanos de pro que fatigan prensas y tertulias, arremeten contra la reina Letizia como si fueran Grandes de España, Pares de Francia o Hochgeborene de la Hofburg. ¿Cuál es el gran pecado de esta hermosa jezabel ovetense? Ser nieta de un taxista. Por lo visto, descender de especímenes de homo sapiens borboniensis como Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII, Don Juan de Borbón y demás nobles brutos es una garantía de honradez, patriotismo, moderación, castidad y buenas maneras. Se lleva en la sangre. Algo genético heredan los nietos de Felipe V que los convierte en seres superiores a los simples mortales. Sus preciosos cromosomas son un tesoro que hay que preservar, como pasa con las reses y jumentos que ganan los concursos de ganadería. Ansones y peñafieles tiene la Borbonolatría, no será este humilde peatón quien discuta las virtudes del gen capeto a los pontífices del ¡Hola!

La campaña incesante contra la reina tiene otros fines que van más allá de las camarillas borbónicas. España es una república coronada de taifas, donde la desintegración de la unidad del Estado se acelera a medida que la oligarquía política se degrada con su sistemática elección de los peores. Apenas hace medio año que el régimen vigente empezó a resquebrajarse con el circo de la república catalana. Ante la solemne inacción del Gobierno, la complicidad de las izquierdas y la indignación del común, fue Felipe VI quien, en vez de decir "A mí dádmelo todo hecho", alzó educadamente la voz para exigir que se acabara con semejante espectáculo. Ese tres de octubre de 2017 la monarquía evidenció que era el símbolo de la unidad y continuidad de la patria y puso término a cuatro décadas de pasteleo y corrupción juancarlista.

Pocos han sido más críticos con Felipe VI que nosotros. Hemos censurado su afán estéril de crear una imposible monarquía progre y de ser el rey de los rojos. Tampoco hemos pasado por alto su evidente ninguneo de los símbolos de la Tradición española para mantener un inútil perfil bajo y no ofender a unos enemigos que jamás le perdonarán que sea el que es: el Rey de España. Pero a la hora de la verdad, cuando se trataba de defender un bien sagrado como la unidad de la patria, el Rey salió en su defensa y dio origen a la vigorosa reacción del pueblo y a la muy tibia, remolona, leguleya y cobarde acción de la casta política. Por cumplir sin estridencias con su deber los puso en evidencia a todos. Y por eso le odian. No es de extrañar que sean las instancias privilegiadas del régimen las que ahora se complazcan en acosar a la reina y en ensalzar a doña Sofía, la profesional, la socia de los Bilderberg, la protectora del clan Urdangarín, el símbolo de los viejos tiempos del campechanismo corrupto y vendepatrias: una de los nuestros, como opina la casta.  

 Los ataques a las reinas siempre han tenido un papel central en la caída de los tronos. Es curioso que ahora, cuando la ofensiva separatista ha fracasado gracias, en parte, a la acción del Rey, sean crecientes los rumores y los chismes contra doña Letizia. Es una forma lenta pero muy eficaz de socavar la popularidad de uno de los pocos pilares que le quedan a la unidad del Estado.

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