Siguen prohibidos los folletos antisemitas de Céline

Tributo al genio

Decir Céline es mentar a la bicha en la islamizada, africanizada y meltingpoltizada Francia.

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Se hace eco El Mundo, en su edición digital del doce de enero, de la última polémica que se ha organizado en Francia por la obra de Céline, en este caso por el amago de publicación de sus tres folletos antisemitas: Bagatelles pour un massacre, École de cadavres y Les Beaux Draps. Hasta Édouard Philippe, el primer ministro que le han puesto al muñequito Macron, ha tenido que intervenir para condenar al hombre y salvar al escritor. Con poco éxito: tanto el escritor como el hombre son condenados irremisiblemente por la corrección política. Gallimard, ante la presión de los inquisidores de siempre, de las perpetuas víctimas, ha guardado los manuscritos en la gaveta para alborozo de los libreros de lance –que venden los volúmenes de los años treinta a precio de huevo de Fabergé– y de los piratas de la edición, que de nuevo tienen patente de corso para seguir inundando el mercado con su codiciado objeto del deseo.

Decir Céline es mentar a la bicha en la islamizada, africanizada y meltingpoltizada Francia. En ese país cada vez más mundializado, Céline suscita todo un complejo de reacciones neuróticas, de fobias, de histeria colectiva y de tics nerviosos. Si en el año 44 no hubiese tomado el olivo junto a la inmortal Lucette, el espigado Le Vigan y el flemático Bébert (el gato más ilustre de la literatura del siglo XX), habría sido escabechado como plato principal por los "libertadores" anglomarxistas en el festín de asesinatos, violaciones y torturas que fue la Francia del maquis triunfante. A cambio de eso, pasó por la corte fantasma de Sigmaringen, viajó a la deriva por un Reich en ruinas y naufragó definitivamente en la puritana, hostil y desabrida Dinamarca, donde le obsequiaron con un hamletiano proceso de extradición que, al menos, le permitió salvar el pellejo. Semejante odisea nos ha valido tres tesoros literarios que ningún lector serio puede ignorar: D’´un château à l’autre, Nord y Rigodon. Por su ambiente apocalíptico y absurdo, Nord es mi favorito, pero para gustos hay colores.

¿Por qué esta fobia celiniana? Todas las sociedades sufren de un mal que resulta extremadamente nocivo para el que escribe y piensa, quizá porque dice lo que se quiere callar: se llama matar al mensajero. Hay algo en Céline que incomoda la psique del buen republicano francés: ¿una maligna atracción por el fruto prohibido? ¿Un afán de transgresión que se reprime con más fuerza que aquella con la que surge? ¿Un reflejo histérico? ¿Un acto fallido? ¿Un niño que dice caca? El tabú celiniano entre la biempensancia gala merece un serio estudio psicológico. Drieu, Rebatet o Brasillach, mucho más fascistas que Céline, jamás han suscitado el rechazo visceral que éste provoca.

 En el país más literario de Europa, famoso por su culto público a los escritores, el hecho de que su mejor prosista, posiblemente el mayor narrador europeo del siglo XX, haya sido un antisemita y un pretendido nazi es un trauma insuperable. De ahí que la fobia celiniana, hábilmente explotada por la corrección política, sirva para suscitar dos elementos básicos de esta nueva religión mundialista: el complejo de culpa y el horror al pasado, a la tradición cultural, estigmatizada con los pecados inexpiables de su carácter aristocrático, patriarcal y “racista”. Céline, además, es una incómoda paradoja por su carácter plebeyo, vanguardista y renovador del lenguaje: de ahí la plaga de sus imitadores, empezando por Sartre. Pero, pese a su carácter aparentemente revolucionario, Céline entronca con una tradición de las letras francesas que fue casi ahogada por el academicismo y los liceos, cuyo ejemplo extremo está en la proustificación de principios del siglo XX. Con Céline, en cambio, resurgen Rabelais, Villon, Scarron, Rétif de la Bretonne y Zola; es la lengua de la calle manejada con el rigor y el primor de un maestro, el argot popular transfigurado en petite musique, la Francia del pueblo exhibida en un retablo cervantino, una imagen de Épinal con letras, un cuadro de los Le Nain con tintes expresionistas, una Francia que se desahoga y se exhibe a gusto, tras pasar tanto tiempo acallada por la burguesía parlera y republicana: es el “Ça a débuté comme ça” [La cosa empezó así] que abre su Viaje al fin de la noche, insulto fundacional del mito celiniano. Si no fuera por su conducta ciudadana y sexual, Céline podría haber sido rescatado para la corrección política. El que no sea posible, el que el gran genio no entre en el redil repleto de mediocridades progresistas, quizá tenga mucho que ver también con la rabia que suscita su solo nombre. La misma fuerza del tabú democrático es un tributo a su genio.   

En el caso español, como siempre, nos limitamos a ser la voz de nuestros amos, pero desafinada, rauca y palurda. Basta con leer las plúmbeas columnas literarias de la prensa hispana para comprobar la ignorancia, los prejuicios y la falta de documentación que exhiben los opinadores del mundo de la cultura sobre este escritor. El artículo típico sobre Céline en España –normalmente calcado de uno americano o, en el mejor y más improbable de los casos, francés– empieza reconociendo el genio literario del personaje y elogiando su Viaje al fin de la noche. A partir de ahí comienza la lectura del pliego de cargos: antisemita, racista, nazi, colaboracionista, prófugo, miserable, misántropo y el largo etcétera de las letanías y exorcismos de rigor en la crítica de la corrección política, donde la excelencia artística es lo de menos. Si el opinador, pese a todo, aún tiene algo de fuerza moral y criterio propio, acabará por reconocer que la prohibición de la literatura incorrecta puede ser más perjudicial que beneficiosa y que, con todos sus atroces e imperdonables pecados personales, la obra de Céline merece ser leída en su integridad. Ese tipo de crítica, la que podemos llamar liberal o académica, que separa a la obra del autor y cuyo ejemplo más ilustre fue Jean Paulhan, está tan en vías de extinción como los nativos de Europa. La moda americana de moralizar el arte según la conducta política, social y hasta sexual de su autor acabará por hacer estragos en su Estado libre asociado ibérico. Desde ese punto de vista, todo en Céline es condenable y su obra debe acabar en el muladar, olvidada y aún más maldita de lo que está ahora. La conducta moral, por supuesto, sólo la pueden juzgar los sectarios de la corrección política, únicos seres humanos habilitados para otorgar certificados de buena conducta. Igual que los párrocos y los sargentos de la Guardia Civil de antaño.

Y no nos cabe duda: Céline ofende. Por una misteriosa razón que se nos escapa, las víctimas que protestan airadas contra la publicación de los folletos celinianos no emiten la menor queja cuando genocidas reconocidos como Lenin, Trotski, Mao o Stalin son publicados sin escándalos ni amenazas. Es curioso este hecho porque, mientras los matarifes arriba mencionados acumularon mondongos humanos por toneladas, el pobre Céline no apioló a nadie, pese a ser médico. Resulta todavía más interesante saber que su obra antisemita no gustó nada a los alemanes, que veían en la judeofobia de Céline algo desaforado y frenético, que ponía en evidencia la pretendida “cientificidad” del antisemitismo nazi. La edición alemana de Bagatelles, por ejemplo, es célebre por las mutilaciones de la censura. De nuevo surge la inquietante capacidad del prosista para sacar a la luz los fantasmas del inconsciente de sus lectores. Este escritor, que confesaba en carta a su detestado Robert Brasillach: “Soy racista y hitleriano”, no colaboró con los alemanes durante la Ocupación. Tanto la Propagandastaffel de Goebbels como la Rosenbergamt en Francia lo proscribieron y nunca cobró un franco de los alemanes ni de los organismos colaboracionistas. Sus críticas a Pétain fueron extremadamente virulentas y Vichy le correspondió excluyéndolo de la Anthologie de la Nouvelle Europe de 1942. Pese a todo, Céline es el antisemita por antonomasia y va a pagar un precio muy alto por ello. Desde 1943, es un homme traqué que se sabe mortalmente amenazado. Pese a que no sirvió con las armas a Vichy, como Juin o De Lattre; pese a que no fue condecorado por el Mariscal, como Mitterrand; pese a que no fue un tecnócrata de la Colaboración, como Papon o Couve de Murville (el eterno ministro de Exteriores de De Gaulle); pese a que no se enriqueció gracias a los alemanes, como los patronos de las cementeras, de las fábricas de armamento o de las de motores, Céline fue perseguido con una saña judicial inaudita. Tout est bon pour qu´on me fusille [Todo es bueno para que me fusilen], escribirá en sus cuadernos de prisión. Será amnistiado sólo en 1951, tras siete años de exilio y persecuciones, pese a que quedó más que demostrado que nunca colaboró con los ocupantes.  

Como ciudadano, a Céline sólo se le pueden reprochar sus opiniones. Como persona, además, resulta que no fue tan malo: atendió gratis o a precios irrisorios a los pacientes pobres, fue un declarado pacifista, amaba a los animales y supo mantener un núcleo de amigos fieles que sobrevivió incluso a la debacle del exilio y la soledad de sus últimos años. Cierto que era un tanto roñoso, bastante desaseado y un misántropo manifiesto, además de heterosexual practicante, con frases como esta, sacada del Voyage y que resulta profética de nuestro tiempo: «Ah on s´ennuyait parâit–il dans le conscient! On ne s´ennuira plus! On a commencé par s´enculer, pour changer... Et alors on s´est mis du coup à les èprouver les “impressions” et les “intuitions”... Comme des femmes».[1]

Pese a estos pecados, aquí todavía nos parece enormemente exagerado el tabú celiniano que impera en el país vecino. Quizás porque aquí nadie lee.

 



[1] ¡Ah, parece que uno se aburría en lo consciente! ¡Ya no habrá más aburrimiento! Se ha empezado enculándose, para cambiar… Y se han empezado a experimentar de pronto las “impresiones” y las “intuiciones”… Como mujeres. (N. d. R.)

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