In memoriam August Ames

Hasta ahora creíamos que uno tiene derecho a acostarse con quien quiera. Parece que nos equivocábamos.

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Una muestra de qué tipo de sociedad es la que los mandamases globales aspiran a crear la tenemos en un
fait divers aparentemente trivial, en una tragedia privada de tantas, que no llama demasiado la atención, salvo si nos detenemos a examinar sus elementos ideológicos.

August Ames era una hermosa actriz porno de veintitrés años que, en un rodaje, se negó a cohabitar con un actor que también realizaba porno gay. Ella adujo razones evidentes de seguridad y allí se debería haber acabado la cosa. “No es No”, ¿verdad? Sin embargo, el asunto trascendió y la joven se vio acosada por las redes sociales de manera tan brutal que acabó ahorcándose en su domicilio. Su último mensaje fue “Fuck y´all”: “Que os jodan a todos”.

Las campañas de acoso por parte de los defensores de la ideología de género y los lobbies que de ella surgieron solían llevar a la muerte civil de las personas y a la ruina de sus negocios, pero ahora alcanzan un nuevo logro: la muerte física del acosado. En este caso, para mayor escarnio, de la acosada, una mujer que no es víctima del machismo, sino de todo lo contrario, de la ira de los buenos, de los zelotes del movimiento gay. Pero eso la prensa no lo resalta, cosa que no habría pasado si los insultos y las amenazas las hubieran realizado heterosexuales, en cuyo caso se hablaría de crimen machista y la campaña de los medios sería avasalladora. Pero a estas alturas ya sabemos que los cry bullies feministas, gays o animalistas tienen patente de corso para difamar, arruinar reputaciones y perseguir a quien disienta, que para eso están protegidos por todas las instancias del planeta, desde la Asamblea General de la ONU hasta el último alcalde pedáneo.

August Ames dijo “No” y, según nos dicen las catequistas del Sistema, “No es No”. Lo cual, por lo visto, es ley cuando el que solicita los favores es un hombre heterosexual, uno de esos degenerados a los que les gustan las mujeres y que las democracias avanzadas tratan de erradicar. Si se trata de gays, animalistas, feministas y demás víctimas, entonces “No es Sí”. Quizás por eso la autoridades inglesas, suecas y alemanas, que nos sacan tanta ventaja en eso de la corrección política y del antirracismo, apenas se inmutan cuando una nativa es atacada por los nuevos europeos. Como mucho, se les impone a las mujeres un toque de queda para que no vayan provocando. Pero August Ames añadía un elemento agravante: era actriz porno, se dedicaba a proporcionar un placer visual a millones de hombres heterosexuales, a incitar y excitar la libido masculina, a exhibirse como una seductora y femenina vampiresa, a ser guapa y a disfrutar del sexo con varones bien armados en el marco de unas escenas marcadas por su genitalidad “falocrática”. Es decir, a resaltar el aspecto hembra que hoy se reprime y persigue por todos los medios, con la habitual eficacia que tiene el ponerle puertas al campo. La fallecida representaba todo lo contrario de lo que pretende la vulvocracia imperante, que detesta semejante satisfacción del imaginario masculino. Seguro que entre sus acosadores hay un no pequeño número de acosadoras. Pero tranquilos, nada de esto saldrá a la luz. La policía en Europa y América, por la cuenta que le trae, ha aprendido a investigar desde perspectivas de género.  

Hasta ahora creíamos que uno tiene derecho a acostarse con quien quiera, a entablar amistad con quien le venga en gana y, en su vida íntima, a hacer mangas y capirotes siempre que no dañe la libertad de otro. Parece ser que nos equivocábamos: la nueva aristocracia políticamente correcta disfruta de derecho de pernada sobre la mayoría de la población, esa que no pertenece a las minorías protegidas por la ortodoxia de la izquierda académica.

Todos tenemos prejuicios porque todos tenemos nuestros gustos y preferencias, desde la mesa hasta la cama, desde nuestra estética hasta nuestras convicciones religiosas. En cualquier sociedad civilizada se daba por sentado que esos tabúes eran inextinguibles y que debían respetarse mientras no peligrase la paz social, lo que servía a las mil maravillas para sátiras y tragedias, pues lo prohibido siempre ocasiona transgresiones y en cada transgresión suele pasar algo interesante. Además, como la Historia se harta de demostrar, los grandes disturbios estallan cuando esos prejuicios se pisotean y se obliga a la gente a aceptar lo inaceptable: el Gran Motín indio de 1857, donde los cipayos se sublevaron por tener que usar cartuchos con grasa de cerdo, es una muestra de ello. El prejuicio es una muestra de carácter, una señal de personalidad propia, de ideas particulares, de individuación. Pueden ser perfectamente irracionales y estúpidos, pero eso no impide su validez social, al revés, la confirma. Toda sociedad se cimenta sobre los prejuicios, sin ellos la identidad del grupo desaparecería. No son ni buenos ni malos, son inevitables.

August Ames ni siquiera tenía prejuicios, simplemente velaba por su salud, lo cual nos parece bastante razonable. Y si los tenía, estaba en su derecho, porque es perfectamente legítimo que no nos gusten los gays, los veganos, los ciclistas, los del Atleti o los del Madrid. Los prejuicios sí los tenían sus atacantes, aquellos que la han asesinado by proxy, los cobardes que se han valido del anonimato para hacerle la vida insoportable a una bella actriz. Pero sus acosadores pueden estar tranquilos, ellos dictan los tabúes imperantes en nuestra sociedad; por ser quienes son, no serán castigados o castigadas. Este es un privilegio del que sólo “disfrutan” los heterosexuales varones.

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