El dedo y la llaga

El muy difundido discurso del diputado Toni Cantó en el Congreso ha provocado unas reacciones de verdadero furor en todo el arco parlamentario.

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El muy difundido discurso del diputado Toni Cantó en el Congreso ha provocado unas reacciones de verdadero furor en todo el arco parlamentario; salvo en el caso de los dos diputados navarros de UPN y los de su propio grupo, nadie apoyó una medida que era decente, justa, proporcionada y, sobre todo, necesaria: poner coto de una vez a los desmanes educativos de las autonomías.

Los argumentos en contra eran bastante inanes y torpes, lo habitual en el Congreso, pero lo que a este que suscribe le llamó más la atención fue lo unánime del rechazo –desde el PP hasta los etarras de Bildu y sus camaradas de Podemos, pasando por el PSOE– y la visceralidad de esa oposición. Sin duda, Cantó había puesto el dedo en una llaga muy dolorosa, y por ahí salió bastante pus y no poca bilis.

Cantó tiene varios motivos para ser odiado por sus señorías: no es un leguleyo, habla bien y con brillantez, su carrera profesional al margen de la política es notoria y reconocida... en fin: estamos ante un intruso en un mundo de picapleitos mediocres, burócratas grises y quidams de diverso pelaje, donde se prefiere recibir a excrecencias suburbiales y paletas, como el tal Rufián, o a semicultas delegadas de curso de bachillerato, como Irene Montero, antes que a profesionales de trayectoria acreditada y prestigio consolidado en la sociedad civil, ya sea en la economía, las ciencias o las artes. Si algo caracteriza al régimen del 78, desde su fundación hasta el día de hoy, es una persistente e implacable selección de los peores. Por eso, alguien como Toni Cantó está predestinado a dar el cante, a ejercer de anomalía, de huésped indeseado y aguafiestas. Y si encima tiene la ocurrencia de decir las verdades del barquero, pues apaga y vámonos.

Lo que este atípico diputado demostró con abundancia de ejemplos y sonrojantes muestras no existe oficialmente; desde hace tres decenios nadie quiere reconocer que los nacionalistas manipulan la historia y siembran el odio a España en las aulas. El emperador está en cueros, con el culo al aire, y viene Cantó a decir y probar en la sede de la representación nacional lo que todos los españoles, menos sus señorías, saben. Y, por supuesto, semejante descubrimiento escoció a muchos.

Que la piara de patanes nacionalistas se liara a insultar y a lanzar cortes de manga entra dentro de la lógica y el protocolo antiespañol. Ellos, que tan sensibles son ante los agravios reales o fingidos, no se privan de demostrar una grosería y una mala educación que sonrojaría a una choni poligonera. Si así son los representantes, ¡cómo serán los representados! Pero era previsible que la fauna rufianesca, con la adición del zoo de Podemos, reaccionara como lo hizo; como todos los pasivo-agresivos, esta gentuza guarda un fondo extremadamente violento que, por desgracia, no tardaremos en ver en las calles de Cataluña. ¡Que Dios nos guarde de las eternas víctimas!

 ¿Pero por qué la inquina de los partidos del régimen? En el caso del PP es más que claro: pese a la tan cacareada defensa de la legalidad, sus gobiernos han permitido que los nacionalistas pisotearan durante sus mandatos las normas más esenciales de defensa de los derechos de los alumnos a una educación en los valores constitucionales, que esa “derecha” pretende defender, y a recibir una formación lingüística en español (lo de castellano es una cursilería cateta de los nacionalistas). En el del PSOE, hay que destacar su absoluta complicidad de décadas con los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos a la hora de envenenar los currículos educativos, por lo que no es de extrañar que saltaran chispas en los bancos de la moribunda socialdemocracia española.

En 1977, las derechas españolas, siempre tan listas, se reservaron el poder económico y cedieron la cultura y la educación a las izquierdas, cosa que no era nueva, su origen se remonta a mediados de los años sesenta. A partir de la reforma educativa de los 90 y sus interminables y efímeras versiones, la educación en valores y los parámetros pedagógicos han caído en poder de la extrema izquierda con la anuencia de las autoridades, tanto del PP y del PSOE como de los nacionalismos conservadores. El resultado ha sido el hundimiento de la calidad de la enseñanza, que ha obligado a las universidades a convertirse en una extensión del bachillerato, y a un adoctrinamiento masivo de las masas estudiantiles en el activismo de la izquierda más enragée. El ascenso de Podemos, de Bildu y de la CUP es la consecuencia lógica de esta dejación de funciones a la hora de supervisar qué valores y qué ideas se meten a nuestros hijos en la cabeza. De ahí la ferocidad de los ataques de estas formaciones contra Toni Cantó, ya que la educación catalana no sólo tiene una naturaleza nacionalista y antiespañola; es, sobre todo, el gran laboratorio de la decadencia cultural mundialista y la fábrica de militantes de extrema izquierda de la que han salido, salen y saldrán los millones de rufianes que están acabando con la civilización europea. Al revés que las analfabetas y sórdidas derechas, los rojos sí saben lo que está en juego con la denuncia de Cantó. De ahí su rabia.

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