Sin perdón

Las naciones se defienden también con la fuerza: ¿cómo actuamos los españoles en 1808? ¿Y los rusos en 1941?

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El rumor de que se prepara un pasteleo confederal se extiende como una sombra más en esta situación tan oscura. Sorprende el afán de nuestra plutocracia de no romper el cristalito de la negociación mientras el enemigo destroza toda la vidriera e incendia en pocos días una convivencia de siglos. Estos lacayos de Bruselas –los que mandan los tanques al Báltico, a amenazar a una Rusia que no nos ha hecho nada– son incapaces de defender una parte del territorio nacional frente a unas bandas de gamberros y demagogos a los que un par de tiros al aire dispersaría en segundos. Es decir, que los intereses de la Alianza Atlántica o de las Naciones Unidas priman sobre la supervivencia de España. Los partidos se pelean como si la secesión de Cataluña fuera una trifulca por una concejalía de abastos y nadie, absolutamente nadie, se atreve a decir que la rebelión catalana ya no se arregla ni con el 155 ni con chalaneos de feriante. Como mínimo, habría que aplicar el 116, el estado de sitio; pero con estos políticos y con este parlamento eso es sencillamente imposible, bastante bien librados saldremos si sólo Cataluña se independiza en esta legislatura.

No hay nada que negociar. Los traidores lo saben perfectamente. Es la hora de la fuerza, de desplegar todo el poder del Estado, ejército incluido, que para eso suponemos que se redactó el artículo 8 de esta Constitución cadáver, fetiche inoperante de la charlatanería democrática. Pero no: a los guardias civiles se les echa de los hoteles como si fueran unos morosos o se les acorrala en sus acuartelamientos con la orden de no hacer nada, la mejor medida que se puede tomar para que las hordas de la CUP asalten las instalaciones, linchen a nuestros agentes y se apoderen de sus armas. Y todo eso porque nuestros políticos de pastaflora se espantaron al ver que, en cumplimiento de su misión, las fuerzas del orden repartieron un poco de leña entre la chusma de los traidores, esa gentuza separatista que merece un tratamiento mucho más duro. La política, señores diputados, no consiste sólo en robar y sacarse buenas fotos, también exige carácter, implacabilidad y firmeza cuando las cosas vienen mal dadas. En estas ocasiones tan difíciles es cuando hay que mostrar altura de miras y patriotismo. Lo esencial no se negocia.

 Pero no, en lugar de apoyar al Gobierno, que por muy desastrosa que sea su gestión es el único que puede hacer algo, la izquierda de Podemos se pasa al enemigo y destapa el tarrito de sus fecales esencias: el odio a España y el frente común con los etarras contra las fuerzas del orden. Lo que la Colau ha dicho sobre los defensores de esta triste legalidad retrata a la escoria moral que ensucia el parlamento.

El líder del PSOE ya anticipa que se va a poner de rodillas ante los separatistas y va a ceder lo poco que puede quedar por ceder, que no sabemos lo que será, porque ya no hay nada que entregar, tanto han vaciado el poder de la nación en Cataluña durante estos cuarenta años. Pero nada de esto amedrenta al don nadie que dirige a la difunta socialdemocracia española, el hombre que tiene quinientos sombreros pero ninguna cabeza.

Si nos da miedo romper un par de narices y repartir toda la estopa que sea necesaria sin reparar en medios, Cataluña está perdida. Las naciones se defienden también con la fuerza: ¿cómo actuamos los españoles en 1808? ¿Y los rusos en 1941? Las fuerzas del orden van a ser incapaces de retomar por sí solas el control de Cataluña, y las acciones de la ANC y de la CUP demuestran que no se van a parar, que no piensan obedecer a ninguna autoridad, puede que a estas mismas horas Puigdemont ya sea sólo un rehén de los radicales. Estamos viendo en directo a la canalla separatista acosar, intimidar, chantajear y perseguir con total impunidad y descaro a sus oponentes. ¿De verdad creemos que se puede retomar la situación con sólo buenas palabras? Esta gente sólo conoce un lenguaje, el mismo que impone en las calles que controla. Alguien tendrá que quebrarles los dientes. No hay otra manera de frenar a la bestia.

Lo único que se puede negociar con los traidores es el lugar y la hora de su capitulación incondicional. No hay que perdonar nada a quienes han dirigido este aquelarre, aunque se debe ser más benigno con las masas engañadas y fanatizadas. No puede pasar lo de siempre, que los jefes se vayan de rositas y los subordinados paguen los destrozos. Tampoco debemos pasar sin retribución la cobardía y negligencia del Gobierno ni la abierta traición de Podemos y adláteres. En cuanto al PSOE, él solo se castiga.

Acabo de escuchar el discurso de Felipe VI, una letanía de lugares comunes que nada aclara y a nadie tranquiliza.

Que Dios nos coja confesados. Estamos a un paso del finis Hispaniæ.

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