La casta y sus esclavos

08 de julio de 2015

La tan cacareada casta —en el fondo, la élite política, financiera y alto-funcionarial— circunscribe su manual de instrucciones para dominar parcelas de poder y expolio a ciertos principios que aprende en entornos que le son propios.

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La tan cacareada casta —en el fondo, la élite política, financiera y alto-funcionarial— circunscribe su manual de instrucciones para dominar parcelas de poder y expolio a ciertos principios que aprende en entornos que le son propios. Empiezan en determinados colegios, universidades y escuelas de negocios, y prosiguen en ciertas hermandades, fraternidades, sectas y organizaciones secretistas. De lo que se trata es de alcanzar el Poder a costa de lo que sea, así sea mediante actos delictivos de toda especie.
En consecuencia, dicha casta se cree con el derecho de aplicar una agresividad depredadora contra quienes no son de su grupo. Y así, lo que necesitan o desean lo toman de los demás por la fuerza, las amenazas, la intimidación o siendo más “listos” (especulación, manipulación, control de patentes, materias primas, los Media o cualquier otra palanca); pero siempre manteniendo la imagen de personas respetables preocupadas por los demás y escondiendo sutilmente que emplean este método.
Esta clase de conducta conlleva que el común de los mortales no se encare a esa casta agresiva. Si acaso, lo único que hacen es no tenerla cerca, con lo que se convierten en un grupo pasivo que suplica la atención y la caridad de los más fuertes, aunque sea a costa de no defender los propios y legítimos derechos. Con otras palabras: se convierten en esclavos-alfombra de los de arriba.
Eso sí, y de ahí que haya tantos: la ventaja de ser una persona pasiva, esclavo-alfombra, es que raramente recibes un rechazo directo por parte de los demás. La desventaja es que esos “demás” se aprovechan de ti (¿de qué otra manera podría ser?); y así, una vez percibido tu rol miserable, acabas por acumular una pesada carga de resentimiento, frustración e irritación, y no solo hacia los demás, sino principalmente hacia tí mismo.
Por todo ello, aquí, de lo que se trata es de reaccionar de forma activa, asertiva y valiente, operando sobre la base de un intercambio equitativo de dar y recibir [quid pro quo o win-win]; defender los justos derechos, expresar las opiniones libremente y no permitir que los demás se aprovechen de ellas. Pero sin que ello sea óbice para tener en cuenta la forma de pensar y sentir de los demás: justo hasta la frontera de la violación de la propia dignidad o de la superveniencia (instinto de conservación) de los propios congéneres.
Porque en el fondo, la ventaja de ser asertivo y no fanático, sectario o integrista; lo bueno de enfrentarte inteligente y no sumisamente al enemigo es que la mayoría de las veces puedes obtener lo que quieres sin ocasionar trastornos a los demás. Y, encima, obstaculizas el paso a quienes no actúan con honor y honradez.
¿Jugamos?

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