Bielorrusia en el objetivo

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El implacable cerco de Occidente sobre Rusia no cesa. Tenaz, rutinario, repetitivo, el método que los bonzos de Bruselas ejecutan ya no es original y habrá que ver hasta qué punto es eficaz. De nuevo, en Minsk, “estalla” una revolución de colores llevada a cabo con el mismo método de siempre: deslegitimar unas elecciones que los globalistas han perdido (no se puede tolerar que el pueblo vote lo que no debe), algaradas masivas y, para remate, quejas sobre la brutal represión policial. Nada nuevo bajo el sol. El gobierno de Lukashenko no está bien visto en Moscú y eso abre la posibilidad de un cambio de gobierno como el que tuvo lugar en Armenia en 2018, en el que el nuevo ejecutivo liberal mantuvo la alianza con Rusia, entre otras cosas porque no tenía otra opción estratégica. En principio, Bielorrusia podría ser un caso parecido y no una repetición de lo que pasó en Ucrania en 2014, cuando al presidente legítimo Yanukovich lo derrocó un golpe callejero auspiciado por la Unión Europea y Washington, y donde la OTAN y sus servicios asociados, entre ellos los sicarios de las oenegés, hicieron muy bien su trabajo. Hoy Ucrania es el país más pobre de Europa, con una guerra civil latente y con el peligro de otra externa, pero alineado de manera inequívoca en el frente antirruso que aprieta el dogal estratégico a Moscú. Pura doctrina Brzezinski.

Bielorrusia no es Ucrania. Hay varios factores que pueden alterar el resultado: el primero es que Lukashenko no parece tan cobarde como Yanukovich, que vendió a su país para asegurar su miserable seguridad personal. La reacción del líder bielorruso ha sido firme y se cree que va a plantar cara frente a los disturbios. En segundo lugar, en Washington no hay una administración beligerante y rusófoba, sino aislacionista y pacífica, poco amiga de meterse en camisas de once varas. Es curioso que los apoyos más imprudentes a la revuelta mundialista de  Minsk no han venido de América, sino de Francia, de Alemania y de pequeños gobiernos cipayos de Bruselas, como Eslovaquia y, sobre todo, Lituania, cuya injerencia descaradísima en los asuntos de Bielorrusia debería tener alguna sanción. El tercer factor que puede variar estas previsiones es que ya es de sobra conocida la táctica de estas revoluciones made in Soros. Putin ha demostrado cómo se puede cortar en seco la subversión de la Open Society con los continuos fracasos del agente mundialista Navalny en Moscú.

Pero tampoco Bielorrusia es Armenia: está situada demasiado cerca del corazón de la Rusia europea, a unas horas en coche de Moscú, y hace frontera con la OTAN y su aliada Ucrania. El régimen de Lukashenko no es de fiar para el Kremlin y una sustitución del gobierno en Minsk no sería una noticia demasiado mala para Putin, salvo por los riesgos que supone un régimen liberal en el futuro. La presión de Polonia, Lituania y Ucrania, apadrinados por Bruselas y Washington, sobre un hipotético régimen globalista bielorruso no puede sino inquietar en los núcleos de poder moscovitas, que optarían por lo malo conocido (Lukashenko) antes que por lo peor por conocer. La agresiva actitud de los países de la Unión “Europea”, que ya no sólo es la de Lituania, sino la de Alemania y Francia, sirve para aumentar los temores de los estrategas rusos. Las conversaciones entre Lukashenko y Putin parecen ser la respuesta a la arrogancia “europea”, que es inevitable en una Rusia que en los últimos treinta años ha aprendido a desconfiar de Occidente; por eso se inclina a preferir el mantenimiento del régimen de Minsk. Aunque la solución ideal para Moscú sería un desalojo ordenado de Lukashenko del poder.

Según informa la prensa rusa, la oferta de ayuda de Putin a Lukashenko ha sido total si peligra la seguridad de los dos países; esto es una amenaza nada velada de intervenir militarmente en caso de que los operadores mundialistas derriben el régimen de Lukashenko. En el manual básico de geopolítica que manejan los militares rusos, está muy claro el papel de Bielorrusia como elemento central de la integración eurasiática. Recordemos, además, que la etnia rusa va más allá de la Federación Rusa y que se compone de tres pueblos muy estrechamente emparentados: rusos, ucranianos y bielorrusos. Sólo en el occidente de Ucrania, en la antigua Galitzia, esa homogeneidad étnica y religiosa se rompe. De ahí que se considere a Bielorrusia como parte de la Rusia étnica[1] y que el Kremlin tome cualquier intromisión en ese país como una amenaza directa a su seguridad. De los tres firmantes del Acuerdo de Bielovezha (1991), Minsk y Moscú han permanecido fieles a las aspiraciones a una integración postsoviética; consecuencia lógica de tal visión geopolítica fue el Tratado de la Unión de 1999, que  creaba una suerte de confederación entre los dos estados, aunque la política de Lukashenko ha tendido a relativizar esta alianza. Por el contrario, la estrategia rusa pasa, precisamente, por integrar a Minsk en la Unión Eurasiática (2014), que se está consolidando en los últimos años y que los actuales disturbios ponen en peligro.

Lukaschenko, hasta estas últimas semanas, daba muestras de independencia frente a Moscú y era un aliado nada fiable del Kremlin, con el que tuvo duros enfrentamientos hace muy pocos meses. Había marcado sus distancias respecto a Rusia y coqueteado con Polonia y con los países de la UE, pero las realidades estratégicas de su país no le permiten una política de ruptura como la de los gobiernos ucranianos. Bielorrusia no llega a los diez millones de habitantes, su principal mercado es su enorme vecino y depende de manera absoluta de Moscú en el campo de la energía. Bruselas, en cambio, no tiene nada positivo que ofrecer. Esta realidad es la misma con la que se encontraría cualquier gobierno en Minsk: la dependencia total de Rusia, mercado casi único de sus productos y proveedor esencial de casi todo lo que el país consume. El ejemplo de cómo ha acabado Ucrania debería bastar para refrenar este tipo de malandanzas. Además, la inmensa mayoría de la población bielorrusa es rusófila. Y no sólo por economía: entre los dos países se dan unos lazos de sangre y de afinidad cultural y religiosa muy superiores a los que pueda mantener con las católicas Lituania y Polonia. Por eso mismo, en el cálculo del Kremlin también cuenta el no perder la simpatía de los bielorrusos, lo que podría forzar a Putin a buscar una salida negociada del poder a Lukashenko y sustituirlo por un mandatario más popular. O, por el contrario, de fracasar la política, se podría decidir por integrar a la fuerza a Bielorrusia en una suerte de Federación y evitar más problemas de manera contundente. Pero el objetivo esencial de Rusia es inequívoco: impedir la expansión de Occidente por un territorio esencial para la seguridad de la Federación Rusa.

 

El riesgo es evidente: un golpe mundialista en Minsk provocaría de inmediato una intervención militar: basta para ello con invocar el Tratado de la Unión. Lo sucedido en Crimea sería una anécdota al lado de lo que puede ocasionar un movimiento del Kremlin en Bielorrusia, un país con fronteras directas con los países bálticos, Ucrania y Polonia. Putin no puede retroceder: corre peligro su política eurasiática, esencial para la supervivencia de Rusia, que además ha perdido demasiadas posiciones en los últimos treinta años como para permitirse que la OTAN acampe en Vítebsk. Si los mundialistas quieren mantener su órdago, no quedará otra solución que un enfrentamiento armado. Los analistas europeos lo descartan y dudan de la firmeza de Putin. Cierto que es un hombre pragmático y que puede utilizar otras armas políticas, pero las lecciones de Ucrania están muy presentes entre la élite rusa, que sabe en qué puede desembocar un proceso de apertura. Una mirada al mapa nos hará entender que difícilmente el Kremlin volverá a correr riesgos con sus vecinos. La simple amenaza de una intervención militar rusa debería de servir para llevar a la moderación a cualquier gobierno, pero tanto la OTAN como la Unión “Europea” son agresivamente hostiles a Moscú y no tolerarían el menor entendimiento con Rusia. Lo de siempre: llevamos mucho tiempo agitando el este de Europa y provocando a un coloso militar al que los decadentes europeos deberíamos tratar con más respeto y menos inconciencia.

[1] DUGIN, Aleksandr: Osnovy Geopolitiki (Moscú, 1999), pp. 375-377.

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