En Francia hay debates como éste, ¡oiga!

Lo que valen las civilizaciones…

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¡Menuda se ha armado! En medio de la campaña presidencial, el ministro del Interior soltó una de esas frasecitas destinadas a hace subir los resultados de los sondeos en una opinión exasperada por la presencia islámica: “Las civilizaciones no valen todas igual”, dijo el ministro.

 Como se esperaba, estas palabras han prendido fuego en la poderosa camarilla “cultural”. Sin embargo, el que no estaba en el coro de los indignados era un gran intelectual, George Steiner, autor de una reciente página llena de admiración por la Grecia antigua: “La incandescencia de la creatividad intelectual y poética en Grecia […] en los siglos V y VI antes de Cristo —escribe— sigue siendo algo único en la historia humana. En cierto modo, la vida del espíritu no ha sido después más que una copiosa nota a pie de página. [...] Lo ‘políticamente correcto’ que prevalece hoy, junto con los remordimientos del poscolonialismo, hace que incluso sea difícil plantearse las preguntas pertinentes, preguntarse por qué esa maravilla incandescente que es el pensamiento puro no se ha impuesto en casi ningún otro lugar del mundo (¿qué teorema nos ha llegado de África?) ”.
 
Esta creatividad excepcional es lo que los europeos han heredado. Y esta herencia ha sido la base de su civilización, tan deteriorada hoy, pero con la posibilidad, siempre presente, de verla renacer como ya varias veces ha renacido en el curso de su muy larga historia. Tal era la esperanza que se me ocurría al leer el libro que acaba de publicar Paul-François Paoli, Pour en finir avec l’idéologie antiraciste [Para acabar con la ideología antirracista]. Cronista en el Figaro littéraire, y autor de varios ensayos, Paoli también cita, por lo demás, el extracto del libro de George Steiner al que me acabo de referir.
 
En su muy completo e inteligente análisis de la ideología antirracista, Paul-François Paoli está muy bien acompañado, pues aporta una contribución original a las reflexiones efectuadas por Alain Finkielkraut, Renaud Camus, Richard Millet y otros temerarios espadachines. Desarrolla un notable y muy completo análisis de las causas intelectuales e históricas que, a lo largo de los siglos, han hecho de Francia la nación europea más desarraigada, antes de convertirse en la tierra prometida del universalismo y luego del antirracismo: «Hija predilecta de la Iglesia, y luego hija autoproclamada de la Razón con Descartes, y por último país de la Ilustración y de la gran Revolución, cada vez se ha superpuesto al pueblo francés un principio que sería como su alma y emblema. Es el famoso discurso sobre los “valores universales”».
 
Los franceses son sin duda, junto con los americanos, los únicos que en todo el mundo creen que un país y un principio son cosas identificables. Si lo creen es porque se les ha enseñado y repetido en todos los tonos posibles y generación tras generación, hasta el punto de que ello ha quedado inscrito en sus “representaciones”. Ahora bien, constata Paoli, a raíz de la descolonización, se ha ido descomponiendo el gran relato que los franceses habían contado al mundo desde hacía varios siglos. El país de Descartes y de la Razón, cuna de la Ilustración, se imaginaba que estaba destinado a ser la nación exportadora de los ideales universalistas de libertad, igualdad y fraternidad. Este gran relato —destaca Paoli— alcanzó su apogeo durante la Exposición Colonial de 1931. Terriblemente debilitada por el gran baño de sangre de 1914-18, la antigua Gran Nación se vio reflejada a sí misma, por última vez, en el espectáculo de sus colonias. Después de ello, el hundimiento de 1940, la derrota de Diên Biên Fu y la pérdida de Argelia marcaron el fin de tal ilusión.
 
Y, sin embargo, “seguimos imaginándonos que tenemos un ‘mensaje’ que entregar a la humanidad, desde Mayotte hasta Afganistán, pasando por Libia”. No hemos comprendido que el proyecto utópico de unificación de la humanidad, surgido del mensaje cristiano y de la Revolución francesa, ya no interesa a nadie: ni a chinos ni a los musulmanes. Después del fin de la guerra de Argelia, lo que subsistía de tales ideales ha servido de caldo de cultivo para la ideología antirracista, instrumento de la “gran sustitución” descrita por Renaud Camus. Con extraña valentía, Michèle Tribalat, directora del Instituto Nacional de Estrdios Demográficos, ha descrito desde dentro la lógica del sistema: “Poco cuenta la realidad, la puesta en evidencia de los hechos. […] Trabajar sobre la inmigración es partir en misión contra quienes piensan mal. […]”. Así sucedía en el sistema soviético antes de que se hundiera de pronto. La realidad del socialismo no podía ser lo que todo el mundo estaba observando. La percepción de las víctimas era falsa y reaccionaria. Ya sabemos lo que sucedió con este tejemaneje después de 1989.

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