Contra la muerte de la Tierra y del espíritu

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La destrucción del entorno es un paso fundamental para la destrucción de una cultura. Aún antes de tener conciencia plena de la palabra, recibimos de nuestro entorno vivencias que quizá permanezcan inalterables en nosotros para siempre.

Caminar con el abuelo por un bosque, encender un fuego para calentarnos, sentir que el lugar está vivo porque nuestra relación con él lo mantiene con vida, es algo que no existirá en un medio sin cultura, igualado a cualquier otro lugar del mundo creado por las estructuras económicas repetidas hasta el infinito, del mismo modo en casi todos los lugares de la tierra.
 
Hablaba hoy mismo con un amigo del vaciamiento de los pueblos rurales de España. Yo le decía que el campo argentino es una inmensa alfombra de soja transgénica, donde los pesticidas van y vienen, y donde todo lo que dio contenido a una cultura se va borrando.
 
Todo es parte de lo mismo. La cultura profunda de España está en los pueblos, del mismo modo que la cultura argentina. Pero los pueblos que una vez estuvieron habitados van perdiendo población y quedan como un amargo testimonio de un pasado de belleza y creaciones culturales.
 
El entorno imprime en nosotros en forma directa, espiritual, la forma de nuestra cultura. Allí está la formación básica del hombre, del niño que no lee todavía, pero que ya siente y presiente un universo propio, peculiar, identitario. La arquitectura, la naturaleza que lo envuelve, el tono de voz de sus padres y abuelos, hasta la forma de desplazarse por una geografía, son el sello primordial y característico que el entorno nos imprime. Perdido eso, el mismo idioma ya tiene otro sentido. Diríase que sin esa base el idioma mismo cae en el vacío. Porque: ¿Se puede nombrar aquello que ha perdido su sentido? ¿Se puede utilizar el idioma para nombrar el no ser de algo?
Acaso toda nuestra vida sea sólo repetir de distintas formas y con distintos resultados, aquellos nombres que supimos desde antes de poseer todo el idioma.
 
Al dolerme los pueblos de España sé, percibo, reconozco, la antigua idea de madre patria. Padres nuestros fueron todos aquellos pueblos de la montaña española y de la llanura argentina. Al final de todo imperio y de toda independencia, no queda más que una patria perdida. Una patria espiritual, una patria cultural anterior por milenios, esa que cuando nos duele representa algo primordial, algo único e irrepetible. Un lugar que aguardaba nuestro mismo nacimiento para ser con él una sola vida. Vida creada y conservada por una línea cultural ininterrumpida. Esa vida que ahora mismo languidece, que muy difícilmente podemos traspasar a nuestros hijos porque pertenece a un entorno lejano, inalcanzable casi. El misterio de un conocimiento y una identidad recibidas con la felicidad de formar parte de rito milenario, sencillo, puro, directo, como el de un padre o un abuelo que atraviesan un bosque con un niño, mientras miles de hilos de luz sostienen en el tiempo y en el espacio las coordenadas precisas de la vida, de la identidad, de la cultura, de la belleza, de todo aquello que nos hace ser algo y alguien que valga la pena ser.

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