A vueltas con el espacio público (y la seguridad privada)

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La ideología de la no represión, de que todo está permitido, trabaja por supuesto a favor de la pérdida del espacio público. La soberanía de una nación implica lógicamente la represión de aquello que las leyes no permiten. Pero ¿qué pasa cuando las leyes permiten todo? Pues dos cosas: por un lado las calles quedan vacías, salvo en los momentos y lugares precisos por los cuales se puede transitar, y por otro lado se produce la libre compraventa de seguridad, su privatización.

Las personas que pueden considerarse con una existencia social visible, van en auto y en general cada vez más tienden a aglutinarse en zonas precisas o en barrios cerrados. Eso por supuesto cuesta un dinero. Así se desvinculan del resto de la sociedad, de la que poco les importa. Con unas pretensiones mayores, el proceso se traslada a zonas económicas más grandes, y se le da entonces el nombre de autonomías, escudándose en afinidades raciales, históricas o culturales, que en realidad no tienen ya otro contenido que la clase social, el placer de vivir con los que, como “tenemos y consumimos” juntos, somos mejores que los demás. Más allá de nosotros está la marginalidad, pero siempre a raya, porque para eso pagamos. Los unos no son mejores que los otros, es una cuestión de dinero.
 
Lo que queda de sano en la sociedad, los trabajadores, las personas que conservan un contenido comunitario, una cultura y una disciplina que va más allá de cuanto tenemos o cuánto podemos robar hoy, se debaten en medio de esta amarga dialéctica. También es cierto que estos han perdido por completo su consciencia política.
 
Entre la libertad descontrolada y la seguridad sólo para quienes la pueden comprar, tiene que haber algo. Les recomiendo a todos que pongan atención a lo que está ocurriendo en la localidad argentina de Bariloche, donde se ha desatado una suerte de guerrilla urbana por la muerte de tres jóvenes a manos de la policía, y hoy se ha desarrollado una marcha de varios miles de ciudadanos a favor de la policía.
 
Los políticos no existen, los jueces se lavan las manos, la policía es en algunos casos la última frontera antes de la anarquía. No digo que sea mejor o peor, en última instancia es parte del mismo sistema, pero por algo tantas personas piden que siga siendo lo que una vez fue: LA PRESENCIA DEL ESTADO EN LAS CALLES. Luego están las leyes que se aplican, que las hace el poder político y la anarquía de la anomia, porque mucha gente progresista piensa y dice que el delito es justicia social, vale decir: la forma como los pobres hacen justicia social por sí mismos. Una curiosa forma de revolución superadora del marxismo y que recae, en definitiva, en todos aquellos que no pueden comprar la suficiente cantidad de seguridad privada, que no son los políticos precisamente, porque si algo no son los delincuentes es estúpidos, y en general atacan donde hay cierta debilidad o imposibilidad de defenderse.
 
La naturaleza del desorden al que asistimos, es propia del progresismo. Más libertad individual a quien más dinero tenga para solventarla. Y el que no tenga dinero también tiene libertad… de delinquir. Y así todo cierra: son felices los que tienen y son felices los que no tienen. Unos compran, otros delinquen. En definitiva, la sabiduría del sistema consiste en darle a cada uno la libertad que necesita según sus necesidades. Y el que tenga otras necesidades, ese es sólo un reaccionario, un fascista, un enemigo de la humanidad.

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