Porque "la calavera desnuda muestra una risa perpetua"

Día de Muertos en México: la sonrisa ante la fatalidad

A diferencia de la solemnidad con la que se recuerda a los difuntos en Europa y en los demás países donde predomina el cristianismo como matriz axiológica y moral, en México el Día de Muertos ha asumido una dimensión ontológica fundamental. Ser mexicano es burlarse de la muerte, reírse de ella.

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La celebración de Día de Muertos en México tiene un carácter sincrético: ha amalgamado las creencias y la cosmovisión de los antiguos mexicanos con el sentido redentor y escatológico de la fe católica. Coexisten junto a ofrendas y altares que se levantan en casas, en espacios públicos, en panteones y en templos, estampas, devociones y figuras de santos. A diferencia de la solemnidad con la que se recuerda a los difuntos en Europa y en los demás países donde predomina el cristianismo como matriz axiológica y moral, en México el Día de Muertos ha asumido una dimensión ontológica fundamental. Ser mexicano es burlarse de la muerte, reírse de ella; después de todo, pasado el tiempo, cuando la corrosión natural, las bacterias y los gusanos, cumpliendo su labor, hacen que desaparezcan las entrañas, la piel y la carne, la calavera desnuda muestra una risa perpetua… Tal vez por eso los antiguos mexicanos veían la personificación de la muerte como una risa que supera la condición terrenal del hoy aquí.

A cualquier europeo le sorprende el colorido folklore que rodea la devoción en la festividad de los muertos. En lugares como Mixquic o en el lago de Pátzcuaro, el resplandor de cientos de velas parece conjurar el temor de estar con la muerte… Los panteones mexicanos son auténticas romerías esos días: familias enteras suelen visitar el 1 y 2 de noviembre a sus familiares y amigos muertos. Muchos llevan comida y comparten el platillo preferido del difunto con los parientes vivos, bajo la creencia de que el alma que se escindió de su cuerpo deambula en ese espacio que abre un intersticio fantasmal en tal fecha. Recuerdo a amigos a quienes sus padres regañaban por no querer ir a tan escatológico festín, y que esgrimían todavía la autoridad del occiso e incluso su etérea presencia para persuadirlos de que los reprendería si no fuesen: “Debes venir, si no tu abuelito se va a salir de su tumba y va a venir a jalarte las patas en la noche”. Son días en que se consume mucho alcohol; los panteones huelen a tequila, cerveza, pulque (una bebida viscosa y blanca fermentada a partir de la planta de maguey) y ron. En muchos casos llevan grabadoras y reproductores de CD’s para escuchar las canciones que los muertos gustaban oír o cantar; también es común ver mariachis y grupos de música de todo tipo: tríos, conjuntos de música tropical, marimbas, música norteña y de banda… Todo es un jolgorio que a veces finaliza con penosos espectáculos de peleas o de llanto desaforado sobre las tumbas… Es también uno de los pocos días en que la hierba y la maleza que crece desordenada es podada y cortada, mientras las lápidas y las cruces lucen limpias y brillantes…

Pero la conmemoración no se ciñe al camposanto. En las casas también se ponen ofrendas y altares, así como fotografías de “los que se nos adelantaron”. En la noche no puede faltar el “pan de muerto”, pan dulce y con azúcar con dibujos que semejan huesos y cráneos… El mexicano gusta de comerse a la muerte, en forma de pan o en sus variedades de dulce cristalizado o de chocolate en forma de calavera… Además, en México se diferencia el día 1.° de noviembre, dedicado a “los pequeños difuntos” (los niños y recién nacidos), del día 2, que es para todos los demás.
 
Las ofrendas y los altares recuerdan más bien a los rituales prehispánicos que se han fundido con las devociones y con la escatología católica. Así, los familiares rezan el rosario entre la nube del sahumerio que produce el incienso quemado en un anafre.
 
A estas devociones se han sumado tardíamente otras costumbres: en México se representan cada año ―por estas fechas y desde el siglo XIX― varios montajes del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, obra que se caracteriza por ser una depuración y una expiación de los excesos carnales y lúdicos, y cuyos personajes centrales (Don Juan y Doña Inés) mueren y son redimidos por el arrepentimiento y el amor.
 
Otro rasgo del Día de Muertos mexicano es la costumbre de escribir “calaveritas”, o sea, versos rimados en donde la cercanía de la muerte es objeto de burla y escarnio. Aunque su métrica original era la décima, la “calaverita” ha cobrado un verdadero arraigo popular en cuartetas (las oficinas, las escuelas, los programas de radio y televisión tienen su propio espacio para que se lean o se escuchen) donde lo más importante es el genio y el humor que prevalece sobre la precisión silábica. También a fines del siglo XIX, y sobre todo con el furor rebelde de la revolución de 1910, la labor gráfica del dibujante y grabador José Guadalupe  Posada (1852.1913) contribuyó a la personificación de la Muerte como mujer elegante y bien vestida: “La Catrina”. Un ejemplo de “calaverita” sería: “Javier sonríe al ver las fosas / repletas de mala caligrafía / y a Zapatero sobre su losa: / ahogado en su mala ortografía”.
 
La piedra de toque de una cosmovisión es su sentido de la muerte. Es la manera en que, por contraste, conocemos su concepción de la vida, su vinculación con el cosmos y con el orden sagrado. La muerte puede esconder la finalidad terrena del hombre, cuando es incapaz de superar el orden profano, o bien puede revelar su plenitud cósmica y ultraterrena, su filiación divina, su redención ante la naturaleza caída e imperfecta, o la derrota y la postración absoluta si no se conquista un plano ontológico superior y diverso al de la conciencia ordinaria, o bien si se encadena a la imperfección ética o a la insignificancia moral. El problema, complejo por sus implicaciones existenciales y simbólicas, puede sintetizarse en la trascendencia del ser encarnado en el hombre. Podría inferirse que el mexicano se ríe de la muerte para encontrarle familiaridad. Pero creo que es una risa que ha petrificado el tiempo. Bien podría ser una estentórea carcajada fósil para aceptar con resignación la fatalidad y, en la hora presente, evadir las cíclicas crisis existenciales, pues la muerte profana y materialista es inherente a la modernidad desespiritualizada y ordinaria del supracapitalismo y a su fatuidad cósmica y tetanizante.

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