El águila bicéfala de la santa Rusia

22 de abril de 2008

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A la Condesa Leddynskaïa
 
El inmenso Imperio Ruso tuvo sus orígenes en la gran expansión vikinga del siglo IX, cuando el legendario Rurik y sus Varegos (nombre eslavo para designar a los normandos u “hombres del Norte”), provenientes del Báltico y del lago Ladoga, establecieron el principado de Nóvgorod. Oleg, sucesor de Rurik y de existencia documentada por fuentes bizantinas, conquistó Smolensk y Kiev. Esta última ciudad, arrebatada a los jázaros, fue el núcleo de la Rus de Kiev, estado cristianizado en 988 con el bautizo de San Vladimir y que floreció durante un par de siglos hasta el XI, en el que experimentó la decadencia, debido a los conflictos entre los distintos principados que lo componían.
 
De entre éstos el de Vladimir y Súzdal, impulsado por Monómaco, fue con mucho el más prestigioso. Uno de sus príncipes, Alejandro Nevsky (inmortalizado por Prokofiev y Eisenstein), que también lo era de Novgorod y Kiev, hizo frente con éxito a los suecos y a los Caballeros Teutónicos. Sus victorias contra éstos y la paz concluida con la Horda de Oro mongólica (que entonces dominaba las vastas estepas del Asia Central) contribuyeron decisivamente a la consolidación de la futura Rusia. Uno de sus sucesores, Iván I Kalitá, fue el que impulsó definitivamente el pequeño principado de Moscú, conocido como Gran Ducado de Moscovia. En tiempos de uno de sus sucesores, Iván III (†1505), Rusia se constituyó definitivamente como estado independiente, tanto de los polono-lituanos como de los mongoles, a quienes habían tributado hasta entonces los príncipes de Vladimir y Moscú.
 
Iván III fue el primero en llamarse Gran Duque de Todas las Rusias. Se casó en segundas nupcias con la princesa Sofía Paleólogo. Era ésta sobrina del último basileus Constantino XI, que había muerto en la defensa de Constantinopla contra los turcos selyúcidas en aquel fatídico 29 de mayo de 1453. Su padre era Tomás Paleólogo, déspota de la Morea, convertido al catolicismo romano durante el Concilio de Florencia. El Papa había ofrecido la mano de esta princesa a Iván con la esperanza de incorporar el Gran Ducado de Moscovia a la Iglesia, pero una vez celebrada la boda, el príncipe hizo pasar a su esposa a la ortodoxia con el nombre de Zoé y proclamó a Moscú la tercera Roma, sucesora de la sede constantinopolitana, es decir: creaba un cisma dentro del cisma. Este es el origen del cesaropapismo eslavo, que tan importante papel iba a desempeñar en la formación de la idiosincrasia rusa.
 
El primero que se llamó “zar”
 
A Iván III le sucedió no la posteridad de su primera esposa, sino el hijo de Zoé, Basilio III, el primero en llamarse zar reclamando la herencia del Imperio Bizantino por su madre. El origen de esta denominación es discutido. La más común es que se trata de una contracción de “césar” por alusión a la Roma imperial y como entronque con ella. Algunos autores (entre ellos el marqués de Custine, autor de un célebre libro sobre Rusia) creen, sin embargo que “zar” proviene de la desinencia asiria “sar” presente en los nombres de ciertos reyes asirios (Teglatfalasar, Nabopalasar, Baltasar) y que significa “dominador”.
 
Hijo y sucesor del zar Basilio III fue el celebérrimo Iván IV el Terrible (también inmortalizado por Eisenstein), que aplastó la conspiración de los boyardos (la alta nobleza rusa) y estableció el primer régimen policíaco de la Historia moderna mediante la Opritchnina (inaugurando en Rusia una tradición a la que harían siniestro honor la NKVD y la KGB). Habiendo matado a su hijo preferido Iván, fue el hermano de éste quien le sucedió como Fedor (Teodoro) I el Campanero, bajo la regencia de su cuñado Boris Godunov, que, a su muerte, usurpó el trono e hizo matar a Demetrio, otro hijo de Iván el Terrible (con lo que llegó a su fin la larga línea de los Ruríkidas o descendientes de Rurik el Varego). Al morir Boris, dejó el cetro a su hijo Fedor II, pero lo empuñó por poco tiempo, iniciándose a su muerte –por envenenamiento– el período de los grandes desórdenes (1605-1613), durante el que aparecieron varios falsos Demetrios, que reclamaban el trono haciéndose pasar por el asesinado hijo de Iván IV y en el que Rusia llegó a caer bajo la dominación polaca.
 
Puso fin a este turbulento lapso Miguel III, el primero de los Romanov, hijo del patriarca Filareto, emparentado con Anastasia Romanova, esposa de Iván el Terrible, y perteneciente a una antigua familia lituana establecida en Rusia en el siglo XIV. Miguel fue llamado a reinar por la Zemski Sobor, especie de estados generales de Rusia. Su sucesor Alejo Mijáilovitch dejó el trono a sus dos hijos varones, Iván V y Pedro I, como co-zares bajo la regencia de su hija, la inteligente Sofía Alexeyevna. Los descendientes de ambos hermanos se turnaron en el trono (y se lo disputaron) a todo lo largo del siglo XVIII, que fue indiscutiblemente la centuria de las zarinas, a comenzar por Catalina I, que sucedió a su esposo Pedro el Grande en 1725. Por cierto, este implacable reformador (que occidentalizó a Rusia a golpe de ukases y domeñó las marismas del Neva para elevar su nueva capital San Petersburgo), asumió en 1721 el título de Emperador, por lo que es impropio llamar zares a los soberanos rusos que gobernaron posteriormente a esa fecha (el título propio consagrado por la constitución de 1906 era “Emperador y Autócrata de Todas las Rusias”).
 
Los Romanov se extinguieron en 1763, al morir Isabel Petrovna, la astuta y lúbrica hija de Pedro el Grande. Subió entonces al trono Pedro III, hijo de su hermana Ana Petrovna y de Carlos Federico de Holstein-Gottorp, a quien su tía había casado con Sofía de Anhalt-Zerbst, rusificada como Catalina Alexeyevna (y que reinaría sola tras una revolución de palacio como Catalina II la Grande). De esta pareja –absolutamente dispareja– provienen los Holstein-Gottorp-Romanov, príncipes de sangre completamente alemana, que sucesivos matrimonios con princesas teutonas germanizaron aún más si cabe (aunque la lengua y la cultura fueran francesas).
 
Del último zar al exilio
 
No obstante, Nicolás II, el último emperador reinante de la dinastía, fue sinceramente ruso, comportándose como un auténtico batushka o “padrecito” de su pueblo en la mejor tradición de la Santa Rusia (Svyata Rus’). Fue, a la verdad, el polo opuesto de su antecesor Pedro el Grande. En 1913 se celebró con toda pompa y circunstancia el tercer centenario de la llegada al trono de los Romanov, canto de cisne de la dinastía. Sólo cuatro años más tarde, la Revolución destronaba a Nicolás y en 1918 los bolcheviques se dedicaban a exterminar a su extensa familia. Sólo se salvaron los que habían partido previamente al exilio o lograron escapar después de inauditas vicisitudes. Del número de estos últimos fue el gran duque Cirilo Vladimirovitch, nieto de Alejandro II.
 
La conducta ambigua de este Romanov –el más próximo pariente del último emperador– en los comienzos de la Revolución, de la que escapó precipitadamente antes de la subida al poder de los bolcheviques, motivó el rechazo que le opusieron varios de sus primos (que invocaban la intervención de la Zemsky Sobor) cuando reivindicó los derechos dinásticos imperiales, que pudo sostener gracias al apoyo de un sólido grupo de monárquicos emigrados (los Mladorossi) y en los que le sucedió su único hijo Vladimir Kirilovitch, nacido de su matrimonio con la princesa británica Victoria Melita de Sajonia-Coburgo y Gotha. Casado con Leonida Bagration-Moukhranski, perteneciente a una antigua familia soberana de Georgia, fue padre de María Vladimirovna, que, una vez disipadas todas las dudas acerca de la supuesta existencia de presuntos sobrevivientes de la masacre de Ekaterimburgo, es la actual pretendiente a la corona de Monómaco.
 
Fiel a la tradición de los Romanov, la gran duquesa se casó con un príncipe alemán, Francisco Guillermo de Prusia, de quien tuvo al gran duque Jorge Mijailovitch antes de divorciarse. Los Romanov refractarios al reconocimiento de su prima como Jefe de la Casa Imperial aducen –además de la conducta de su abuelo– su nacimiento de matrimonio morganático al negarle a la gran duquesa Leonida el carácter de princesa de casa soberana (dado que los antiguos reyes de Georgia pasaron a principios del siglo XIX a ser vasallos del emperador ruso). En el caso hipotético de que llegara a reinar, la gran duquesa María Vladimirovna contaría con el respaldo de la experiencia definitivamente positiva de las mujeres sobre el trono, aquellas a las que Henri Troyat llamó “terribles zarinas”.
 
La monarquía rusa (con todo y su autocracia) evoca, junto con la austro-húngara, tiempos –desgraciadamente idos– de esplendor y de bohemia, con sus fastuosas y principescas recepciones en medio del hielo y sus melancólicos grandes duques y grandes duquesas vagando con desigual fortuna por Europa y América. La emigración rusa dio el tono a París en los años veinte y treinta y creó todo un estilo de vida en la Costa Azul, haciendo de Niza su capital moral. Diaghilev impulsaba la renovación de todas las Artes con sus ballets rusos.  Reliquias vivientes como el príncipe Yusupoff (el matador de Rasputín) y su mujer la princesa Irina (sobrina de Nicolás II) –generosos benefactores a quienes tantos rusos expatriados de toda condición debieron una nueva vida en el exilio– daban aún en los años Sesenta lustre con su presencia a las soirées parisiennes, antes de que mayo del 68 viniera a estropearlo todo.

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