De Rosas y Franco

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La damnatio memoriæ, la proscripción del recuerdo de un dirigente, no es nada nuevo; se empezó a conocer en Egipto, pasó por todas las culturas de Oriente, paró en Roma, de donde tomó su lapidario nombre latino, y acabó por arraigar en el Occidente moderno, donde España se está labrando una triste fama a la hora de mentir y esconder su pasado con fines bastardos, es decir, políticos. Indudablemente, todos los regímenes se justifican gracias a su antecesor, al que no vacilan nunca en enterrar bajo miles de cubos de basura. Hasta el año 2004, esto se limitaba entre nuestros oligarcas a hablar de la herencia recibida (y por ellos dilapidada en beneficio propio) y a producir películas que mentían a conciencia sobre la guerra del 36, pero que no pasaban de ser eso, películas. En realidad, Franco estaba olvidado en el desván de la memoria nacional, en el baúl de los recuerdos del tiempo de nuestros abuelos y de nuestra infancia alegre y confiada. De vez en cuando, algún botarate como el cipayo Aznar, agitaba el espectro de don Manuel Azaña o hasta el del conde de Romanones, pero el pasado pasado estaba y las condenas del franquismo del PP eran mero oportunismo electoral, sin mayores consecuencias que la de mostrar su creciente desvergüenza y un afán por escupir sobre la tumba de los propios padres digno de un tratado psicoanalítico.

La llegada de Zapatero al poder implicó un cambio radical en la concepción de nuestra historia, que empezó a ser un arma arrojadiza y a utilizarse con especial desfachatez por el PSOE, partido tan culpable o más que los militares alzados de la guerra del 36 y de la ruina de la República, el cual cometió todo tipo de asesinatos, robos y matanzas durante su nefasto predominio en la zona roja.

No hay ninguna organización política española que presente una historia criminal como la del PSOE.

No hay ninguna organización política española que presente una historia criminal como la del PSOE; el único grupo de facinerosos que se le parece es la Esquerra catalana. Zapatero pensó que revolver viejos odios era una estupenda manera de movilizar a las izquierdas, deslegitimar a las derechas y controlar la mentalidad de los españoles. Aunque de intelecto limitado y mediocre desempeño —o quizá por eso mismo—, el actual palanganero de Maduro acertó en su apuesta. La derecha fue tan cobarde que ni siquiera tras obtener la mayoría absoluta en 2011 se atrevió a abolir una ley infame, injusta, cainita y difamatoria, como lo es la de la Memoria llamada "Histórica". Esto le ha permitido al gobierno del doctor Sánchez —otra lumbrera— animarse a la profanación de la tumba del Caudillo y perpetrar una reforma de la ley de Zapatero que no sólo es manifiestamente anticonstitucional, sino que además resultará inútil.

Me explico: esto que ahora padecemos en España se conoció hace siglo y medio en Argentina. Después de la nefasta jornada de Caseros (1852), Juan Manuel de Rosas, el dictador que fundó la patria argentina y puso orden en el caos que siguió a la independencia, tomó el camino del exilio inglés, donde moriría. Los unitarios vencedores iniciaron una campaña de proscripción de su memoria y de mentiras oficiales sobre el período federal argentino que culminó con el Facundo de Sarmiento, caricatura ahistórica que hasta el día de hoy es lo único que conocemos los españoles sobre esa época.

Rosas, en realidad, fue el último español de La Plata, nacido en el seno de una familia aristocrática de raigambre cántabra y distinguida por sus servicios a la Corona. Destacó también como un gran estanciero que sacó el máximo partido a sus posesiones, disciplinó a los gauchos y los acabó alistando al servicio de lo que iba a ser un nuevo Estado, al que Rosas enseñó el orden y la disciplina. Durante los más de veinte años de su mandato (1829-1832 y 1835-1852), fue popular entre los negros y los pobres, defendió la tradición católica, fundó nuevas ciudades e hizo de las provincias del Río de la Plata un Estado digno de tal nombre y respetado internacionalmente. Su Ley de Aduana de 1835 garantizó la independencia económica argentina, la defensa de la industria nacional y la prosperidad de las provincias del interior. Excelente y minucioso administrador, Rosas evitó el endeudamiento externo y sólo pagó una parte de la deuda contraída por el anglófilo Rivadavia. Además, trajo emigrantes irlandeses y vascos al país. Fue uno de esos grandes americanos del siglo XIX contra los que se confabularon oscuros poderes y que pudieron haber cambiado la historia de la América española en un sentido más nacional y acorde con los criterios de la independencia, la tradición y la dignidad, como Gabriel García Moreno en Ecuador o Francisco Solano López en Paraguay. 

Derrotado en Caseros en 1852, Rosas marchó al exilio y ya no volvería a Argentina. Sus enemigos unitarios, que necesitaron de un federal —Urquiza— para vencerlo, persiguieron a sus partidarios y montaron un juicio-farsa a Rosas al estilo del que aquí quiso organizar el juez prevaricador Garzón a Franco, difunto treinta años antes. La derrota de Rosas presenta un enorme parecido con la del carlismo en nuestro siglo XIX, tanto por las consecuencias reales como por su imagen histórica. Las dos Santas Causas fueron atacadas por el capital internacional y sus sicarios locales: Mendizábal y Espartero fueron a España lo que Mitre y Sarmiento a la Argentina. Oligarquías de comisionistas a sueldo de Londres (en Buenos Aires) y de París (en Madrid) se reparten la riqueza nacional e inician una política de absoluta sumisión al extranjero que incluye, por supuesto, la aculturación y el desprecio de la vieja tradición católica y rural española, que al otro lado del Atlántico halló una espléndida memoria poética en el Martín Fierro, testimonio de la Argentina que quiso matar Sarmiento. En ambas orillas del océano se renegaba de lo que se era y se buscaba la asimilación con lo foráneo mediante el desprecio, el olvido y la execración de la raíz hispana. Tanto Argentina como España eran los restos a la deriva del naufragio de la Hispanidad, de aquel Orbe Indiano que formó una civilización propia y que, pese a nosotros mismos, aún existe y sobrevive a los intentos que hacen las oligarquías en el poder por destrozarla.

Durante un siglo, Rosas fue el gran villano de la historia argentina, el enemigo del progreso, de la ilustración y de la libertad, el líder de la siniestra Mazorca y el monstruo que ejecutó a Camila O’Gorman. Mitre y sus secuaces parecían haber afirmado eso que los sicarios de la memoria histórica denominan consenso de los historiadores. Sin embargo, Dios escribe recto con renglones torcidos: Adolfo Saldías, un joven masón protegido de Mitre, estudia los papeles de Rosas con el fin de escribir una historia que condene al viejo caudillo federal. Sin embargo, Saldías es, ante todo, historiador: reconoce las virtudes del caudillo proscrito y acaba por escribir una Historia de la Confederación Argentina en 1881 que le vale el anatema de Mitre, el silencio de la academia, el desprecio de la intelectualidad y la muerte civil. Este era el alto precio que se debía pagar por escribir una historia diferente de la oficial en la Argentina liberal y progresista de finales del XIX. Pese a todo, y como pasa ahora en España, el libro se vendió muy bien y acabó por ser un clásico de la historia nacional. Con Saldías se inició una serie de estudios que mostraban la obra de Rosas bajo una luz no maniquea y que, por eso, inevitablemente favorecían a un personaje que la historia del régimen demonizaba. En 1930, la biografía de Carlos Ibarguren reivindicará definitivamente a Rosas sin que ya sean efectivas la muerte civil y el silencio de los medios cultos; más que nada porque el régimen que comenzó en Caseros agonizaba y se preparaba ya el camino a la revolución peronista, que cambiaría para siempre la mentalidad argentina y resucitaría en Juan Domingo Perón el espíritu de Rosas. A estos estudios hay que añadir los imprescindibles de Julio Irazusta y Antonio Caponnetto, que hacen del caudillo federal la referencia básica del nacionalismo argentino.

Durante el siglo XX la figura de Rosas no dejó de crecer y la culminación de esa rehabilitación póstuma llegó en octubre de 1989, con el retorno de su cuerpo a la Argentina y su entierro multitudinario en el Buenos Aires que gobernó durante veinte años. Pese a las prohibiciones, el silencio y el desprecio de la Academia, esa puta, los revisionistas ganaron la batalla. Que tomen nota los que quieren desenterrar a Franco.     

A MODO DE POSTDATA: En la catedral de Trieste, enterrados en tierra extraña, se encuentran los restos de los reyes legítimos de España: Carlos V, Carlos VI y Carlos VII; Don Alfonso Carlos reposa en Puchheim. ¿Cuándo serán inhumados nuestros verdaderos reyes en El Escorial con los honores que se les deben? ¿No es hora ya de reponerlos en la dignidad que les escamoteó la rama usurpadora?

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