A por todas y a por todo

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Nunca ha tenido ni va a tener ocasión igual este gobierno híbrido de largocaballerismo y stalinismo. Y anda en no desperdiciarla, vista la desunión de la oposición, el enjaulamiento de la población como no había imaginado ni en sus más tiranos sueños, y el vomitivo servilismo de casi todos los medios de comunicación, incluidos los de grandes grupos mediáticos que, paradójicamente, serían fagocitados por el basilisco totalitario si se cumplieran las perspectivas políticas que ahora se pergeñan.

Un enervante cortoplacismo hace titubear a la oposición entre la colaboración y una resignación humillante, de lo cual sólo Vox se salva, sacrificando su imagen, despedazada sin piedad por un gobierno y unos medios que como se sabe, no dudan de moverse entre el más grosero insulto y la calumnia más bellaca, pasando, por supuesto, por el silencio, por aquello que Cernuda señalaba como “…el viento del olvido, que cuando sopla, mata”. No nos es dado saber si a la larga, en esta muy desigual batalla, Vox se hundirá o se alzará, pero es seguro que ante la chulería, la trapacería, la absoluta protervia de este gobierno de hienas —machos, hembras y demás— tan codiciosas como incultas, no cabe sino esa postura de dignidad, por más que ello les acarre enormes perjuicios, sabiendo siempre que dentro de las tinieblas de la aparente derrota vive la cálida luz interior del deber cumplido, de haber sido consecuente con lo que se pensaba, de estar en paz consigo mismo, que es la paz más bella y noble que nos es dado gozar a los humanos.

Las dentelladas gubernativas a la libertad general se prodigan sin que aparezca resistencia notable frente a ellas. Como cuando se cede frente al navajero, pensando erróneamente que va a responder a nuestra concesión con nobleza. Ese ser —esto no es insulto ontológico, ¿verdad?— que ejerce de ministro del interior hablaba de que “no hay censura, sino monitorización de las redes sociales por si hay discursos de odio” ¿Cabe mayor y más ruin ataque al pensamiento ajeno? Ya sabemos: si se ataca al rey, es libertad de expresión; si se atacan a las aficiones sentimentales de alguno y alguna, es delito de odio. La hidra —mera zoología fantástica— vicepresidencial puede decir que azotaría hasta sangrar a una mujer, pero usted no lo diga de la Calvo Poyato, por ganas que tenga. Una indocumentada gritona puede berrear “¡Arderéis como en el treinta y seis!”, pero a usted no se le ocurra contestarle, por ejemplo “!Y os daremos en el bebe, como en el treinta y nueve!”, porque usted está odiando y ella no, por más que usted se acerque más a la realidad histórica. Cuando Vox surgió en las elecciones andaluzas por vez primera, recuérdese que hubo bellacas manifestaciones impunes frente a sus sedes, que no quiera pensarse lo que hubieran sido de haber tenido lugar frente a las sedes podemitas por parte de elementos de derecha o centro. Recuérdese además que en España hay “extrema derecha”, pero casualmente no hay extrema izquierda. En ello se insiste hasta la náusea en todos los medios, sobre todo en los de extrema izquierda, como es natural. Y muchos se lo creen.

A ese tenor, más de uno ha comentado, y con razón, que menos mal que anda esta lobuna harka de majagranzas en el poder y no la derecha o el mero centro, porque de haber sido así, habrían lanzado a todas sus exquisitas jaurías contra tiendas, bancos, comisarías, edificios oficiales y mobiliario urbano como no es de imaginar. Ese es quizá el uniquísimo consuelo dentro de la hecatombe.

Porque hablando de sus huestes, que no es tema baladí, obsérvese como el afortunado papá del jardín vigilado por la benemérita se apresura en lo de la renta mínima, en su beatífica y significativa obsesión por hacer más felices a los depauperados de piso de cincuenta metros que encima le votan. El tema es buscar como sea estómagos agradecidos, dependencia social y política con el poder, mientras menos recíproca mejor, de modo que no se cesen de otorgar derechos sin deberes que los compensen, a fin de crear supeditación arbitraria, agradecimiento, y cómo no, vagancia, picaresca y corrupción, como acaba ocurriendo y sabemos. Por eso la caterva gubernativa, y comprensiblemente más en sus sectores más radicales, busca el voto de los trepas, los rencorosos, los ilusos y los ignorantes (no es incompatible), los innobles, los frustrados, los envidiosos, y sobre todo el de los pícaros y los vagos. Y lo peor no es que ansíe el voto de esas gentes, sino que les interesa crear más gentes así porque la dependencia del alguien hacia el poder político está en relación inversamente proporcional a la consistencia cultural y económica del individuo. Eso se sabe desde Roma, por lo menos.

El semiaprobado general encaja con esas fechorías demagógicas. ¿Qué buen alumno se habrá alegrado de ello? Ninguno, seguro. ¿Qué mal alumno? Todos, con absoluta certeza. Conozco el paño. Ayer me mandaban una foto de una pintada en una pared. Era chusca, pero resumía toda una tendencia. Rezaba: EMOS HAPROVADO, VIEEEN!!!

Pero uno levanta tristemente los ojos del teclado y ahora piensa en esa carne de cañón que aúpa a los tiranos. Más fervorosa cuanto más inculta, y por tanto más inerme, esa carne de cañón que en realidad está trabajando en su contra, que luego se arrepiente, ya tarde, del monstruo que ha ayudado a crear y que, por más débil, suele además resultar aplastada por ese monstruo, por el sistema al que ellos han ayudado, como ha acabado ocurriendo en todas las revoluciones. Pero luego, quién les recompone la cabeza tras la guillotina, o los revive de las matanzas estalinistas en Ucrania o en Rusia, o los saca del Gulag siberiano, o los vuelve a la vida tras la llamada revolución cultural China, o los desentierra de los espantosos campos de la muerte de Laos y Camboya, o simplemente les hace regresar a su patria venezolana desde Brasil o Colombia, todo en nombre del paraíso que no llegó ni llegará nunca…

 

                                      

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