ZPP

Unas iniciales, hoy ya olvidadas, nos recuerdan al culpable de todos estos desaguisados: José Luis Rodríguez Zapatero, el tristemente célebre ZP.

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Cuando analizamos los males de la patria, desde la farsa del secesionismo catalán hasta el revanchismo cainita de la memoria histórica, desde los aquelarres de la ideología de género hasta la rehabilitación de ETA, por no hablar de los diez años de catástrofe económica que hemos sufrido, unas iniciales, hoy ya olvidadas, nos recuerdan al culpable de todos estos desaguisados: José Luis Rodríguez Zapatero, el tristemente célebre ZP.

No podemos olvidar que este personaje subió al poder pasando sobre los cientos de cadáveres del 11 de marzo de 2004, en medio de la campaña electoral más sucia de nuestra historia reciente, lo cual es mucho decir. En cualquier país europeo, cuando sucede algo semejante, todos cierran filas y se unen tras su gobierno, sea éste de izquierdas o derechas: se llama "unión sagrada". España fue en esto de una deprimente originalidad: aquel horror sirvió para dividirnos radicalmente. Y ZP fue el artífice de esa fisura, lo que va a ser una señal de toda su obra política: allá donde se haya podido originar discordia, allí aparecía Zapatero para echar más gasolina al incendio. Por encizañar, hasta fue capaz de dividir a las víctimas del terrorismo. Sin duda, lo que va a perdurar de la obra efímera y negativa de este sujeto es la renovada división de la patria en dos Españas. Zapatero fue el que enterró el espíritu de reconciliación nacional que imperó, al menos como retórica, hasta el año fatídico de 2004.

Este político mediocre, este progre semiletrado que jamás hizo nada de provecho fuera de su partido, este burócrata de Ferraz que llegó a la secretaría general del PSOE por exclusión de otros candidatos de mayor mérito, este hombre de una pequeñez moral e intelectual desoladora, sólo supo perpetrar la política propia de este tipo de gente: la del trágala, la de la revancha, la de los gestos mezquinos, hechos por el mero placer de ofender y humillar al adversario. De manera mucho más marcada que en sus antecesores, en ZP no hay un sólo atisbo de grandeza, ni un sólo gesto que suavice el duro veredicto de la Historia. Esa es la señal de las naturalezas irremisiblemente mediocres. Ni siquiera es digno de una maldición, sólo de un amargo desprecio.

Cuando nos tomamos el penoso trabajo de leer sus discursos y declaraciones, ante nosotros se dibuja un hombre inane, bastante cursi, pura imagen, marketing barato, de una levedad intelectual y de una frivolidad política asombrosa incluso en la muy degradada Europa de hoy. Sólo podemos encontrarle un paralelo en el griego Tsipras, otro bocazas irresponsable, un esclavo de Bruselas sin ningún respeto por la palabra dada y por los compromisos solemnes con su pueblo. Un monumento que retrata a ZP en toda su estatura intelectual es la Sala de la Alianza de Civilizaciones en la sede de la ONU, en Ginebra: unos carísimos y grotescos cuajarones de pintura cuyo valor artístico es nulo. Un gigantesco borrón a cuenta del Estado.

A tal hombre, tales escuderos: el inefable Pepiño Blanco, ejemplo preclaro de político de aldea. O Caldera, que cada vez que hablaba subía el pan. O Solbes, ese economista que tuvo el raro privilegio de precipitar al país en dos durísimas crisis económicas, una con González y otra con Zapatero. Por no hablar de Leyre Pajín, Magdalena Álvarez y otras figurantes bufas de aquellos gobiernos patéticos, de aquellas arlequinadas con cargo a los Presupuestos. En un país al que no le faltan nunca los malos gobernantes, los ministerios de ZP fueron excepcionales por su insuperada incompetencia y por su irresponsabilidad electoralista, que nos precipitó a sabiendas en un escenario desolador, con cinco millones de parados y la destrucción irreparable del tejido social, mientras el polichinela de Moncloa presumía de que íbamos a alcanzar a Francia y de que hablar de crisis era una falta de patriotismo. Se perdieron de esa manera dos años preciosos para tratar de amortiguar los efectos sociales del desastre económico. Millones de españoles pagaron con su empleo y su ruina el charlatanismo electoral de su presidente.

 Sólo los Ugarte y Chamorro de la Camarilla de Fernando VII pueden compararse con los ministros de ZP. Desde el marqués de Labrador en el Congreso de Viena, jamás España había tenido un ministro de Exteriores tan ineficaz como Moratinos, que malbarató las reivindicaciones y el honor de España en Gibraltar y puso en peligro la alianza americana, porque fuimos a la vez antiyanquis y atlantistas, tercermundistas y globalistas, sionistas y propalestinos; todo valía con tal de satisfacer el antiamericanismo primario de unas izquierdas que, paradójicamente, están americanizadas hasta el tuétano en sus ideas y actitudes. Así nos lució el pelo.

Los militares todavía recuerdan nuestra humillante despedida de Irak, cuando tuvieron que desfilar bajo una lluvia de plumas blancas, obsequio de los aliados polacos e italianos a los que dejábamos en la estacada. La guerra de Irak fue una invasión injusta y España no se debió haber metido en ella. En eso estamos de acuerdo todos. Pero los que no somos atlantistas ni partidarios de la amistad con los yanquis podemos sentirnos legitimados para salir de esa aventura y buscar nuevas alianzas. Ahora bien, para los que son atlantistas y quieren ser aliados de los Estados Unidos, desertar de Irak y encima presumir de ello es una conducta de una clamorosa estupidez. Washington, desde entonces, no le ahorró una sola humillación al gobierno español y, lo que es más grave, consideró que Rabat es un socio más fiable que Madrid. Del tiempo de ZP data algo que muy pocos españoles conocen: la casi paridad de armamento entre España y Marruecos, fruto de nuestra espantada en Irak, que decidió a Estados Unidos a rearmar al reino alauí.

De puertas para adentro, lo que da el tono de sus años de gobierno es la batasunización imparable de las instituciones y de la vida política. Fue Zapatero el que pactó el desastroso tripartito catalán, que desencadenó la deriva separatista que tan lamentables resultados está produciendo ahora. La Esquerra inició entonces su ascensión y, con ella, el secesionismo. Fue también Zapatero quien favoreció un nuevo Estatuto de Cataluña que hoy los nacionalistas dan por difunto. Aquello empedró el camino que lleva al uno de octubre del año pasado. Tampoco hay que olvidar sus pactos con ETA y su negligente actitud en casos como, por ejemplo, El Faisán. ZP metió a ETA en las instituciones y fue el artífice de la capitulación del Estado ante la izquierda abertzale, hoy hegemónica en buena parte del País Vasco. Las víctimas, la justicia, el dolor de un país..., poco le importó eso a ZP, que confundió negociar con claudicar. Lo importante era que ETA "dejara de matar", actividad que les resultaba ya casi imposible a los terroristas de extrema izquierda por la eficacia de la acción policial. Los abertzales, que no son tan bobos como los progres de Madrid, jugaron maravillosamente bien la carta de la paz, un irresistible señuelo para el electoralismo compulsivo de la clase política. Una ETA aniquilada logró sentarse a negociar de igual a igual con el Estado, y su brazo político invadió las instituciones. Es curioso que ZP, al igual que toda la izquierda española, tenga memoria de elefante para los fusilamientos de Franco y memoria de pez para los crímenes de ETA y GRAPO. Quizás porque ven en ellos algo conocido y entrañable, ese aire de familia que tienen el tiro en la nuca etarra y el paseo de los chekistas del PSOE y la UGT en el 36.

Esta batasunización no se limitó a Vasconia y Cataluña. La siembra del odio cainita, el convocar a los fantasmas de la guerra civil, que fue uno de los objetivos básicos de su gobierno con un fin bajamente electoral, también ha dado un amargo fruto en el presente: Podemos. No se puede entender el auge de esta formación neoestalinista sin el adoctrinamiento en los valores de la izquierda más extrema que se produjo durante los siete años de gobierno de Zapatero, aunque es justo reconocer que ésta era una tendencia que viene de los setenta y que ningún gobierno de "derechas" se molestó ni se molesta en combatir. La oleada de propaganda revanchista y rencorosa financiada por ZP acabó por estallarle en las manos al PSOE con el ascenso de Podemos, formación que ha salido mucho más beneficiada que los oligarcas socialistas del adoctrinamiento leninista en cines, escuelas y televisiones. Si uno forma un komsomol con los estudiantes, lo más lógico es que sintonicen mejor con los comunistas genuinos que con los orondos y alopécicos funcionarios socialdemócratas de Ferraz. La herencia de ZP también fue nefasta para su propio partido, que ha entrado en un círculo vicioso de radicalización impostada que le va a costar el voto de las clases medias. Con Sánchez, el nuevo Zapatero, el PSOE ha conseguido los peores resultados electorales de su historia.

La dictadura de la ideología de género tuvo su inicio en España con este sujeto, que aprobó todo tipo de normas para destruir la familia tradicional y favorecer sus versiones alternativas. Con el concurso de teloneros venidos de la siempre adicta y bien pagada farándula –los de la ceja, ¿se acuerda el lector?–, fue el pionero en las políticas de denigración de la virilidad y con él se produjeron los primeros casos de acoso y persecución inquisitorial a los que se atrevían a disentir en público del despotismo de los lobbies del género. La actual degradación de las costumbres, que ha hecho de España una de las sociedades más indecentes y chabacanas de Europa, también es herencia de este sátrapa inepto.

ZP estaba tan desprestigiado en 2011, que su partido no se atrevió a presentarlo como candidato a las elecciones y se evitó su incómoda presencia en los mítines. Incompetente (en lo que no se diferencia de la mayor parte de la clase política) y falaz, su tinglado de tente mientras cobro se volatilizó con las tormentas de la crisis económica, que negó con una irresponsabilidad merecedora de más castigo que una dorada jubilación. Sin embargo, el legado de ZP perdura y forma el meollo de la España oficial. Son los gobernantes del PP quienes más se han preocupado por preservar su herencia política e ideológica, porque en lo económico nos dejó tan desheredados que no había nada que salvar. Si algo caracteriza a la etapa de Rajoy, es el continuismo en las líneas básicas de la política de ZP, salvo en la mejora de las relaciones con Estados Unidos, que vuelven a su habitual trayectoria de sumisión servil y mercenarismo cipayo. Pocos fenómenos como esta continuidad en las ideas nos muestran que, gobierne quien gobierne, los que mandan son los mismos.

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