Así murió Stéphane Zanétacci

La desdicha de un cruzado en el siglo XX

19 de julio de 1976. Guerra civil del Líbano. Beirut está ardiendo. En el campo de Tal-el-Zaatar caen heridos tres franceses. ¿Eran mercenarios, asesores militares, algún comando especial?

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19 de julio de 1976. Guerra civil del Líbano. Beirut está ardiendo. En el campo de Tal-el-Zaatar caen heridos tres franceses. ¿Eran mercenarios, asesores militares, algún comando especial? No: eran estudiantes de la facultad parisina de Assas. Los tres, con unos cuantos amigos, se habían alistado voluntarios en las milicias cristianas para librar aquella cruzada en el viejo protectorado francés. Uno de ellos se dejó allí la vida: Stephane Zanetacci, veintiún años, hijo de familia comunista y militante del grupo ultra Action Jeunesse.

¿Cómo habían ido a parar allí aquellos estudiantes? Eran los restos del naufragio de la derecha radical francesa. Después del abandono de Argelia, después de Mayo del 68, después de mil batallas perdidas, un joven romántico con ansias de devolver el alma a Occidente lo tenía más bien crudo: ¿para qué devolver el alma a quien quiere prescindir de ella? Ahora bien, fuera de Francia, fuera de Europa, había otros mundos y otros horizontes; otros lugares donde el destino de la cristiandad se jugaba todos los días en las barricadas con un subfusil en la mano, otros campos de batalla donde los paladines podían resucitar enarbolando las viejas banderas. Por ejemplo, el Líbano, donde las milicias cristianas afrontaban en aquellos momentos una guerra feroz contra los refugiados palestinos. “Siempre nos quedará Tierra Santa”, pensaron aquellos cruzados sin causa. Y allá marcharon.

El infierno libanés

Hoy imaginamos el Líbano como un lugar sacudido eternamente por la guerra, pero no siempre fue así. Entre la segunda guerra mundial y los años 70, el Líbano había sido una especie de Suiza donde reinaban la paz y la prosperidad, entre otras cosas por el intenso flujo financiero que el país acogía. Líbano había sido protectorado francés desde mediados del siglo XIX, cuando París intervino para frenar las espantosas matanzas de cristianos a manos de los drusos. El país obtuvo su independencia en 1943. Lo que nacía era un estado de mayoría cristiana y abiertamente pro-occidental en una región dominada por los musulmanes. Y pronto, al sur, un incómodo vecino: el recién creado estado de Israel.

En el Líbano vivían tres comunidades: los cristianos “maronitas” (católicos de la iglesia oriental siria), los drusos (una variante del islam estrictamente libanesa) y los musulmanes. A pesar de las continuas tensiones, la convivencia habría sido posible si no hubiera ocurrido algo que rompió el paisaje: la guerra de Israel contra los palestinos, que forzó el desplazamiento masivo de estos últimos a tierras libanesas. Hacia 1967, cuando la “guerra de los seis días”, ya había en Líbano cerca de medio millón de palestinos para una población total que no llegaba a los tres millones de habitantes. En 1970, la principal organización armada palestina, la OLP de Arafat, fue expulsada de Jordania y vino a instalarse precisamente en la capital del Líbano, Beirut. Los palestinos organizaron milicias y pronto controlaron el sur del país, desde donde atacaban la frontera con Israel.

Nadie supo frenar el conflicto, quizá porque era imposible frenarlo. Cuando la presión palestina se hizo insoportable, los partidos libaneses de derechas crearon sus propias milicias armadas. Lo que nació entonces fue, por decirlo así, una guerra dentro de otra y ésta, a su vez, dentro de otra mayor: la guerra entre libaneses cristianos y palestinos quedaba dentro de la guerra entre Israel y los países musulmanes, la cual a su vez venía a englobarse dentro de la “guerra fría” entre Occidente y la Unión Soviética, porque el primero apoyaba a libaneses y judíos, mientras la segunda respaldaba a palestinos y musulmanes. Parece muy complicado, pero esto sólo es una simplificación: la realidad era más complicada aún.

Algo peor que una guerra

El polvorín estalló el 13 de abril de 1975. Ese día, ante la iglesia de Ainn El Remaneh, milicianos palestinos abrieron fuego contra los cristianos. Acto seguido pasó un autobús de palestinos que fue a su vez tiroteado por los cristianos. Los altercados se extendieron al resto de la ciudad. Así comenzó la guerra civil del Líbano. Se calcula que los palestinos movilizaban en torno a 50.000 milicianos. En cuanto a los cristianos libaneses, sus efectivos reales se limitaban a unos 15.000 combatientes. En otro tiempo, las potencias occidentales habrían ayudado al Líbano; ahora, sin embargo, todo el mundo temía que meter la mano en aquella guerra civil disparara las tensiones. Los cristianos libaneses se vieron solos. Y en los ambientes nacionalistas de la vieja metrópoli, Francia, corrió una voz: había que ayudar a los cristianos del Líbano.

Entonces es cuando aparece nuestro personaje: Stephane Zanetacci, veintiún años, de familia comunista y estudiante en la facultad de Assas, en el viejo barrio latino de París. Los primeros voluntarios franceses habían asomado por el Líbano desde la primavera de 1975. Su perfil, unánime: jóvenes de poco más (si no menos) de veinte años, estudiantes de Derecho o Económicas en Assas, militantes de grupos de derecha radical, sin formación militar alguna, pero dispuestos a ofrecer su brazo en defensa de la cristiandad libanesa frente al doble acoso socialista y musulmán. ¿Cuántos acudieron allí? Pocos: no más de treinta o cuarenta, según las diversas fuentes. No eran mercenarios; de hecho, no cobraron ni un dólar por sus servicios. Sólo querían ser cruzados en un tiempo en el que ya no había cruzadas.

Cruzados sin causa

Lo que encontraron en el Líbano, sin embargo, tenía poco que ver con las batallas medievales. La guerra urbana es un infierno donde no hay campo de batalla ni combatientes, porque todo es campo de batalla y todos son posibles combatientes. Los francotiradores palestinos se habían adueñado de numerosos barrios. Desde allí disparaban a todo lo que se moviera: mujeres, niños, lo que fuera. En un paisaje así, el combate es una rutina siniestra: patrullas día y noche por galerías, azoteas, viviendas semiderruidas, bajo un fuego que nunca se sabe dónde está.

Al amanecer del 19 de julio de 1976, una docena de voluntarios franceses avanza hacia el campo palestino de Tal-el-Zaatar, que los fedayines han convertido en una fortaleza desde la que atacan a los barrios cristianos. De repente surge de la nada una tempestad de fuego: explosiones, ráfagas de ametralladora. Caen tres hombres. Entre ellos, Stephane. Tiene dos pedazos de metralla en el vientre. Morirá pocas horas después, en la camilla del cirujano. El resto de los voluntarios no tardará en volver a casa.

Si Stephane hubiera muerto en el siglo XII, hoy le recordaríamos como uno de aquellos caballeros cruzados que lo dejaron todo para entregar la vida en Tierra Santa. Pero como murió en el sórdido siglo XX, cuando ya nadie creía en cruzadas ni en lugares santos, al pobre Zanetacci se le recuerda como un simple demente reaccionario que fue a meter la nariz en una guerra donde nada se le había perdido. Desde entonces, el Líbano se ha convertido en una tierra torturada. La última guerra, la de 2006, provocó el desplazamiento de casi un millón de personas. El Líbano aún no se ha recuperado de aquello y, lo que es peor, parece que nunca se recuperará. Quizá, después de todo, Zanetacci y sus amigos no estaban tan locos.

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