Muere la mona de Tarzán

02 de enero de 2012

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A la chita callando, octogenaria y de una insuficiencia renal, ha muerto en Florida la mona Chita, que no era Chita sino Jitts; es decir, chico. A la chita callando, Tarzán nos ha engañado y Hollywood nos ha dado mono por mona.
 
Qué se le va a hacer; al fin y al cabo, de Cary Grant –el mejor galán– a Rock Hudson –el comisario McMillan al galope por la Quinta Avenida–, la fábrica de sueños siempre estuvo teñida de ambigüedad. La mona Chita era la abanderada irracional del transexualismo cinematográfico, más o menos como la Bibí del manchego. Mira por dónde, el chimpancé más famoso del séptimo arte, entre palmeras y plátanos, venía a ser como un Zerolo de celuloide, o sea, el portaestandarte evolucionado y dentón de ese engendro ideológico que se ha dado en llamar “identidad LGBT”, que, al parecer y según dice la prensa, era la de Nixon, encerrado en el watergate de la Casa Blanca con el mafioso Rebozo, ¡ay, qué gozo!
 
Es lo que tienen las gentes del otro lado del charco: que se adelantan a los tiempos; de hecho, claro, porque la vanguardia intelectual siempre es europea. Ahí está su Revolución, previa al primer naufragio ramiresco y sans-culotte; el federalismo para unir lo desunido (y que desune lo unido, como algunos descentralizadores radicales sueñan hacer con la España partitiva) y los múltiples magnicidios a la sombra de oscuras conspiraciones. Sin olvidar el cuarto poder del ciudadano Kane; el ultraliberalismo en el que se mira Europa a la espera de que lleguen los chinos; los hippies, los yuppies, los brokers y, hasta si me apuran, la monetarización del nombre que no se ha tomar en vano. A lo que hay que sumar la teletienda analfabeta, el melting pot que es ya el continente y la comida basura que deglutimos los españoles en plena crisis, pues el menú del día cuesta diez euros en el restaurante más cutre y la Mcmierda la mitad. ¿Qué hay de extraño, por tanto, en que la mona no fuera tal, sino mono, casi mono sabio, dada su estudiada y ensayada gesticulación, tanto o más que la de los chicos-chicas-chiques de la deconstrucción sexual contemporánea que pasean de la mano por Chueca? Pero todo se descubre y, al final, al sol de Florida, aunque la mona se vista de seda, mono se queda, aun luciendo la mona desnuda el kimono de Manolita Chen.
 
A este paso, nos enteraremos de que la mula Francis era un mulo parlante, siempre al servicio de los USA, más o menos como algunos tertulianos radiofónicos enamorados de las barras y estrellas. Se nos hará saber que King Kong era, como el hermano de Kim Jong un –el sucesor del “Querido Líder”–, un maricóng; el halcón maltés, un palomo cojo; y el tiburón veraniego de Spielberg, una ballena a la espera del arpón de su capitán Achab: “¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!”, que escribió Walt Whitman. En cuanto al bondadoso ET, no se sabe cuál es el sexo de los extraterrestres.
 
Con la muerte del saltarín chimpancé que vino del África negra o salió del zoo para seguir el método Stalisnavsky, con el descubrimiento de su verdadero sexo, o lo que es lo mismo, de la auténtica condición del primate más evolucionado de la historia del cine –hecha la excepción de los monos verticales de El planeta de los simios–, cabe sospechar que en ese trío que formaba junto a Tarzán y Jane, alguien se la pegaba al otro con la presunta mona o el mono inédito en medio de la sabana. Y no se piense que esto es una bestialidad, aunque se trate de bestialismo, pues Tarzán es, como se sabe, Tarzán de los monos, y Jane, la chica más mona de la selva. Y así, entre lianas, liados casi como los de Bizancio con el sexo de los simios y antes de que pongan la estrella de Chita en el Paseo de la Fama, átenme esa mona por el rabo.

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