Una cosa es la política, y otra la politiquería

Reivindicación de la política

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Sabemos lo que es la política hoy. En ese sentido la política es un asco. Sabemos también que sin una base cultural, sin un tipo de hombre determinado, a la larga ningún programa ni partido dará resultado, ni alcanzará objetivos patrióticos, sociales, culturales, etc. Sin embargo la política existe y la hacen otros. De aquellos que podemos denominar “los nuestros”, son pocos los que se embarran los zapatos en la política.

Rechazar la política actual y no obsesionarse con el problema del poder, del poder que nos falta y por lo tanto permite el avance indiscriminado de otros poderes, que confluyen en una fuerte concentración con pretensiones de gobierno mundial, es borrar con el codo todo lo que escribimos con la mano.
 
Conocer los temas importantes, fortalecer el espíritu, elevar nuestra cultura, no es más que seguir la sombra de la decadencia y la esclavitud, si no detenemos la atrofia de nuestra voluntad de acción política. Antiguamente nuestros pueblos se caracterizaban justamente por esa vocación de no entregar nada de su propia soberanía, de su poder político.
 
Si me preguntaran qué es lo determinante de nuestra decadencia, diría sin dudas que es la pérdida del costado político de nuestra personalidad individual y comunitaria.
 
De la historia de Grecia, Roma, España, de la edad media o del renacimiento, podemos posiblemente recuperar la estética y la filosofía y con esfuerzo comprenderlas, lo que no podemos recuperar es la actitud trascendente respecto del poder, la vivencia en cuanto a que la determinación del poder en un espacio debe ser propia y no de otros, que debemos poner en eso toda nuestra energía, y sentir que más allá de que se nos permita momentáneamente sobrevivir, eso es algo dado por otro, algo en lo que nosotros no podemos influir y de lo cual nos desentendemos en la acción.
 
Muchas veces he visto y oído cómo se desprecia a los jóvenes que están equivocados o son utilizados en un partido cuya conducción está entregada o equivocada, entonces pienso: porqué en vez de criticar ese hecho, no nos ponemos al lado de esos jóvenes que constituyen sin duda  la última reserva de nuestra sociedad.
La respuesta es que en realidad a nadie le interesa realmente meterse en ese mar de excrementos que es la política, pero no porque no sepan que en efecto habría que meterse, sino porque no tienen el temple para dejar su comodidad y asumir la política como realidad concreta.
 
La decadencia consiste en no defender efectivamente lo que sabemos que es necesario defender. No tiene ninguna importancia ni siquiera el arte o la belleza, si todo lo obtenido a través de los siglos se va a entregar sin mayor resistencia, por no contar ya con el compromiso “físico” que implica defenderlos políticamente.
 
Un día de estos sería bueno dejar de escribir por un tiempo, y probar si somos capaces de defender en las calles, alguna de las cosas que dijimos. En todo caso, que las palabras sirvan para fortalecer a los que plantan cara en las calles con la misma obsesión que en otra época nos distinguió: la obsesión de ser los dueños de nuestro propio destino.

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