Élites en bruto

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El artículo que José María Lasalle escribió en La Vanguardia esta semana sobre VOX resulta muy interesante por lo que refleja de la forma de pensar de las élites en España. Siempre que puedo leo el periódico del conde de Godó por un motivo bien simple: La Vanguardia es el heraldo de los que siempre mandan, la Voz de su Amo. El olfato de sabueso de esta dinastía condal catalana nunca ha errado a la hora de mover la colita, lamer la mano poderosa y acogerse a una buena sombra; es tarea harto compleja mantener y una inquebrantable adhesión a quien gobierna sin que se le pille nunca con el paso cambiado. En este sentido, no hay que regatearle su mérito al rotativo barcelonés; de ahí que lo que en sus páginas se escribe sea un anticipo del porvenir y un reflejo de lo que se decide en aquellas esferas cuya música nos resulta inaudible a los mortales de a pie.

El artículo, escrito en politiqués académico, se titula Vox o la brutalidad política y, evidentemente, no resulta ni favorable ni comprensivo con la formación de Santiago Abascal. Lasalle, además, fue un miembro muy destacado de la administración Rajoy y es uno de los prototipos de hombre del establishment. Por lo tanto, el papelito tiene mucho interés como reflejo de un estado mental, de una forma de ver la realidad, de una concepción de la política que es la que rige por ahora en todo Occidente. Si el lector se dota de la santa paciencia necesaria para soportar su lenguaje hierático de universitario yanki, verá que hay motivos dignos de estudio (y hasta de psicoanálisis) en el texto que ahora trataremos de explicar en román paladino, en español demótico.

Una de las acusaciones contra VOX que más llama la atención es la que achaca a este partido el propósito de «reconstruir la democracia haciéndola plebeya». Que uno sepa, por lo menos hasta que el señor Lasalle escribió esta frase, la democracia era plebeya por naturaleza, etimología y sentimiento: el régimen del poder del pueblo, aquel en el que los plebeyos participan en igualdad de condiciones con los patricios en el gobierno de la cosa pública. Pero en todo el artículo se advierte una patrimonialización de la democracia por la élite, reducida sólo a lo que cabe dentro del consenso liberal y socialdemócrata, y todo lo que se sale de ello, todo lo que no les gusta a los eupátridas, no es democracia. Los señoritos de Bilderberg hablan mucho de igualdad, pero

Cuando la criada les sale respondona y vota lo que el amo no quiere se los llevan los demonios.

cuando la criada les sale respondona y vota lo que el amo no quiere se los llevan los demonios. La principal igualdad de todas, la política, se escamotea una y otra vez en los laberintos de las instancias internacionales y tecnocráticas. Nunca se ha hablado tanto de igualdad y pocas veces ha sido ésta tan arrebatada al pueblo en su ámbito esencial, el de la decisión política. El We The People que encabeza la Declaración de Independencia de los Estados Unidos ahora se le atraganta a esta oligarquía, en pleno interludio Trump, cuando el pueblo americano se ha tomado en serio su poder y su capacidad de decidir por sí mismo. Pero tan revelador como este desprecio del elitista por el pueblo, es la primera parte de la frase: «reconstruir la democracia», extraordinaria confesión de parte, quizás un lapsus freudiano. Sólo se reconstruye aquello que ha sido destruido. Lasalle afirma que VOX pretende reconstruir una democracia plebeya; es decir, restaurar una democracia verdaderamente democrática que ellos, la élite, han destruido. Sin duda, el señor subsecretario tiene razón. El proyecto esencial de los partidos como VOX, AfD o Fidesz es devolverle al pueblo, a la nación, la soberanía perdida, entregada por las élites a entidades internacionales a las que nadie elige.

A lo largo de la lectura del texto uno de da cuenta de que hay una distancia insalvable entre liberalismo y democracia, que es el pueblo el que se tiene que amoldar a los deseos de sus oligarquías liberales y que, en caso de duda, el liberalismo debe imponerse a la democracia.

Al paso que van, dentro de poco nuestros plutócratas pedirán la restauración del sufragio censitario.

Al paso que van, dentro de poco nuestros plutócratas pedirán la restauración del sufragio censitario. Por supuesto, el gobierno de la élite es pura «racionalidad política weberiana» cuyos caracteres esenciales son «su asepsia ideológica y su frialdad sin testosterona». Lasalle sabe bien de lo que habla, pues fue subsecretario en el Gobierno Rajoy, el del índice glandular más bajo de toda la historia de España: un auténtico harén de eunucos políticos. En definitiva, tecnocracia sin alma. Frente a ellos y sus números, los movimientos identitarios son unos molestos plebeyos que se atreven a irrumpir a gritos en los clubes de la élite.

La testosterona anda ahora muy desprestigiada, pero los ejemplos históricos nos demuestran que hacen falta considerables dosis de ella para salir adelante de las crisis, tanto grandes como pequeñas. Está muy relacionada con algo que Weber analizó y que el señor Lasalle, si lee algo más que las solapas de los libros, debe conocer: se llama carisma y es fundamental en la legitimación política. Por otro lado, la asepsia ideológica, vulgarmente conocida como falta de principios, caracteriza sin duda a la Europa política actual, simple consorcio de negocios de la plutocracia globalista. Frente a este poder sin nombre y sin cara, al que representa y defiende el señor Lasalle, se han alzado movimientos populares en todo el continente que suponen, según el autor, «una respuesta reactiva y agresiva frente a un estado de cosas que provoca la posmodernidad y sus imágenes de pluralismo, heterodoxia, fragmentación y relativismo». Esto es un genuino wishful thinking: los movimientos identitarios son pura posmodernidad, un resultado de ella y no una reacción. Me explico: precisamente porque el consenso socialdemócrata-liberal era preposmoderno, su ruptura ha ocasionado que la heterodoxia se manifieste no en la corrección política del discurso dominante, sino en su contestación. Lo incorrecto es lo posmoderno por antonomasia. Es en el mundo líquido de la posmodernidad cuando ha surgido la necesidad de lo sólido: de lo premoderno.

Suena a conformista, bienpensante y rancio el liberalismo y su chacha, la socialdemocracia.

Si algo suena a conformista, bienpensante y rancio es el liberalismo y su chacha, la socialdemocracia, cada vez más vieja, inútil y artrítica. Es su mundo el que se acaba, no el de las identidades, que responden vigorosamente a las exigencias de la posmodernidad; por eso son populares. Quien no ha sabido comprender ni reaccionar frente a la nueva era cultural es el consenso del 45.

El origen del movimiento identitario no está en una respuesta a la posmodernidad, sino en una reacción contra el hurto de la soberanía política y económica de las naciones. Y, sobre todo, en el evidente declive económico de las clases medias y bajas en Europa, producto de la liberalización mundial de los mercados y de los intereses de las oligarquías, que para competir con las potencias emergentes han iniciado un proceso de pauperización progresiva de las capas populares de la UE, hasta ahora protegidas por un Estado del Bienestar que cada vez es más imposible. El sueño socialdemócrata se ha hecho pedazos en Taiwán, en China, en Hong Kong, en Bangladesh. Por eso surgieron las políticas de extinción demográfica, auspiciadas por la ONU y la UE, y se fomentó la emigración de reemplazo para sustituir una población nativa, cara e insatisfecha, por un aluvión de recién llegados a los que se les pueda pagar sueldos como los de Sureste asiático. Es esto, y no ninguna insatisfacción cultural más propia de universitarios ociosos, lo que ha originado la crisis del régimen establecido tras la Segunda Guerra Mundial.  

Si existe alguna brutalidad política en Europa, es la de las élites, que han condenado a la población nativa y a las clases medias a formar un precariado sin futuro y sin esperanza. Y, encima, tiene la plutocracia el descaro de ofenderse porque sus víctimas tengan la insolencia de protestar y de defenderse. Los usureros claman con dengues y melindres de novicia contra el nacionalismo de la gente que defiende su trabajo, su país, su hogar y sus derechos.

Tan odiosa como la tiranía económica de las élites es su pretendida superioridad moral.

Tan odiosa como la tiranía económica de las élites es su pretendida superioridad moral, esa hipócrita mezcla de buenismo friendly, caridad mafiosa de oenegé y limosnas de multimillonario pijo en Nepal o Zimbabue. Eso sí, a los obreros y trabajadores nativos que les den... Es de la Europa olvidada, del norte francés arrasado por las deslocalizaciones, por ejemplo, de donde sale la protesta que nutre al Frente Nacional.

En el origen de VOX ve Lasalle «el producto de la implosión de una derecha sociológica atemorizada por los cambios culturales del siglo XXI. Y, también, de un apoliticismo transversal que aglutina una serie de malestares frente a la hegemonía intelectual de la izquierda. La suma de ambos vectores desemboca en una épica de combate ideológica que busca obsesivamente el orden moral y la unidad política». Disculpe el lector paciente tan larga cita en politiqués. Si en el origen de VOX Lasalle ve esto, sin duda ha estado viviendo el ci-devant subsecretario en una realidad paralela, en la misma Babia política por la que vagaban Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría y toda aquella tropilla de abogados del Estado. VOX surge como producto de la cobardía y la ineficacia del gobierno del Partido Popular a la hora de combatir la secesión catalana. Recordemos que gracias a VOX están los sediciosos en la cárcel y listos para ser juzgados en breve tiempo. Nada, pero nada de nada, fue lo que hicieron los instrumentales tecnócratas de Génova, 13 para salvar la nave del Estado. VOX surge como un movimiento patriótico de defensa de la nación y también se ha convertido en el único valedor de la igualdad entre todos los españoles, sin distinción de sexo ni de territorio. Abascal es un jacobino de derechas, un demócrata esencial.

Como remate, Lasalle se enreda en las influencias de la Nouvelle Droite francesa y la Konservative Revolution alemana en VOX. Si, simplemente, el señor subsecretario de Cultura no leyera de oídas, sabría que nada es más opuesto al comunitarismo antiliberal y federalista de Alain de Benoist que el Estado unitario y el capitalismo popular de Abascal. En cuanto a la enemistad política schmittiana, no es VOX quien la predica, sino los separatistas vascos y catalanes y los neoestalinistas de Podemos, en quienes Schmitt ha encontrado sus mejores discípulos. Y para «verborrea völkisch», lea el señor Lasalle alguna joya de la prensa secesionista para hacerse una idea exacta. VOX, sencillamente, responde al reto que se ha planteado por una banda de traidores a la nación con liderazgo y testosterona, toda la que le falta al resto del espectro político.

En fin, con semejantes analistas, no es de extrañar que VOX les sorprenda un día sí y otro también. El desprecio de la élite economicista por los mitos y los sentimientos en la política, por la necesidad antropológica de una identidad, es lo que está llevando a la ruina la dominación política de la plutocracia no sólo en Europa, sino en todo el mundo. Lasalle condena el «lenguaje desprejuiciado» de los movimientos identitarios y su anclaje en la Historia y en las tradiciones. Es decir, el señor Lasalle no sabe qué es un pueblo y cómo se llega a él. Estas son nuestras élites, que desprecian cuanto ignoran. Así les va.

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