En torno a la sentencia contra La Manada

Allá van leyes

A partir de la fecha de la sentencia se puede considerar a los varones como delincuentes potenciales y sujetos a todo tipo de arbitrariedades por parte de los poderes públicos, siempre que medie una denuncia femenina, por absurda e inmotivada que sea.

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La deriva totalitaria de las sociedades occidentales no parece tener otro freno que una catástrofe de origen externo, ya que de ellas mismas no salen ni siquiera las resistencias mínimas necesarias. El caso de La Manada y la sentencia que ha dictado una sala ad hoc del Supremo, compuesta por al menos dos magistrados de convicciones feministas,[1] marca el fin de la igualdad de derechos entre los ciudadanos.

A partir de la fecha de la sentencia se puede considerar a los varones como delincuentes potenciales.

A partir de la fecha de la sentencia se puede considerar a los varones como delincuentes potenciales y sujetos a todo tipo de arbitrariedades por parte de los poderes públicos, siempre que medie una denuncia femenina, por absurda e inmotivada que sea. La sentencia de La Manada no sólo castiga a unos delincuentes, también intensifica la caza del hombre, que se inició con la Ley de Violencia de Género, y fomenta el linchamiento jurídico del varón por la mujer. Por supuesto, esta caza del hombre es relativa, igual que la defensa de los derechos femeninos. Ya veremos cómo las otras manadas, las que no son integradas por españoles, reciben un nulo tratamiento en los medios de formación de masas, y cómo sus componentes sufrirán penas inferiores a las de los reos de esta última sentencia, pese a que sus acciones han sido mucho más graves.

Pero este articulo no trata de la emasculación de las sociedades occidentales y de la imposición de esa ideología del odio que es el feminismo, cada vez más brutal y violenta, como en el caso del niño castrado por sus madres en Brasil porque era varón y disfrutaba siéndolo, o el de los hijos raptados en España por sus progenitoras con la colaboración entusiasta de los poderes públicos, desde el caso de Juana Rivas en adelante. Lo que más indigna de la sentencia de La Manada es cómo la presión de la calle y la de los políticos de izquierdas han permitido que se salten a la torera principios esenciales del derecho y se dicte sentencia en caliente, cediendo los magistrados ante la presión de las turbas. Mal, muy mal vamos cuando los veredictos en este país ya no los dictan los jueces, sino la izquierda radical. Hoy son los facinerosos de La Manada los que van a la cárcel con absoluto desprecio de sus inmerecidos pero legales derechos; mañana lo será cualquiera que se oponga a la ideología dominante. España, sin duda, es ya una sociedad totalitaria.

Frente a la estremecedora demostración de poder de la izquierda, el resto de fuerzas se han limitado a asentir. Populares y liberales porque comparten la misma ideología que sus presuntos adversarios, aunque de una manera un poco más atemperada. Peor ha sido lo de VOX, que, como nos temíamos hace un tiempo, puede convertirse en una marca blanca del PP, incapaz de combatir en la guerra cultural que están ganando las izquierdas de manera irreversible.

¿Y por qué ganan las izquierdas? Porque han deslegitimado a cualquier instancia que obstaculice sus planes, aunque tenga el apoyo mayoritario de la población y sus motivos y actuaciones sean legales y legítimos. La izquierda no perdona, es una máquina laminadora de honras y fortunas. El linchamiento en la prensa, las manipulaciones, la mentira, la amenaza de las hordas y la violencia física, según sea la intensidad de la operación, son los diversos grados que alcanza el chantaje que con tan buen éxito ha conducido a las izquierdas al control de las sociedades y de las mentes.

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que los que se consideran "conservadores" se están convirtiendo en los bastiones del progresismo. Todas las medidas de Zapatero han sido aumentadas por la llamada "derecha".

VOX apenas ha necesitado calentar un poco los escaños de la Carrera de San Jerónimo para unirse a la manada de los derechistas de la izquierda.

VOX, que parecía haberse dado cuenta de ello, apenas ha necesitado calentar un poco los escaños de la Carrera de San Jerónimo para unirse a la manada de los derechistas de la izquierda. No quieren saber que hoy ser conservador es ser revolucionario, es impugnar de manera radical el "orden" que las izquierdas han implantado en Europa. Nada hay que conservar en una sociedad como la actual. Ser conservador hoy en día no es aferrarse al fetiche de una Constitución inútil y que nadie respeta porque está más que muerta. Hoy ser conservador es luchar por unos valores preconstitucionales y hasta predemocráticos que han conformado lo mejor de las sociedades europeas hasta 1918. Ser conservador es asumir la paradoja de una necesaria revolución que destruya de raíz el actual estado de cosas e implante un nuevo orden espiritual, estético y social. Y para eso no hay que acatar sentencias de tribunales genuflexos ante la izquierda, ni inclinarse ceremoniosamente en los besamanos reales, ni declararse valedores de una Constitución nefasta y disolvente.

No nos indignemos con los procedimientos de la izquierda. Imitémoslos. Hoy somos nosotros los enemigos de la sociedad. Asumámoslo y organicemos el combate contra unas fuerzas que no merecen ser tratadas mejor de como ellas nos tratan.

 

[1] Hasta tal punto que uno se pregunta por qué los abogados de la defensa no los han recusado. [N. d. R.]

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