¿Pero de verdad queda alguien de izquierdas aquí?

Romance (prosaico) de la izquierda cautiva

Aquí “cautiva” quiere decir presa, aherrojada, encerrada, secuestrada. Así está la izquierda española con ZP. Porque vamos a ver: el poder adquisitivo de la gente baja, la vivienda sigue siendo un problema sin solución, los jóvenes ejercen de becarios infrapagados hasta los treinta y tantos, la inmigración ilegal y tolerada ha hundido los salarios de muchos trabajadores (nadie puede competir con la explotación), el mileurismo es algo así como el único horizonte posible de la vida, nadie pone freno a los estragos laborales de la globalización… Y con todo eso enfrente, la izquierda española, en vez de protestar, en vez de defender a los que supuestamente son “los suyos”, se dedica a hacer la ola cada vez que Zapatero zapateriza. ¿Han perdido el juicio?

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Han perdido algo peor que el juicio: han perdido el sentido de su función, han perdido su razón de ser. La izquierda, en la Europa próspera de la posguerra mundial, se había atribuido una misión: repartir –más precisamente: repartir la riqueza que generaba la derecha. Puede parecer una simpleza, pero ese ha sido el horizonte de la socialdemocracia europea desde el congreso alemán de Bad Godesberg, y ese fue el aliento con el que se instituyó el llamado Estado del Bienestar. A partir de ahí, se edificó un monstruo distributivo siempre aquejado de gigantismo burocrático, pero al que hay que reconocer el mérito de haber contribuido a resolver la cuestión social por vías democráticas y pacíficas. Puede parecernos algo insuficiente si lo vemos con ojos de hoy; no lo es si nos ponemos en la perspectiva de los años anteriores.
 
Después, como es bien sabido, el Estado del Bienestar se colapsó. Era demasiado caro. Nada salía bien. Terminaba creando pobreza, y así ya no había nada que repartir. Recordemos que en España, en 1996, el Estado confesó la quiebra de la Seguridad Social. Era el mismo proceso que se había vivido antes en otros países. En la órbita anglosajona, las mal llamadas “revoluciones conservadoras” (Reagan, Thatcher, todo eso) habían demostrado que el bienestar podía garantizarse sin que el Estado metiera las narices por medio, y que incluso era más eficaz a la hora de hacer que cada vez más gente pudiera tener más riqueza. Si el Mercado podía garantizar el bienestar, ¿para qué hacía falta el Estado? El problema era que el Mercado, a partir de un cierto grado de expansión, terminaba olvidándose de la gente; quien no se hubiera subido a tiempo al carro, quedaba fuera de juego, expulsado de la comunidad.
 
La izquierda –y, ojo, la derecha- identificó bien el problema, pero ¿qué alternativa proponer? El recurso al Estado quedaba prohibido: caro, inoperante y, además, incompatible con la atmósfera de la globalización. La idea de un Estado-interventor que ajustara precios y salarios resultaba inconcebible, y más en una economía desnacionalizada como la europea. Los sindicatos, transformados en auxiliares burocráticos del sistema, raramente iban a proponer una mutación del statu quo. La cuestión social, que había sido tradicionalmente el campo propio de la izquierda, le quedaba enajenada. Difícilmente volveríamos a ver a los líderes obreros al frente de las masas populares; porque ni las masas tenían ya conciencia de ser populares, ni los líderes tenían nada de obreros.
 
El señuelo de la revolución sentimental
 
Y en ese vacío de política real de izquierdas, en esa incapacidad para la transformación socioeconómica, ¿hacia dónde dirigir los pasos? Ellos se enfadan mucho cuando se lo dices, pero lo cierto es que la izquierda –sobre todo la española, pero no sólo ella- se ha convertido en una izquierda sentimental: ha desplazado su horizonte desde la reivindicación social concreta –salarios, subsidios, etc.- a la reivindicación social abstracta –emancipación moral, tolerancia sexual, liberación afectiva, revancha histórica. Incapaz de cambiar las “condiciones objetivas” del sistema (es lenguaje marxista, ¿recordáis?), la izquierda se lanza con increíble energía a trastornar sus condiciones subjetivas, contando con la anuencia pava de una derecha que, en general, se siente perdida cuando no se habla de dinero. Y aquí, en este continente de lo afectivo, lo moral, lo sexual, la izquierda avanza sin obstáculos, entre otras cosas porque todos ellos habían sido ya aplanados por el Mercado –ese mismo Mercado en el que la derecha creía encontrar la salvación. El “efecto Zapatero” sólo puede entenderse en este contexto.
 
¿Ha vencido la izquierda? Quizá sí, pero a costa de renunciar a lo que realmente es. Hoy, en España, decirse “de izquierdas” ya no significa nada en el plano estrictamente político y social, menos aún en el plano económico. La situación socioeconómica de España, hoy, después de cuatro años de zapaterismo, es básicamente la misma que en 2004, después de ocho años de aznarismo, sin otra diferencia que un peor control de los datos técnicos. Repitamos el cuadro: baja el poder adquisitivo de la gente, el problema de la vivienda permanece, la precariedad laboral de los jóvenes se prolonga hasta mucho más allá de la edad juvenil, la inmigración ha roto el mercado en los trabajos no cualificados y ha perjudicado notablemente a muchos trabajadores, el mileurismo es algo así como el único horizonte posible de la vida, nadie pone freno a los estragos laborales de la globalización… ¿Y qué hace la izquierda?
 
Lo decía José Vicente Pascual en un estupendo artículo de su blog en este periódico: mientras todo eso pasa, la izquierda está entretenida con los matrimonios homosexuales, la educación para la ciudadanía y la memoria histórica. Zapatero les ha convencido, al parecer, de que eso es la izquierda, y nada que tenga que ver con reivindicaciones económicas y sociales, es decir, nada que tenga que ver con… la izquierda.
 
Nos encantaría que en España hubiera una izquierda capaz de proponer alternativas serias al modelo económico vigente. Por desgracia, la izquierda española del zapaterismo está ausente, o ya digo, cautiva. Los ricos son cada vez más ricos. Los demás, cada vez más pobres. Eso sí: todos, unos y otros, son de izquierdas.

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