La catedral de León

Sin León no hubiera España…y sin España no habrá León

¿De qué valdría ser comunidad autónoma de una nación descompuesta y de un Estado desnacionalizado?

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Sin León no hubiera España, proclama el himno de León en su primer verso. Y sin el leonesismo actual a España le faltaría otra expresión más de idiotismo político.

Un clásico popular de las identidades regionales, hoy arteramente fagocitado por el PSOE local y enarbolado por el partido bisagra vernáculo (UPL), el leonesismo ha reaparecido en los medios nacionales a raíz de la moción a favor de la creación de una autonomía para la Región Leonesa celebrada en la Diputación Provincial el pasado miércoles 26 de junio de 2024.

Si el himno de León contiene desde su primer verso una vocación hispánica cuya primogenitura se reivindica e, implícitamente, remite a una misión de continuidad, la lógica del particularismo regional inane –aunque no caiga aún en el separatismo antinacional y sus bases mayoritariamente crean en su carácter limitadamente regionalista—es ilustrativa de una tendencia más amplia de ocultación de la nación común y de distracción reivindicativa (como las españas vaciadas, los inmediatistas sorianos, los existencialistas turolenses y demás candidatos habitualmente dispuestos a favorecer mayorías de progreso coordinadas por el partido preponderante del régimen a cambio del mismo estancamiento y de mayor victimismo).

Hay que empezar por negar malentendidos y evidencias falaces. No hay que dejarse impresionar por las palabras que evocan supuestos consensos, pretendidas transversalidades o adhesiones de conformismo amplio. El leonesismo, dados sus recientes promotores oportunistas y sus acostumbrados representantes profesionales, no es hoy ni la causa que defiende los intereses de los leoneses, ni la sensibilidad que recoge fielmente el significado de una pertenencia colectiva, ni un movimiento de ideas con alguna creatividad reseñable y no subvencionada. Tampoco es el canal exclusivamente legitimado por el que pueda expresarse un malestar social respecto de situaciones administrativas y redistributivas injustas o de un encaje institucional visto como deplorable.

No hay que conceder a lo que se hace pasar por leonesismo ningún monopolio sobre la idea de León, sobre su alcance y sobre el tipo de soluciones que pueda ofrecer a problemas de escala local y regional. Sobre los desafíos que todos los españoles tendrán que afrontar conjunta e impostergablemente en un futuro próximo, poco podrán aportar la ceguera voluntaria y la inhibición minimalista.

El leonesismo genérico ha acabado por ser un modo de quejarse, el reflejo de una impotencia y un estado de opinión difundido y, por tanto, parasitable electoralmente. Consecuentemente, a él se han apuntado, en distintas épocas y con diversa intensidad, los partidos mayoritarios (PP y PSOE). En este cambalache de pluralidad partitocrática, ha participado también la bisagra vernácula, asistente variable –a veces variante asistida en municipios no capitalinos— para la obtención de alcaldías, colocación de afines y reparto de cargos.

 

Como en otros territorios en que, para no habitar en lo irrespirable, quien quiera acceder a la palabra pública ha de alinearse preliminarmente con los tópicos impuestos por el llamado consenso catalanista o vasquista (ilegítimas apropiaciones monopolistas de lo catalán y lo vasco, ideológicamente distorsionadas y plegadas suicidamente a las modas que la globalidad marque en cada momento), el leonesismo ha logrado ser inmune a la crítica entre muchos leoneses. Al tratarse, por el momento, de una traducción del secesionismo a términos autonomistas, es cierto que no se dan parecidos niveles de atosigamiento y saturación, pero sí se produce una aceptación frecuente de sus lugares comunes como mínimo discursivo aceptado sin tasa. Son dinámicas de comodidad ambiental: es fácil sentir que discurres a favor de la corriente masiva y que el argumentario predominante te otorga la condición de víctima, excusando toda ineptitud propia y sólo viendo culpas vecinas y responsabilidades ajenas.

Se podría decir que el leonesismo actúa o pretende actuar como una especie de regionalismo peneuvista aspiracional, es decir, como un micropeneuvismo que restringe el horizonte político de los leoneses a un destino autonomista, haciéndoles caer así en un desconcertante cretinismo autonomista que, en lugar de permitirles criticar el inefectivo Estado autonómico en su conjunto, les lleva a reivindicar una nueva reproducción del mismo, teniendo por meta introducir en su dinámica de división otra subdivisión y fraccionar la fragmentación.

Ahí están los mayores desatinos del leonesismo o sus distorsiones más imperdonables: reconduce la desafección legítima que produce un modelo de desorganización del Estado al redil de reivindicaciones particularistas de tipo autonomista (¡la creación de una comunidad autónoma como panacea institucional y llegada a la tierra prometida!); promueve la ceguera hacia el hecho nacional en la medida en que se persigue la autonomía por ser considerada la mejor herramienta para relacionarse ventajosamente con el Estado chantajista/chantajeable (las distintas partes de la nación deberían hacer abstracción del conjunto, centrarse mezquinamente en sí mismas ya que “mira cómo hacen caso a los vascos porque votan a una cosa de allí”…, de modo que lo que debiera suscitar rechazo acaba por ser ejemplar y el esquema que debiera ser combatido y revertido termina siendo el modelo que hay que reproducir a la escala correspondiente); inculca una visión políticamente miope al suprimir, por afán de cosmética biempensante y transformismo ideológico adaptativo, todos los temas en que se dirimen cuestiones de civilización y problemas de largo alcance.

En este sentido, ¿qué tiene que decir el leonesismo respecto de las transformaciones demográficas en curso que no sean prédicas de armonismo feliz, multiculturalismo homologado y tolerancia obligatoria? ¿Sería capaz de sustraerse a algún consenso del progresismo transnacional y de la ideología del telediario/ Netflix/ OTAN/ UE?. ¿Se puede entender algo de las líneas de fractura existentes en nuestro continente cuando porcentajes significativos de una población conciben como motivo determinante de su ser político la creación de una nueva comunidad autónoma sin que haya ningún cuestionamiento de la fragmentación estatal y de la reducción de la propia nación, entre humillaciones simbólicas y corrupciones impunes, a cáscara hueca? ¿Qué tipo de defensa de la identidad y del arraigo cabe reconocer hoy en un fenómeno que, confundiendo estructuras defectuosas con compatriotas, acaba haciendo de la detestación de Castilla y lo castellano bandera de incitación sin ofrecer más fundamentos doctrinales que interpretaciones historicistas medievalizantes malversadas al servicio de la causa autonomista y del narcisismo de las pequeñas diferencias?

Evidentemente, el leonesismo no es un caso único, sino una de tantas expresiones de la tendencia neocantonalista por la que se desvían, se invalidan o se disuelven energías que precisamente sólo tendrían sentido y valor, como el propio devenir de León y de las demás regiones y provincias, en función de esa realidad política superior, históricamente operante, de efectos universales y signo afirmativo que es España.

¿De qué valdría ser comunidad autónoma de una nación descompuesta y de un Estado desnacionalizado? ¿Qué sentido tiene haber sido raíz y abolengo de la monarquía hispánica, gema de la que germinó un Imperio generador, para acabar aspirando a taifa del 78 (imagen no sólo del apocamiento geográfico sino pertinentemente alusiva a mutaciones más trascendentes)?

Porque, en efecto, sin León no hubiera España…pero sin España no habrá León.

 

   

 

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