Portada de la nueva edición, revisada y aumentada, de 'El abismo democrático', de Javier Ruiz Portella, que se publicará a comienzos de 2024

Los mausoleos de Dios

"¿Que dónde está Dios? —preguntó de repente el loco—. Yo os lo voy a decir: ¡lo hemos matado, vosotros y yo!”

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El loco había bajado a la plaza pública aquella mañana. Llevaba en sus manos una lámpara encendida, metáfora física de su palabra desvelada. El loco buscaba a Dios ante la mueca burlona de los que allí estaban. “¿Que dónde está Dios? —preguntó de repente—. Yo os lo voy a decir: ¡lo hemos matado, vosotros y yo!”. Desde aquella mañana, un grito helado recorre Occidente: “¡Gott ist tot!” (“¡Dios ha muerto!”) y por ello, quizás, la civilización occidental y cristiana se ha hecho hoy accidental y cretina. Los ríos ocultos que galvanizaban las potencias de Occidente se han secado en sus propios cauces.

“El loco” de Nietzsche constituye, quizás, una de las grandes e ignoradas homilías del último siglo, por profética y porque enfrenta al hombre al drama radical de su existencia. ¿Es Nietzsche propiamente un nihilista o intima al hombre a la difícil tarea de superar el nihilismo? Esa sentencia que reza: “Se desvalorizan los más altos valores, falta la meta, falta la respuesta al ¿por qué?”, ¿es arenga proselitista o alerta doliente?

El loco vuelve hoy a martillear con sus preguntas: ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar la línea del horizonte? ¿Quién ha desencadenado a la tierra de su sol? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿Qué juegos nos veremos obligados a inventar? Y el golpe persiste, y el hematoma habla, y el hombre vuelve a ingeniárselas para anestesiar la herida y aniquilar el vértigo.

Antes de volver a su ascética soledad, antes de hacer trizas contra el suelo a su propia lámpara —por aquello de “di tu palabra y rómpete en pedazos—, aquel loco penetró en numerosos templos entonando su Réquiem æternam Deo para luego dejar caer de sus labios su última gran profecía: ¿No son estas iglesias los mausoleos de Dios?”. Hoy, que Europa parece ser más un museo a cielo abierto que la cuna de la civilización, la palabra del ateo más ateo taladra nuestra conciencia religiosa.

Cuando promediando la pasada primavera española pude dar rienda suelta a mi sueño largamente anhelado de desandar la meseta castellana, entre notas apuradas, tomadas a vuelapluma de pueblo en pueblo, volvió a percutir en mi interior aquello de Nietzsche. Y aunque caí de rodillas ante la luz violácea de la Pulchra Leonina, aunque quedé extasiado ante la majestuosidad burgalesa, aunque gocé con la suntuosidad señorial de la catedral de Segovia o la dorada espiritualidad de la de Ávila, el bullicio de esa clase problemática de hombres llamados “turistas”, la indiferencia ante la línea divisoria entre el espacio sacro y el profano terminó abortando toda hierofanía, toda presencia viva de Dios. Aquel Dios del que hablaban mis abuelos, aquel que gusta esconderse entre los pucheros —como decía Teresa la Grande-, parecía habitar con íntima presencia en otros sitios: en el despojo sepia del románico palentino, en la penumbra interior de Nuestra Señora de La Antigua en Valladolid, en la piedad cartuja de Miraflores o en el silencio olvidado de San Pedro Apóstol, en Mucientes, cuando Gloria nos abrió el templo una mañana de fines de mayo, antes de llevarnos de viaje al interior de la tierra castellana para auscultar los secretos del vino.

Isaías descubrió a Dios en la leve brisa cuando esperaba hallarlo en la grandilocuencia del temporal. Quizás, el eclipse de lo sagrado encuentre el revés de su trama en la sencillez de las comunidades vivas, como hemos experimentado en Piña de Esgueva o en Santa Eufemia del Arroyo, por ejemplo, un verdadero totus tuus latente y operante. El liberalismo no es pecado por mojigatería, sino porque pone el proyecto individual por sobre el bien común. El bolchevismo hizo de los templos sus blancos de desguace, la teología de la liberación los convirtió en bailes, pero el liberalismo financió gradualmente sus profanas exequias.

El loco, ya lejos de aquella plaza, volvió a reflexionar a solas: “He venido demasiado pronto, este acontecimiento está aún en camino, el relámpago y el trueno necesitan tiempo”.

Nietzsche pronosticó doscientos años de nihilismo, pero los tiempos se han acelerado y llueve hace mucho sobre los mausoleos de Dios.

 

 

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