Antagonismo y agonalismo

Homo agonalis

21 de agosto de 2015

Agon, procedente del griego antiguo, significa lucha, contienda, adversarios.¿Será casualidad que la pequeña patria de este colaborador sea Aragón, de la antigua tribu de los aragones, gentilicio formado por "ara" (altar) y "agones" (juegos)?

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«La Nueva Derecha tiene un temperamento profundamente agonal y en ello se distingue tanto de la vieja derecha como de la vieja izquierda. No entra en sus cálculos sustituir el monólogo de ayer por otro. Estima a aquellos de sus adversarios que tienen algo de estimables, no a pesar de ser sus adversarios, sino precisamente por serlo. Por eso desea, a la vez que su propio reforzamiento, el nacimiento y desarrollo de una Nueva Izquierda con la que poder empeñarse a fondo en un debate verdaderamente fecundo.»
Alain de Benoist
Agon, procedente del griego antiguo, significa lucha, combate, contienda, desafío, disputa entre adversarios, término del que se derivarán los juegos públicos agonísticos en honor al dios Jano o al dios Agonio. Nuestra “Irreal Academia Española” define agonal como relativo a la lucha y al combate, sean éstos corporales o intelectuales. ¿Será casualidad que la pequeña patria de este colaborador sea Aragón, de la antigua tribu de los aragones, gentilicio formado por ara (altar) y agones (juegos)? Y quizás sea precisamente por ello, o quizás no, que me propongo utilizar estos juegos de palabras para hablar del proto-agonista (el primero en combatir).
Se trata de la recuperar la dialéctica de Carl Schmitt amigo/enemigo y la distinción entre enemigo (inimicus), como adversario, del contrario hostil (hostis). Esto significa que, desde nuestra ideología agonal, no se verá en el oponente un enemigo a batir, sino un adversario de legítima existencia, al que debe tolerarse, combatiendo eso sí, con vigor, sus ideas, pero defendiendo, al mismo tiempo, su derecho a defenderlas. El enemigo hostil, entonces, seguirá siendo, para siempre, aquel que cuestiona las bases de esta relación agonista y que se resiste a entrar, en igualdad de condiciones, en el debate.
Distinguimos, de esta manera, entre antagonismo (relación con el contrario hostil, al que debe atacarse y eliminarse) y agonalismo (relación con el adversario legítimo y digno de entablar combate dialéctico, dialógico, debate en suma), porque el enfrentamiento agonal, lejos de representar un peligro para el orden, es en realidad la condición misma de su existencia, de la necesaria tensión conflictual entre el consenso y el disenso. Se trata de establecer la distinción identitaria nosotros/los otros, sin renunciar al pluralismo agonalístico ni destruir la esencia de la asociación política. Y ello sólo puede conseguirse estableciendo un vínculo de mínimos (el bien común, el interés de la comunidad por encima del individuo), de tal forma que se reconozca al enemigo político la condición de oponente legítimo, de contrario natural, como adversario y no como elemento hostil e irreductible. Es el democrático y radical modelo adversarial.
Expresada en términos heideggerianos, la política correspondería al nivel óntico, mientras que lo político se situaría en el nivel ontológico. Algunos pensadores, como los de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt (Jürgen Habermas) conciben lo político como un espacio público de libertad, igualdad y deliberación, mientras que otros, como los de la Escuela de pensamiento ND (Alain de Benoist), lo consideran un espacio de poder, conflicto, antagonismo y agonalismo. Chantal Mouffé, desarrollando la tesis dialéctica de Carl Schmitt, escribía: «concibo lo político como la dimensión antagonista constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo la política como el conjunto de prácticas e instituciones mediante las cuales se crea un determinado orden, una organización de la coexistencia humana en un contexto de conflictividad derivada de lo político».
Sin embargo, el abandono de la lucha política entre las antaño posiciones antagónicas de la derecha y de la izquierda aunque este ponente, al igual que Bobbio, pero desde otra argumentación, considera que todavía existe esa dicotomía ideológicay el desplazamiento hacia un centro transversalizado por el liberal-libertarismo (reductio ad liberalismun, como propone Esparza), parece haber disuelto la constitución de fuertes y diferenciadas identidades colectivas, en un plano político-ideológico. El antiguo enemigo antagonista no se ha convertido en un adversario agonalista, sino en un mero competidor cuyo lugar se trata simplemente de ocupar, pero sin un auténtico enfrentamiento, sin combate, sin debate, sin conflicto.
Las mismas bases de la democracia dialógica (distinta de la participativa y de la deliberativa) quedan así destruidas en beneficio del espectáculo electoral, lo que, al final, implica su incompatibilidad con el pluralismo (entendido éste como diversidad y contraposición de estilos y visiones del mundo, no como pluralidad de opciones políticas), algo innato a la cultura europea desde sus orígenes griegos: la democracia no puede existir cuando los agentes políticos se presentan como propietarios o representantes de los fundamentos de la sociedad, excluyendo al resto de los agentes que no aceptan esos fundamentos; sólo es posible, cuando esos agentes, todos, reconocen el carácter particular y limitado de sus reivindicaciones y aceptan la confrontación con otros agentes disconformes o disidentes.
Esto es algo que sólo comprenden los críticos del racionalismo el universalismo y el igualitarismo, mientras que es rechazado por los defensores del humanismo y el democratismo, incapaces de comprender el desafío permanente como manifestación del antagonismo/agonalismo político, porque sueñan con una sociedad en la que reine la armonía, la hegemonía y la conciliación, sin sitio para el rol constitutivo de la división y el conflicto, un lugar en el que predomine, sin discurso ni discusión, la univocidad y la unilateralidad del debate democrático. Es el totalitario y libertario modelo consensual.
En definitiva, no se trata de mantener el antagonismo bajo la simplista fórmula amigo/enemigo (en el que cada agente percibe al otro como hostil, ilegítimo y amenazante), ni de eliminar el antagonismo y de sustituirlo por un consenso racionalista (en el que los otros agentes son reducidos a meros competidores), sino de transformar el antagonismo en agonalismo, en reconducirlo a las formas del modelo adversarial, conflictual, del disenso plural, una confrontación dialógica, real e incruenta, que se desarrolla bajo el imperio de la aceptación, precisamente, del derecho de los otros a defender sus ideas, respetables, no por el mero hecho de ser ideas, sino precisamente por la posibilidad de debatirlas y confrontarlas con las propias.
Del mismo modo que nosotros defendemos el derecho a la diferencia y a la diversidad, hacemos lo propio con el derecho a la disidencia y a la conflictividad.

 

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