Una obra de "arte (sic) contemporáneo"

El mal de nuestro mundo, ¿es la falta de prosperidad… o de belleza?

12 de septiembre de 2020

La belleza, ese asunto difícil de definir, indefinible en realidad. La belleza, esa luz clara y oscura que envuelve las cosas, ese estremecimiento  que te desasosiega y te embelesa, te pellizca las tripas y te muerde el alma.

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 A raíz de la creación por parte de Vox de la Fundación Disenso, nuestro colaborador Fernando Sánchez Dragó comentaba el otro día en estas mismas páginas los objetivos que, según el diario El Mundo, persiguen los creadores de Disenso: «disentir y forjar un nuevo consenso en torno a la libertad, la prosperidad, la igualdad, la reivindicación de España como nación y el fortalecimiento de la iberoesfera».

Encomiables objetivos. Nada que objetar: los suscribo todos. Pero en la lista falta uno, y es fundamental. Falta la belleza. No se rían, por favor. Ya sé que lo que acabo de decir es totalmente chusco, incongruente, ridículo incluso. Pretender incluir la belleza en una lista de objetivos políticos…, ¡a quién se le ocurre, por favor!

Lo que ocurre es que aquí no se trata de cuestiones políticas, sino metapolíticas;

Aquí no se trata de librar una batalla política, sino de emprender una gran guerra cultural

aquí no se trata de librar una batalla política, sino de emprender una gran guerra cultural. Y si nos situamos en este terreno, ahí sí tiene todo su sentido que en el mundo reine o esté depuesta la belleza. Es más, se convierte en cuestión fundamental.

La belleza… Vayamos sin embargo con cuidado, porque la palabra es traicionera. La pobre está tan envuelta de carga estetizante que lo que estoy diciendo podría entenderse como un alegato a favor de que los museos se llenen, por un lado, de largas colas, y de una multitud de obras exquisitas y delicadas, por otro. Y no, no se trata en absoluto de eso. Se trata de otra cosa.

La belleza, ese asunto difícil de definir, indefinible en realidad. La belleza, esa luz clara y oscura que envuelve las cosas, ese estremecimiento  que te desasosiega y embelesa, te pellizca las tripas y te muerde el alma cuando te topas con ella: con la belleza de la obra de arte y de la obra de la naturaleza, en primer lugar. Pero no sólo con ella ni mucho menos. La belleza —eso que, para entendernos, llamo «belleza»— más que su plasmación en obras es el aliento del espíritu que, difuso por el mundo, embebiéndolo todo, las posibilita; es ese fervor sagrado —«sagrado» porque está fuera de cualquier dominio o control— en el que baña el ser de todo un pueblo. Es ese tener oscuramente conciencia de que, más allá de las utilidades y actividades del cotidiano vivir, más allá de «la prosperidad y la libertad» de la que hablábamos antes, hay algo misterioso y maravilloso que preside la vida de los hombres y la marcha del mundo.

Y ese «algo» que no  es Dios, que va mucho más allá de Dios y de la religión. es lo que ha desaparecido de entre nosotros

Y ese «algo» —«algo» que no  es Dios, «algo» que va mucho más allá de Dios y de la religión— es lo que ha desaparecido de entre nosotros. Lo que ha dejado de latir en nuestra alma y de fluir en el mundo es ese sentimiento de lo misterioso y maravilloso, ese sentimiento de que hay algo —y algo fundamental— que va más allá de lo útil, lo práctico, lo funcional… De lo económico, por usar el término con el que los hombres de hoy nombran a Dios.

De todo ello —de toda esa desaparición— se derivan mil consecuencias. Y consecuencias catastróficas. Porque ahí, en este páramo en el que la vida se vacía de sentido y de grandeza, es ahí donde germinan todos los delirios de  la ideología de género e ideas afines (guerra de sexos, animalismo, veganismo y un largo etcétera). Y es ahí donde, sin tierra para que la belleza fructifique, crece, y no puede sino crecer, la fealdad.

Doble fealdad. Por un lado, la que expande el único «arte» de toda la historia —«arte contemporáneo», lo llaman— que, escupiendo manchas, borrones y garabatos sobre lo bello, rinde culto a lo feo.

Y la otra fealdad. La que, acompañada de lo anodino y vulgar, nos invade por todas partes y a todas horas. En nuestras casas y ciudades, en nuestras calles, en los campos y playas que nuestras moles devastan. Y nadie siquiera lo ve, todos se encogen de hombros, nadie protesta, nadie alza la voz (o tan poco...). Pero no nos equivoquemos, no se trata tan sólo de la ausencia de suntuosos palacios, de fervorosos templos, de egregios monumentos… (hablo de los de hoy, no de los restos que aún quedan de ayer). Se trata también de la ausencia de la belleza sencilla, pequeña, íntima, esa que envolvía antaño hasta a las más sencillas y humildes moradas. Basta, para constatarlo, visitar cualquiera de los «pueblos medievales con encanto» que reseña cualquier guía turística y saber que a nadie se le ha ocurrido ni se le puede ocurrir editar una guía de los pueblos o ciudades contemporáneos con encanto.

Pueblos, ciudades y viviendas que antes estaban llenos de encanto... y de incomodidades y miserias sin cuento, dirá alguien —y tendrá toda la razón. Porque éste es el problema. El drama, para ser más exactos: el de nuestro tiempo, el de una época capaz de haber alcanzado una prosperidad material sin parangón en toda la historia y una miseria espiritual (salvo por lo que a la alta ciencia se refiere) también sin parangón en toda la historia.

¿Se puede acabar con semejante absurdidad? ¿Se pueden conjuntar el aliento espiritual y el bienestar material? ¿

Es posible aunar belleza y prosperidad? Sí, se puede; sí, se debe

Es posible aunar belleza y prosperidad? Sí, se puede; sí, se debe. Es más, en ello estriba el gran tema de nuestro tiempo, que diría Ortega. Un tema o una tarea capaz, por lo demás, de concitar —sigamos con Ortega— el más sugestivo de los proyectos en común.

Es posible y necesario conjuntar en el mundo belleza y prosperidad. Pero para ello hace falta, en primer lugar, plantearse abiertamente la cuestión. Y para plantearse tal tipo de cuestiones es por lo que ha visto precisamente la luz, si «la batalla cultural» va realmente en serio, un proyecto tan sugestivo también como el de Disenso.

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