Una obra de "arte (sico) contemporáneo"

El mal de nuestro mundo, ¿es la falta de prosperidad… o de belleza?

La belleza…, ese asunto tan difícil de definir, indefinible en realidad. La belleza…, esa luz clara y oscura que envuelve las cosas, ese estremecimiento  que te desasosiega y te embelesa, te pellizca las tripas y te muerde el alma.

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 A raíz de la creación por parte de Vox de la Fundación Disenso, nuestro colaborador Fernando Sánchez Dragó comentaba el otro día en estas mismas páginas los objetivos que, según el diario El Mundo, persiguen los creadores de Disenso: «disentir y forjar un nuevo consenso en torno a la libertad, la prosperidad, la igualdad, la reivindicación de España como nación y el fortalecimiento de la iberoesfera».

Encomiables objetivos. Nada que objetar: los suscribo todos. Pero en la lista falta uno, y es fundamental. Falta… la belleza. No se rían, por favor. Ya sé que lo que acabo de decir es algo totalmente chusco, incongruente, ridículo incluso. Pretender incluir la belleza en una lista de objetivos políticos…, ¡a quién se le ocurre, por favor!

Lo que ocurre es que aquí no se trata de cuestiones políticas, sino metapolíticas;

Aquí no se trata de librar una batalla política, sino de emprender una gran guerra cultural

aquí no se trata de librar una batalla política, sino de emprender una gran guerra cultural. Y si nos situamos en este terreno, ahí sí tiene todo su sentido que en el mundo reine o esté depuesta la belleza. Es más, se convierte en cuestión fundamental.

La belleza… Vayamos sin embargo con cuidado, porque la palabra es traicionera. La pobre está tan envuelta de carga estetizante que lo que estoy diciendo podría entenderse como un alegato a favor de que los museos se llenen de largas colas, por un lado, y de una multitud de obras exquisitas y delicadas, por otro. Y no, no se trata en absoluto de eso. Se trata de otra cosa.

La belleza…, ese asunto tan difícil de definir, indefinible en realidad. La belleza…, esa luz clara y oscura que envuelve las cosas, ese estremecimiento  que te desasosiega y te embelesa, te pellizca las tripas y te muerde el alma cuando te topas con ella: con la belleza de la obra de arte y de la obra de la naturaleza, en primer lugar, por supuesto. Pero no sólo con ella ni muchísimo menos. La belleza —eso que, para entendernos, llamo «belleza»— más que su plasmación en obras es el aliento del espíritu que, difuso por el mundo, embebiéndolo todo, las posibilita; es ese fervor sagrado —«sagrado» porque está fuera del control conceptual o factual de quien sea— en el que baña el ser de todo un pueblo. Es ese tener oscuramente conciencia de que, más allá de las utilidades y actividades del cotidiano vivir, más allá de «la prosperidad y la libertad» de la que hablábamos antes, hay algo misterioso y maravilloso que preside la vida de los hombres y la marcha del mundo.

Y ese «algo» que no  es Dios, que va mucho más allá de Dios y de la religión. es lo que ha desaparecido de entre nosotros

Y ese «algo» —«algo» que no  es Dios, «algo» que va mucho más allá de Dios y de la religión— es lo que ha desaparecido de entre nosotros. Lo que ha dejado de latir en nuestra alma y de fluir en el mundo es ese sentimiento de lo misterioso y maravilloso, ese sentimiento de que hay algo —y algo fundamental— que va más allá de lo útil, lo práctico, lo funcional… De lo económico, por usar el término con el que hoy nombramos a Dios.

De todo ello —de toda esa desaparición— se derivan mil consecuencias. Y consecuencias catastróficas: las de nuestra propia hecatombe. Porque es ahí, en este páramo en el que la vida se vacía de sentido y de grandeza, donde germinan todos los delirios de  la ideología de género e ideas afines (guerra de sexos, animalismo, veganismo y un largo etcétera). Y es ahí, en este páramo, donde, sin tierra para que la belleza fructifique, lo que crece es la fealdad.

Doble fealdad. Por un lado, la fealdad que expande el único «arte» de toda la historia —«arte contemporáneo», lo llaman— que, con sus manchas, borrones y garabatos, escupe sobre lo bello y rinde culto a lo feo.

Y la otra fealdad. La que, acompañada de lo anodino y vulgar, nos invade por todas partes y a todas horas. En nuestras ciudades, en nuestras calles, en los campos y playas que nuestras moles devastan, en nuestras casas, en nuestro entorno cotidiano. Y nadie siquiera lo ve, todos se encogen de hombros, nadie protesta, nadie alza la voz (o tan poco...). Y no, no se trata tan sólo de la ausencia de suntuosos palacios, de fervorosos templos, de egregios monumentos… (hablo de los de hoy, no de los restos que aún quedan de ayer). Se trata también de la ausencia de la belleza sencilla, pequeña, íntima, esa que envolvía antaño hasta a las más sencillas y humildes de las moradas. Basta, para constatarlo, visitar cualquiera de los «pueblos medievales con encanto» que reseñan un considerable número de guías turísticas y saber que, como es lógico, a nadie se le ha ocurrido ni se le puede ocurrir editar una guía de los pueblos o ciudades contemporáneos con encanto.

Pueblos, ciudades y viviendas que antes estaban llenos de encanto... y de incomodidades, insalubridades y miserias sin cuento, dirá alguien —y quien lo diga tendrá toda la razón. Porque éste es el problema. El drama, para ser más exactos: el de nuestro tiempo, el de una época capaz de haber alcanzado una prosperidad material sin parangón en toda la historia y una miseria espiritual (salvo por lo que a la alta ciencia se refiere) también sin parangón en toda la historia.

¿Se puede acabar con semejante absurdidad? ¿Se pueden conjuntar el aliento espiritual y el bienestar material? ¿

Es posible aunar belleza y prosperidad? Sí, se puede; sí, se debe

Es posible aunar belleza y prosperidad? Sí, se puede; sí, se debe. Es más, en ello estriba —no me cabe la menor duda— el gran tema de nuestro tiempo, que diría Ortega. Un tema o una tarea capaz, por lo demás, de concitar —sigamos con Ortega— el más sugestivo de los proyectos en común.

Es posible y necesario conjuntar en el mundo belleza y prosperidad. Pero para ello hace falta, en primer lugar, plantearse abiertamente la cuestión. Y para plantearse tal tipo de cuestiones es por lo que ha visto precisamente la luz, si «la batalla cultural» va realmente en serio, un proyecto tan sugestivo también como el de Disenso.

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