La lenta agonía del Régimen

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Desde luego, es cierto que los dioses ciegan a quienes quieren perder; parece mentira que nuestra casta dirigente siga cerrando los ojos a una realidad que no les gusta y que prefieren disimular con su tropilla de bufones mediáticos y académicos, con negaciones de lo evidente y con una fuga hacia adelante frente a una realidad incómoda, ésa que cada vez descompone con más vigor los hoy muy endebles fundamentos del Régimen del 78.

La revuelta de los privilegiados

Lo que está sucediendo en Cataluña con fuerza y en el País Vasco, Valencia, Navarra y Baleares con menor intensidad, forma parte de un fenómeno típico de toda sociedad en descomposición: la revuelta de los privilegiados. Igual que el duque de Orleans y los parlamentos se enfrentaron a Luis XVI en la Asamblea de Notables de 1787, igual que los grandes duques, los caciques de la Duma y los generales destituyeron a Nicolás II en 1917, hoy nos encontramos con que los estamentos regionales e ideológicos más privilegiados por el Régimen vigente, la Generalidad catalana y la izquierda, sacuden los cimientos de la Constitución política de España para alumbrar su sueño dogmático: una problemática "independencia" y una no menos conflictiva República (entendida ésta como el puro y simple monopolio político del Estado por los postmarxistas: un PRI a la española).

Sin embargo, ni la izquierda ni los separatistas tienen motivo de queja alguno contra un Régimen extremadamente débil, que ha aprobado todas las dejaciones de la soberanía nacional frente a los caciques periféricos, que deposita la ortodoxia ideológica en los soviets de la izquierda más radical, que hace doctrina de Estado, y por lo tanto derecho positivo, de las ensoñaciones dogmáticas más delirantes del consenso progre y donde, desde 1982 como mínimo, no ha surgido la menor contestación ideológica al monopolio intelectual de las sectas feministas, ecologistas, separatistas, de género, animalistas, veganas y demás. Es decir,

Los que más alborotan hoy son los dueños del país.

los que más alborotan hoy son los dueños del país, tienen de rodillas a reyes, jueces y obispos y rapiñan de nuestros tributos verdaderas morteradas de dinero público para financiar todo tipo de chiringuitos ideológicos de dudosa o nula utilidad. Además, como las lettres de cachet del Antiguo Régimen, que permitían a su propietario encarcelar a quien quisiera, las fuerzas de izquierdas pueden linchar mediática y jurídicamente a todo aquel que se oponga a sus designios o pronuncie alguno de los términos tabú que pueden dar con los huesos de uno en la cárcel por un quimérico delito de "odio", simple coartada jurídica para empapelar a los opositores que se van un poco de la lengua.

Hace casi veinte años que vivimos bajo la dictadura progre. Hace ya dos décadas que las libertades de prensa, de cátedra y de pensamiento sólo son válidas para los que se limitan a rumiar los dogmas de la aburrida, cursi y mojigata corrección política. El ciudadano, a través de los medios de comunicación, se ve sometido a una catequesis estaliniana en series, películas, documentales pretendidamente "objetivos", libros, comics y hasta videojuegos. Hace cuatro lustros que los predicadores de la superioridad moral nos advierten de la perversión que supone pensar algo distinto de lo que ellos pregonan y de los castigos que nos esperan por hacerlo. Les regalan televisiones, radios, periódicos, observatorios, direcciones generales, fundaciones, museos, cátedras y demás bicocas, todo ello pagado con mordidas del tres por ciento, con limosnas venezolanas e iraníes y con los impuestos confiscatorios de todos los españoles, incluidos, por supuesto, los de aquellos que no pensamos como ellos. Su gasto político e ideológico es uno de los más evidentes males de la patria. Y van los tíos y se quejan...

La necesidad de un enemigo

Toda esta crisis nacional tiene sus raíces en la rendición incondicional del Estado frente a la izquierda y el separatismo. Como los nobles y el clero, los estamentos privilegiados del Régimen actual, acostumbrados al chantaje y la extorsión frente a los gobiernos débiles, miopes, acomplejados y cobardes de los últimos cuarenta años, se han acabado embriagando con la droga sin cesar suministrada por los viles ocupantes de la Moncloa. Esa adicción les hace exigir cada vez dosis más fuertes de poder, y ha llegado un momento en que el dealer monclovita ya no tiene más mercancía capaz de saturar el vicio del adicto. Porque, la verdad sea dicha, ya no cabe entregar nada más sin destruir la estructura política del Estado. Por una parte, al separatismo sólo le queda la independencia como única carnaza que ofrecer a una radicalizada opinión que ellos mismos han alimentado durante cuarenta años. Por otra, a la gauche caviar le pasa más o menos igual: cuatro décadas de adoctrinamiento en los dogmas de la extrema izquierda algún efecto de radicalidad va a tener entre la masa de tarugos que se los creen.   

Desde que las cesiones ante el separatismo se hicieron la norma, es decir, desde los años ochenta, el número de independentistas ha crecido, alimentado por las capitulaciones de los gobiernos centrales. Cuantas más leyes de género discriminatorias y liberticidas se aprueban, más radicales se vuelven las izquierdas académicas y burguesas. Todo esto demuestra que la propia debilidad sólo sirve para estimular las agresiones de nuestros enemigos.

 Conviene no olvidar que hoy los millonarios son progres y que el comunismo se ha convertido en la ideología chic entre los ricos y famosos. Y las clases bajas tienden siempre a imitar a las altas. De esta manera, millonarios como los Bardem o la choni Rosalía marcan tendencia entre la masa de analfabetos funcionales que los veneran. En España no se puede llegar a nada en el mundo del espectáculo (la cultura de verdad es muy otra cosa) sin un certificado de ortodoxia marxista-leninista expedido en La Habana y visado en Galapagar.

Bueno, pues esta izquierda harta de privilegios, ahíta de subvenciones, empachada de poder, necesita de un enemigo para mantener en funcionamiento su agit-prop. En el separatismo lo tienen muy claro: España, que roba, oprime y castiga a las inocentes y cándidas oligarquías locales. En la izquierda, España no es un enemigo tan potente como el "fascismo", entelequia muerta en 1945 que los progres tratan desesperadamente de resucitar. En nuestro país ese enemigo tiene nombre y apellidos: Francisco Franco, chivo expiatorio y cordero que quita todos los pecados cometidos hasta el día de hoy por la oligarquía progre, incluyendo a sus socios de ETA, a los que proporciona un adecuado blanqueo con la Memoria Histórica. Pero Franco es un símbolo. Y los símbolos son muy importantes, más de lo que los cobardes que deberían oponerse a esta deriva creen. Al nombre de Franco van unidos la Iglesia, la Corona y el Ejército, instituciones en muy diverso estado de descomposición: la Iglesia se pasa con armas y bagajes al consenso progre, aun sabiendo que ni por ésas va a ser perdonada y que las iglesias españolas arderán en un futuro como ahora lo hacen las de Chile. Pero las órdenes de Roma son claras: las parroquias deben ser un anexo de las Casas del Pueblo. Y a Bergoglio nadie se atreve a desobedecerlo, los votos ligan mucho. La Corona cometió el pecado de defender la unidad del Estado cuando hasta el propio gobierno de Rajoy la había dado por amortizada. Su origen en la legitimidad del 18 de Julio, su ligazón con el pasado y su identificación con la continuidad de la patria, justo todo lo que la izquierda quiere eliminar, la condenan por mucho que se ponga de perfil. En cuanto al Ejercito, éste es el pueblo en armas, la síntesis de la nación, el depositario de una serie de valores y tradiciones incompatibles con nuestra izquierda aborigen: honor, virtud, valor, sacrificio, disciplina y patriotismo. Por suerte para los rojos,

España ya no tiene "Ejército", sino "Fuerzas Armadas": un conjunto de civiles uniformados.

desde que entramos en la OTAN España ya no tiene "Ejército", sino "Fuerzas Armadas", conjunto de civiles uniformados que sirven a la Constitución, a la ONU, a la perspectiva de género, al antimilitarismo y a cualquier cosa que se pueda uno imaginar menos a lo esencial: a España. El que en sus filas se alberguen excelentes ejemplares de la vieja estirpe no evita que los fines perversos dominen a la institución. Igual que sucede en la Iglesia, donde el buen padre Cantera poco puede frente a los Bergoglio y los Osoro. Aunque, sin duda, la Iglesia y la "Fuerzas Armadas" siempre serán, incluso a su pesar, depositarios de altas virtudes (un ejército sin disciplina, honor y patriotismo es una horda frentepopulista), las cabezas están podridas y nada cabe esperar por ese lado.

¿Qué hacer?

Con el aspecto que están tomando las cosas, está claro que no es para nada imposible que dentro de unos años España sea un batiburrillo de diecisiete cantones débilmente confederados, donde los separatistas vascos y catalanes tengan vara alta para hacer y deshacer a su antojo. A eso nos llevan las izquierdas y sus aliados periféricos con paso firme y constante. ¿República confederal o Monarquía de taifas? Cualquiera sabe. Pero ni la Corona, ni el Ejército, ni muchísimo menos la Iglesia, van a a servir de dique frente al diluvio que se nos puede echar encima mucho antes de lo que es de suponer; sólo nosotros podemos ser el dique. Las instituciones han desertado de sus obligaciones y es a los españoles a los que les corresponde defenderse por sí mismos, sin esperar nada de militares, curas, jueces o monarcas. Por tanto, es necesario articular una respuesta nacional frente a la agonía del Estado, frente a una situación revolucionaria en lo político y que puede llegar a serlo también en lo social. Nadie, salvo nosotros mismos, nos va a sacar de este atolladero.

VOX ha articulado esta respuesta política; pero, aunque acierta en muchas cosas, comete un error esencial: el origen de nuestros males está en la Constitución del 78. Si se pretende acabar con el caos autonómico, hay que modificar tan radicalmente el código constitucional que esta reforma equivaldría a la destrucción del orden vigente, por muy fiel a los procedimientos legales que se quiera ser. El Régimen del 78 se fundamenta precisamente en la fracturación de la autoridad del Estado, en su almoneda frente a los cacicatos periféricos. Y no sólo eso, habría que suprimir el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional y demás instituciones corruptas y podridas del sistema legal vigente. Es decir,

España necesita una revolución conservadora.

España necesita una revolución conservadora.

Será conservadora en los valores y la cultura, pero indudablemente revolucionaria en lo político y lo social; porque este sistema fracasado y en vías de agotamiento más daño y más perjuicios causa a la nación cada día y cada hora de su miserable y arrastrada supervivencia. Este Régimen sólo ha servido para beneficiar a la izquierda política; la derecha ha sido excluida de toda legitimidad y privada hasta ahora de toda expresión política. Nada nos mueve a defender un tinglado que se ha creado contra nosotros, contra nuestros valores, contra nuestra concepción del mundo y contra la propia tradición de España. La sana reacción que se está produciendo entre todas las capas sociales de nuestro país no se puede malbaratar en un mero apuntalamiento del actual estado de cosas, en evitar que se derrumbe una ruina que ni es nuestra ni nosotros la hemos provocado. Hay que aprovechar la infatigable labor de demolición del Estado que realizan las izquierdas y el separatismo para aceptar el combate y oponer al caos partitocrático de taifas un Estado de verdad, unitario y fuerte, de ciudadanos libres e iguales en todo su territorio, defensor de las clases medias y bajas frente a la plutocracia progre y de nuestra soberanía nacional frente a los poderes trasnacionales.  

Lo más divertido del caso es que la fuerza motriz de este movimiento no ha sido originada entre nosotros, sino desde las filas de los privilegiados de un Régimen al que ya deberíamos llamar "Antiguo". "Esto tiene mal arreglo", dicen los que creen que saben. Ojalá que no lo tenga. Ya es hora de que España celebre su 14 de julio, sólo que esta vez serán muy otras las cabezas que van a rodar.

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