Dominique Venner. El saludo de los jóvenes

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Porque la diferencia de edad nos ha hecho camaradas de sus hijos más que de él mismo, consideramos que el mejor homenaje que se le puede rendir es saludar la elección, resplandeciente de inteligencia y poderío, de su sacrificio.
Dominique Venner creía en la Historia. Sabía que la Historia se forja en torno a largas  y pacientes evoluciones, pero lo hace bien a menudo mediante la irrupción de lo imprevisto, de lo inesperado, del acontecimiento que lo enciende todo, precipita las cosas —en el sentido químico— para que un mundo antiguo dé paso a un nuevo orden por construir.
La segunda pasión de Dominique Venner era la paciente búsqueda del mejor efecto posible. Sin ilusionarse sobre la dureza de los tiempos, después de haber conocido la embriaguez de los combates, militares y luego militantes, trató a lo largo de toda su vida de pesar y ser útil en el mejor lugar, en el mejor momento, con las mejores armas políticas, intelectuales, estéticas o morales.
La elección de su muerte resulta, por ello, aterradoramente pertinente. Hecha a su imagen y semejanza. Ha escogido un acto puro, romano, sin miedo ni debilidad. Cualesquiera que sean los análisis mediáticos que se hagan, nada podrá ensuciar la desnudez y la pureza de su acto: en nuestro inconsciente abotargado de Viejos Europeos, esta muerte voluntaria nos sobrecoge con más fuerza de lo que nosotros mismos podemos creer. Nos recuerda el sentido de lo trágico, nos hace revivir todos estos momentos de la Historia en la que nuestros antepasados han tenido su propia vida en sus manos, tan lejos de las blandengues dulzuras de nuestros tiempos de niños mimados.
Dominique Venner ha escogido un lugar de excepcional fuerza evocadora. Un lugar simbólico de la Cristiandad, tan duramente maltratada desde hace tiempo, pero tan fuertemente despertada, estos últimos tiempos, gracias al arranque de estos centenares de miles de manifestantes que, a lo largo y ancho de Francia, defienden una cierta concepción de la civilización europea y cristiana sin ser necesariamente fervientes católicos. Un lugar laico también, pues Notre-Dame es la catedral de París, capital de Francia, lo cual permite que todos se identifiquen con ella, cualesquiera que sean sus opciones intelectuales, filosóficas, morales o religiosas.
También ha escogido un momento oportuno. Aquel en el que, en la estela de los grandes cortejos de la  Manifa para Todos,[1] jóvenes generaciones se despiertan al combate militante y a la defensa de sus valores, frente al silencio de los inmóviles, al desprecio de los medios de comunicación o a los engaños del Estado. Dominique Venner ha visto que estos jóvenes son un germen, una levadura, la vanguardia de una nueva generación de franceses y de europeos que, inconscientemente o no, tardíamente quizás, han decidido no abdicar del derecho a vivir sus vidas de hombres en la fidelidad a su identidad. Él, el observador de las batallas políticas a menudo demasiado estériles, comprendió que estos jóvenes tienen necesidad de señas, de ilustraciones, de símbolos. De algo que les hable a su Ser.
Ha escogido, en fin, la humildad. Su fama y la fuerza de su pluma habrían podido llevarle a escribir un nuevo breviario para jóvenes militantes, o un libro definitivo sobre su visión de la Historia y de nuestro futuro. Ha escogido dar una sola señal, un solo ejemplo. Al recordar que cualquier causa sólo es válida si el sacrificio último forma parte de sus opciones; al recordar que cualquier causa sólo es verdaderamente sagrada si la vida misma está comprometida en ella, ha ofrecido hoy la suya para que vivan, mañana, en el orgullo reencontrado, nuevas generaciones de europeos.
En este sentido, nosotros que no hemos compartido con Dominique Venner las pasiones de su juventud, nosotros que no tenemos, para consolarnos por su ausencia, los recuerdos de los combates del pasado, queremos decir hasta qué punto nos inclinamos ante la luminosa inteligencia de su última acción, sin duda la más política de sus últimos veinte años. No nos embarga el dolor. Nos sobrecoge la lucidez de su elección y la valentía de su acto. Lo que nos queda es la alegría de haberlo conocido suficientemente para comprender el poder de este acto y valorar la fuerza del efecto producido. Lo que ahora nos corresponde es mantenernos fieles y estar a la altura.


 

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