Extremadura, tierra de campo, tierra de toros

El toro de lidia no es una especie, sino una raza. Es la raza de las razas. Produzcamos más toros bravos y menos animalistas. Mejor nos irá.

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Desde la llegada de Vox al Gobierno de Extremadura, la oposición no hace más que embestir contra una consejería creada ad hoc: la defensa y mejora del medio rural, dentro del cual la tauromaquia juega un papel de primer orden.

Extremadura es campo y toros. Es la unión del elemento ecológico más sostenible —la dehesa— con el más bello de los animales, el toro de lidia. Sostenibilidad en estado puro. Y no ecologismo de salón o chiringuito político al servicio de los ecolistos, que de tontos ésos no tienen ni un pelo.

En España, siguiendo el ejemplo europeo, hemos tomado el triste camino de imponer las directrices de despacho a nuestro campo y a sus gentes: a ese mundo rural al que deberíamos venerar por ser pilar fundamental de nuestra soberanía alimenticia y del ecologismo con mayúsculas, el de toda la vida.

No hay mejor forma de conservar nuestro bioma que a través de la tauromaquia. Porque ésta es, ante todo, ecología. ¿Quién, sino el rey de la fiesta, el toro bravo, se iba a postular como soberano de nuestro más preciado ecosistema? El toro de lidia no es una especie, como muchos postulan, sino una raza. Es la raza de razas. Una raza que permite que más de medio millón de hectáreas de campo estén dedicadas a su crianza. Una de cada siete hectáreas en nuestro país está dedicadas a tal fin. Hectáreas de dehesas sostenibles, ya que acogen a esta noble raza a la par que cobijan otras especies en peligro de extinción como la cigüeña negra o el lince ibérico. La vivienda del toro, encinas y alcornoques, es la morada ecosostenible más antigua de la historia.

Además, el toro es el habitante más conservacionista de la dehesa. Gracias a su yantar con el belfo y su dentición inferior preserva la raíz de las praderas y las semillas caídas de los árboles. Por su hollaje del suelo previene el fuego en periodos de sequía. Por sus heces abona la tierra. Por su peligrosidad defiende el territorio de la invasión humana. Por su carácter depredador coexiste con otras especies no herbívoras. Sólo tolera en el muladar la presencia furtiva de carroñeros, y por el precio de su bravura mantiene y coopera en la rentabilidad ganadera. ¿Algún otro animal da tanto? Produzcamos más toros bravos y menos animalistas. Mejor nos irá.

 

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