El último libro de Diego Fusaro: 'El fin del cristianismo. La muerte de Dios en tiempos del mercado global y del papa Francisco'.

Diego Fusaro: «El “ateísmo líquido” del papa Francisco»

Probablemente sea Diego Fusaro (Turín, 1983) uno de los pensadores italianos más polémicos de la actualidad. Heterodoxo y ecléctico, anticapitalista y defensor del soberanismo, es contrario a la globalización, a la Unión Europea, al relativismo y a las teorías de género.

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Probablemente sea Diego Fusaro (Turín, 1983) uno de los pensadores italianos más polémicos de la actualidad. Heterodoxo y ecléctico, anticapitalista y defensor del soberanismo, es contrario a la globalización, a la Unión Europea, al relativismo y a las teorías de género, es autor de obras como Antonio Gramsci, la pasión de estar en el mundo (Siglo XXI, 2018) y El nuevo orden erótico. Elogio del amor y la familia (Ed. El Viejo Topo, 2022). Miguel Ángel Quintana Paz ha mantenido una larga conversación con él con motivo de la publicación de su último libro en italiano, El fin del cristianismo.

Fusaro argumenta en la entrevista que la Iglesia católica bajo la dirección del papa Francisco ha olvidado el valor de la verdad y de la trascendencia -en contraposición a su antecesor, Ratzinger, defensor de la tradición y de lo sagrado-, y corre el peligro de disolverse en la civilización de los mercados y de la cultura liberal-progresista. Afirma que la apertura al mundo emprendida por Bergoglio acabará destruyendo a la Iglesia «como la perestroika de Gorbachov acabó con el comunismo».


PREGUNTA.- Tu último libro lleva por título El fin del cristianismo. La muerte de Dios en tiempos del mercado global y del papa Francisco. ¿Cómo conectas todos estos puntos?

RESPUESTA.- La idea que desarrollo en el libro es básicamente que estamos viviendo el final del cristianismo. Lo llamo la evaporación del cristianismo. La civilización del consumo, de las técnicas, de las finanzas, ha creado una verdadera enemistad con respecto a lo cristiano y la religión de la trascendencia, que en Europa, por supuesto, es el cristianismo. Y llego a la conclusión de que hoy este se está evaporando y que la Iglesia de Bergoglio representa en sustancia el momento culminante de esta evaporación. Mientras la Iglesia de Ratzinger había intentado resistir, oponerse, defender las razones de la trascendencia y, por lo tanto, había entrado en conflicto con la civilización de los mercados, la Iglesia de Bergoglio es cristianismo evaporado, es el pensamiento único de la globalización expresado en teología.

 

P.- ¿En qué puntos detectas esta confrontación entre Ratzinger y Bergoglio?

R.- Sería suficiente comparar los discursos, las homilías, las encíclicas de los dos papas. En Ratzinger encontramos continuamente reafirmada la trascendencia, lo eterno, la apertura del espíritu hacia dimensiones más altas. En Bergoglio encontramos un cierre integral a la trascendencia. En los discursos de Bergoglio nunca se habla de Dios, del alma, de lo sagrado.

 

P.- Pero la palabra «Dios» sí aparece, y a menudo.

R.- Sí, aparece, pero es lo que yo en el libro, con una fórmula que tomo libremente de Zygmunt Bauman, llamo el ateísmo líquido. La Iglesia de Bergoglio es la del ateísmo líquido. ¿En qué consiste este ateísmo? No se trata ya del ateísmo de quien dice «Dios no existe y os muestro por qué». El ateísmo líquido es indiferente al problema de Dios. Hoy en día la mayoría de los europeos no son ateos, son ateos líquidos en esta acepción.

 

P.- Y Ratzinger precisamente ha hecho todo lo contrario, ¿no?

R.- Ciertamente Ratzinger, que es presentado por lo general como una figura reaccionaria y, de alguna manera, amiga del poder, en realidad, precisamente porque defendía la tradición, lo sagrado y la trascendencia, entraba en conflicto con un poder liberal progresista que ya no quiere la trascendencia, la tradición y las identidades. Ratzinger lo ha teorizado porque ha expresado en varios pasajes de sus obras, incluso antes de ser papa en 2005, que el cristiano hoy se encuentra en la oposición al mundo y al poder. Así que en Ratzinger encontramos la idea de una Iglesia que quiere agradar a Dios y no al mundo, que quiere agradar a la verdad y no a la dictadura del relativismo.

 

P.- Ratzinger es también defensor no solo de la trascendencia, sino de la razón. La razón que viene de nuestra herencia, en este caso más griega que la específicamente hierosolimitana. Y, por tanto, en este sentido también muy abierto como filósofo y como papa a un término que nos podría parecer más bergogliano: diálogo. No puede haber diálogo si no hay una razón común, ¿no?

R.- El concepto de diálogo de Ratzinger es un concepto platónico, de diálogo verdadero. Dialogo, no porque no haya verdad y por lo tanto nos echemos una charleta, sino que dialogo porque hay verdad y la alcanzamos mediante la confrontación. El de Bergoglio, en cambio, es un diálogo postmoderno y relativista, dialogamos porque no hay verdad.

 

P.- También es una teoría ratzingeriana la de los principios no negociables. Precisamente lo que, según él, es importante para una democracia, para un proyecto político democrático desde un punto de vista cristiano, es tener principios no negociables que caractericen tu propuesta como cristiano en el espacio público.

 

R.- A menudo se dice que el relativismo es la base de la democracia, pero es falso. La verdad es la base de la democracia. Ratzinger defendió no sólo la fe, sino que defendió la razón. Es errónea la confrontación que hoy se hace entre razón y fe. Hoy la razón y la fe deben estar juntas contra la civilización nihilista de las finanzas y de los mercados.

El buen cristiano en la nueva Iglesia liberal progresista de Bergoglio es el buen consumidor

Ratzinger siempre ha defendido la alianza de razón y fe. En su discurso de Ratisbona de 2006 dijo una cosa importantísima: una fe que se oponga a la razón, no es fe. Pero también dijo que una razón que no acepta la fe se convierte en totalitarismo, y el totalitarismo actual es el de la tecnociencia y de las finanzas.

 

P.- Creo que estamos muy de acuerdo sobre Ratzinger, ¿no? Así que volvamos a Bergoglio. Es obvia la diferencia entre ambos, incluso hay películas sobre esa distancia entre los dos papas. Ahora bien, ¿no crees que resulta exagerado considerar que un papa, en este caso Francisco, no defiende o no piensa que Dios sea verdad?

R.- Es una tesis fuerte, pero apoyada a mi juicio por los discursos de Bergoglio. ¿En estos discursos quién es el buen cristiano? Esa es la pregunta. Desde un punto de vista clásico, el buen cristiano es quien cree en las razones de lo eterno y de lo divino y se comporta consecuentemente en la tierra. También puede ser un buen enemigo del poder porque, como decía santo Tomás de Aquino, si la ley terrena se opone a la ley divina, hay que oponerse al poder. Con el tiranicidio, por ejemplo.

A mi juicio, el buen cristiano en la nueva Iglesia liberal progresista de Bergoglio es el buen consumidor. La de Bergoglio y la nueva Iglesia liberal progresista es una fe de bajo coste. Para ser un buen cristiano debes creer en la globalización capitalista, debes estar en contra del soberanismo y del populismo, debes estar a favor de los puertos abiertos a la inmigración masiva. Es decir, es el mismo mensaje de la globalización neoliberal, pero situado en el ámbito teológico. Así, la Iglesia de Bergoglio se convierte en un megáfono del pensamiento único política y teológicamente correcto. En mi libro, Fin del cristianismo, digo que Bergoglio hace «una teología con el martillo» [eco del nietzscheano «filosofar con el martillo»]: destruye todos los fundamentos de la cristiandad y propone la que podríamos llamar «una religión de la banalidad», sin trascendencia, sin referencias a Jesús y a la Divinidad, sin referencias a lo eterno. ¿Para quién es el infierno, según Bergoglio? Creo que si para Bergoglio hay infierno, lo hay para los populistas, para los soberanistas, para los socialistas, para quien se opone a la globalización neoliberal.

 

 

P.- Es curioso lo que dices porque a Bergoglio se le acusa de ser populista, un poco por su origen argentino.

R.- El populismo de Bergoglio vacía la Iglesia de Roma y la abre al mundo. Bergoglio, por usar una imagen bíblica, se despreocupa de las ovejas de su propio rebaño para ir a recuperar las que están fuera. Bergoglio nunca habla a los cristianos, habla siempre a los ateos, a los musulmanes, a las religiones paganas. Con el resultado de que no trae nuevas ovejas al rebaño y, en cambio, deja salir a las que tiene. La idea de Bergoglio lleva al cumplimiento el Concilio Vaticano II, la de abrir el cristianismo al mundo para conquistar el mundo; pero, en realidad, abriéndose al mundo, el cristianismo se pierde en el mundo, se evapora, se disuelve y al final tenemos la «teología de la banalidad y de la nada» de Bergoglio. Que, por cierto, en mi opinión, nunca fue papa; el papa era Ratzinger.

 

P.- Eso conecta con un movimiento tradicionalista radical, que piensa que estamos en una especie de sedevacantismo, que el asiento papal está vacante.

R.- No soy católico, ni tradicionalista, soy un hegeliano que reconoce el mensaje verdadero de la religión. Estoy de acuerdo con los que defienden la tesis según la cual Ratzinger era el único papa, porque en 2013 no renunció a ser el papa: renunció a ejercer el papel de papa. Si eres abogado y renuncias a ejercer el papel de abogado, sigues siendo abogado, y si hay necesidad de otros abogados nombrarán a otros.

Hoy la razón y la fe deben estar juntas contra el nihilismo de las finanzas y los mercados

Pero si eres el papa y renuncias a ejercer el papel de papa sigues siendo el papa, y no pueden, mientras vivas, nombrar uno nuevo. Por eso, de 2013 a 2022, Ratzinger era el único papa, pero no con sede vacante, sino con sede impedida: es decir, él era el papa, y la sede está vacante solo desde el 31 de diciembre de 2022. ¿Por qué, si Ratzinger renunció a ser el papa, siguió vistiéndose como el papa?

 

P.- Y le seguían llamando papa, ¿no?

R.- ¿Y por qué firmaba Benedicto XVI? ¿Por qué exhibía las insignias heráldicas? En la historia de la Iglesia, Celestino V, cuando deja de ser papa, ya no se llama Celestino V, vuelve a los Abruzos y abandona. Ratzinger, en cambio, sigue siendo Benedicto XVI, ¿por qué? Mi tesis es que Ratzinger, en términos de derecho canónico, ha renunciado al ministerium pero no al munus, por tanto ha renunciado a ejercer el papel de papa, pero no a ser el papa. Y lo hizo precisamente para impedir la deriva liberal progresista de la Iglesia: dio un paso al lado, no un paso atrás.

 

P.- Pero haciendo eso tenía menos poder para oponerse.

R.- Sí, pero él ya no podía ejercer su papel de papa. Tenía en contra no solo al poder financiero, sino sobre todo a las fuerzas liberales progresistas, que tramaban una primavera árabe en el Vaticano para sustituir al que llamaban «el terrorista blanco», es decir, Ratzinger. La Iglesia misma estaba animada por pulsiones liberales progresistas. Así que no hubo dos papas entre 2013 y 2022, había un papa Ratzinger y un antipapa Bergoglio. Hay que destacar que muchos han intentado decir que en realidad se llevaban bien, que eran amigos, que tenían la misma visión, pero no era cierto. Tanto es así que el mismo sistema mediático que celebraba a Bergoglio como una estrella, es el que ladraba continuamente contra Ratzinger. Ratzinger era odiado y todavía lo es en la memoria por el sistema mediático.

 

P.- Entonces, ¿cuál era el plan de Ratzinger? Ejercer ese papel, durante años, y luego desaparecer, dejar una Iglesia con sede vacante. ¿No es un plan un poco loco viniendo de un teólogo y de un papa de cierto peso?

R.- Para responder a esa pregunta seguiré los pasos de Pier Paolo Pasolini, que es uno de los autores más citados en mi libro El fin del cristianismo. Porque Pasolini había comprendido la importancia de lo sagrado y que la civilización despiadadamente atea y materialista del consumo odia lo sagrado. En sus películas y escritos siempre está la idea de la sociedad burguesa sin lo sagrado. En un texto muy bello de 1973, titulado El loco eslogan de los blue jeans, se refiere a un anuncio que había aparecido en esos años en Italia, donde se mostraba el cuerpo de una mujer con unos jeans y el eslogan No tendrás más vaqueros que yo, lo cual era una forma de profanación [por tratarse de una paráfrasis del mandato bíblico del Sinaí, «No tendrás más Dios que yo»]. La Iglesia se opuso y acabaron retirando ese anuncio.

Lo que Pasolini explica en el citado artículo es que ese anuncio es solo el comienzo de la lucha entre el capitalismo y el cristianismo. Porque mientras que el cristianismo puede llegar a un acuerdo con otras formas de poder, en cambio con la civilización del capitalismo hedonista total, lo que yo lo llamo el turbocapitalismo, el acuerdo no es posible: la sociedad del capital evaporará la religión. Y, por tanto, decía Pasolini, la Iglesia tiene dos posibilidades: la primera consiste en volver a ser la Iglesia de los orígenes, esa catacumba contra el poder capitalista, que era lo que él soñaba. Hoy podríamos encontrar, en la figura del papa, si supiera renunciar a ser un hombre del poder, un punto de apoyo para nuestra lucha contra el poder.

 

P.- Un aliado…

R.- Un aliado, un líder contra el capitalismo. La segunda opción actual de la Iglesia, decía Pasolini, es aceptar la sociedad de consumo, lo que la disolverá en tal sociedad de consumo y hará que se suicide –él mismo usaba esta expresión: "suicidarse"—. Y bien, creo que la Iglesia de Bergoglio se está suicidando en la sociedad de consumo. La de Ratzinger, en cambio, se convierte hoy en un pequeño rebaño casi semiclandestino, que se organiza, no cede. En Italia hay varios movimientos que se oponen a la nueva Iglesia de Bergoglio y, por tanto, el cristianismo verdadero, el de Ratzinger, hoy se encuentra en la oposición al poder financiero y liberal progresista. R

El mismo sistema mediático que celebraba a Bergoglio como una estrella ladraba continuamente contra Ratzinger

atzinger ya lo teorizó hace años. Hay un programa de radio donde Ratzinger, en 1969, ya afirma: «Me imagino un futuro en el que los sacerdotes se convertirán en asistentes sociales y ya no habrá nada del cristianismo». Precisamente entonces, un pequeño resto, lo llamaba, un pequeño rebaño podrá constituir el nuevo núcleo de una comunidad que querrá agradar a Dios y no al mundo. Y que, por ello, entrará en conflicto con el mundo.

 

P.- Esa intervención radiofónica luego se publicará en el libro Fe y futuro, ¿no?

R.- Cierto. Por tanto, la idea es que Ratzinger, con su gesto de 2013, separó una Iglesia auténtica, a la que le gusta agradar a Dios y no al mundo, la del pequeño resto, frente a una nueva Iglesia liberal progresista que quiere agradar al mundo y no a Dios. En los discursos de Bergoglio realmente no hay nada trascendente, si lo escuchas hablar parece o el exponente de un partido liberal progresista que habla de puertos abiertos y de apertura comercial, o el operador de una ONG que habla de cómo acoger a los inmigrantes. Y el capitalismo no quiere acoger, lo que quiere es explotar a los recién llegados como Marx ya había entendido…

 

P.- Quiere abrir las fronteras para disponer de seres humanos más fácilmente explotables.

R.- Brazos a bajo coste. Y luego Bergoglio parece un guardia forestal, cuando habla de la Amazonía, de los problemas verdes, de la «economía verde», pero nunca hay el discurso sobre Dios, mientras que en cambio en Ratzinger había continuamente esta centralidad de lo divino. Creo que hay una enemistad entre el capitalismo y la religión de la trascendencia por muchas razones. Porque para un cristiano Dios está en los cielos y no en el mercado, lo sagrado no está a la venta.

 

P.- Si en el próximo cónclave se produce la elección de un nuevo papa, que luego cambiara un poco esta orientación bergogliesca, por así decir, de la Iglesia, ¿qué sucedería? Porque no volveríamos exactamente a esa Iglesia pequeña antes citada, incluso se podría pensar una vez más en una Iglesia plena, grande, pero opuesta al capitalismo.

R.- Creo que… el hecho de que Bergoglio esté hablando de su posible dimisión es una señal importante porque, evidentemente, aunque en el discurso público no aparece, la sede está vacante. Está vacante porque Bergoglio no es el papa: el papa era el otro.

 

P.- ¿Crees que él piensa lo mismo?

R.- Sabe muy bien que no es técnicamente el papa. Puede celebrarse un cónclave para elegir un nuevo papa con los obispos blindados por Bergoglio, de modo que parezca un papa legítimo, cuando en realidad estará siempre en esa línea antipapal.

 

P.- Entonces, ¿tampoco un nuevo papa sería legítimo?

R.- Si va en esa línea, no… De algún modo Ratzinger, al colocarse en sede impedida, ha deslegitimado a toda esta nueva Iglesia que no es la verdadera.

 

P.- Me gusta mucho esa idea que dices de liquidez que vacía el significado de ser católico, de pensar como católico.

R.- Claro, la nueva Iglesia liberal progresista de Bergoglio es una Iglesia líquida, es una Iglesia fluida, es una Iglesia que se modela a la manera de las demandas del mercado. Es la Iglesia del misericordismo: la misericordia se transforma en una especie de perdón universal de todo y de todos y de un amor universal que, sin embargo, vacía de contenido todo. Bergoglio, en un texto suyo muy conocido, la encíclica Fratelli tutti, vuelve a proponer el amor cosmopolita, lo que el viejo Hegel definía como «el latido por la humanidad», la etapa del alma bella que ama al mundo. Pero amar al mundo significa no amar a nadie, porque el amor va siempre, como he tratado de decir en mi libro El nuevo orden erótico. Elogio del amor y de la familia, del nombre propio al nombre propio, nunca puede ser amor por lo universal.

 

P.- En el Evangelio, de hecho, no se habla de amor universal, «a la humanidad»; se habla de amor al prójimo.

R.- Ciertamente, el pensamiento cosmopolita entiende al prójimo como al «otro», pero no es así, en latín proximus quiere decir lo que está más cerca de mí. Así que el amor es para el más cercano, no para el «otro». El discurso cosmopolita liberal también en esto es perfectamente compatible con el de la nueva Iglesia de Bergoglio, porque propone renunciar a amar a quien está más cerca para abrirnos al «otro»; es decir, de algún modo, nos pide renunciar a lo particular para abrirnos a lo universal abstracto. Pero nosotros sabemos que es ley de vida que amemos antes que nada a nuestro hijo, a nuestra esposa, a nuestro padre, a nuestro amigo, a nuestro conciudadano y, después, al que está más distante. El discurso cosmopolita nos pide amar una cultura universal, la humanidad en abstracto, con el único objetivo de crear indiferencia hacia quien está más cerca: este es el engaño del discurso cosmopolita. Ya Jean-Jacques Rousseau en el Emilio decía que amar a la humanidad es sólo la coartada para no interesarse por tu propio vecino.

 

P.- Porque amar la humanidad como tal es amar una idea; y es siempre más fácil amar una idea que amar a la persona que está a tu lado.

R.- De hecho, para Hegel, que cuestionaba el cosmopolitismo ilustrado, lo universal es siempre lo universal concreto. El universal humano existe concretamente en las culturas y en los pueblos. Por lo tanto, somos humanos en la medida en que tenemos un idioma, somos parte de una cultura, de un pueblo, y esto nos permite entender el engaño de la Unión Europea. La Unión Europea nos pide que renunciemos a nuestra identidad de españoles e italianos para adherirnos a la cultura europea universal. Pero la cultura europea no existe sino como cultura italiana, española, francesa o alemana. Es un universal concreto.

 

P.- Culturas ligadas entre sí…

R.- Sí, por su relación. Y, por tanto, el discurso de Bergoglio también en esto parece cooperar con esta fluidez cosmopolita, como en muchos otros temas. Si ya no hay valores absolutos, todo se vuelve relativo. Si ya no hay verdad, tampoco es posible cuestionar la falsedad, y por tanto el poder.

 

P.- Volviendo un poco al argumento del mercado, muchos podrían decir al escucharnos: «Pero yo he oído, he leído a Bergoglio oponerse al mercado, criticar al mercado». De hecho, esta sería la razón por la que este papa es considerado un papa de izquierda o, al menos, un poco más de izquierda.

 

R.- En mi libro Pensare altrimenti, que en España se tradujo como Pensar diferente, sostengo que el capitalismo no solo gestiona el consenso, sino que también gestiona la disidencia. De esta manera, es totalitario también en este aspecto. No solo gestiona el consenso, sino que también produce lo que llamo «una crítica conservadora» que tiene dos modos fundamentales de expresión.

Por un lado tenemos la crítica conservadora de los discípulos de Heidegger, que dicen que el mundo de la técnica es terrible, obsceno, pero que no hay nada que hacer, que solo Dios nos puede salvar. Y, por lo tanto, esta crítica termina siendo una apología del capitalismo, porque si dices que es horrible pero que no hay alternativa, lo estás justificando. De ahí que se trate de una crítica conservadora.

La segunda modalidad de crítica conservadora es la de quien critica la globalización, por ejemplo, o la destrucción del medio ambiente, pero al mismo tiempo critica también lo que se opone realmente a la globalización y a la destrucción del medio ambiente. Pongo un ejemplo: Greta Thunberg representa el ecologismo neoliberal, porque nunca emprende una lucha contra el capitalismo y contra las clases dominantes que destruyen el medio ambiente. Se la celebra como a Bergoglio en todos los medios de comunicación, ¿por qué? Porque son las clases dominantes las que necesitan evitar que el ambientalismo se vuelva anticapitalismo, y por tanto dicen: «¡Nosotros nos ocuparemos del medio ambiente!, ¡economía verde!». Y mediante esa «economía verde» transforman el ambientalismo en fuentes renovables de negocio.

Lo mismo pasa con Bergoglio, porque si bien es verdad que critica la desigualdad, las finanzas, el capitalismo… lo cierto es que critica también todo lo que en concreto se les opone. Por ejemplo, si Bergoglio estuviera realmente en contra del capitalismo, debería valorar el populismo. Bergoglio critica el capitalismo y luego va y dice: «Cuando oigo hablar de soberanía nacional, me viene a la mente el nazismo». Por tanto, Bergoglio forma parte a mi juicio de la crítica conservadora.

 

P.- Creo que queda bien nítida tu posición.

R.- Está claro que mi discurso sobre la Iglesia católica será recibido por muchos como el discurso de un ultracatólico que quiere volver a la verdadera Iglesia. No es así, yo soy un hegeliano, para mí en la religión hay un elemento verdadero, pero no soy un hombre confesional.

 

P.- ¿Y encuentras que este elemento verdadero se olvida en esta Iglesia de Bergoglio?

R.- Totalmente. Hoy hay una convergencia integral entre la izquierda fucsia neoliberal y la Iglesia poscristiana de Bergoglio. Yo en el libro digo que «Bergoglio es para la Iglesia de Roma lo mismo que Gorbachov fue para la Unión Soviética». Gorbachov propuso la perestroika, que sería una renovación, una modernización, pero en realidad destruyó el comunismo. Y eso fue una tragedia, la mayor tragedia de la historia del siglo XX. Bergoglio quiere hacer una perestroika de la Iglesia, abrirla al mundo, hacerla progresar, pero haciéndolo así la destruye como Gorbachov hizo con el comunismo.

En mi opinión, hubo un error fundamental tanto del comunismo como de la Iglesia católica en el siglo XX, ya que se hicieron la guerra entre sí sin darse cuenta de que sería el capitalismo el que los mataría a ambos. Ese era el punto fundamental. El verdadero enemigo del cristianismo no es el comunismo que, como decía Pasolini, tiene su propio impulso espiritual, de no conformarse con lo que hay. El verdadero enemigo del cristianismo es el capitalismo.

Traducción del italiano: Ilenia Cipolla

© The Objective

 

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