La denostada Edad Media

La luz de la Edad Media tiene la facultad de seguir iluminando con intensidad asombrosa a cualquier espíritu que no esté cegado por las barreras arbitrarias de los falseamientos.

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No es infrecuente oír la palabra «medieval» para designar algo primitivo, irracional, fanático, incluso cruel. Bien sabemos que a los tiempos medievales se les ha venido llamando Dark Ages, «edades oscuras». Testigo es esto de que, en demasiadas ocasiones, 
la escritura de la historia dista mucho de parecerse a la búsqueda de la verdad. Y, sin embargo, si queremos conocer algo de nuestro pasado, no se trata sólo de aprender de la historia (indagando en la historiografía con ojo crítico, desde luego), sino de algo mucho más sencillo e inmediato: de abrir los ojos.
A poco que los tengamos abiertos, con esa mirada que va directamente de lo visible al corazón, veremos la abundante y luminosa belleza que nos ha legado, a nosotros, herederos suyos, la Edad Media. Una Edad que, por si fuera poco, abarca tantos siglos que tomarla como algo uniforme y estático no deja de ser también un desapego intelectual a su rica y compleja realidad. Abrir los ojos, sí, a la consistente espiritualidad de una iglesia románica, a la magnificencia de una catedral gótica, a la imponente reciedumbre de cualquier castillo.
Cierto es que no hay edad que no tenga sus oscuridades, no pocas y a menudo terribles. Pero la luz de la Edad Media tiene la facultad de seguir iluminando con intensidad asombrosa a cualquier espíritu que no esté cegado por las barreras arbitrarias de los falseamientos. Y en esa luz medieval nos reconocemos porque ahí está una parte fundamental de nuestras raíces espirituales. Paseando por los núcleos de origen medieval de algunas ciudades veremos el diseño racional en el que se fundan. Largo, tan largo o más que la misma Edad Media, sería enumerar aquí los ejemplos de su legado filosófico y artístico. Sólo recordar el carácter medieval del espíritu de la caballería y los cantares de gesta que con tanta claridad lo muestran, la visión trascendente del amor de la Divina Comedia, la religiosa vocación ingeniera de Santo Domingo de la Calzada, que abrió caminos y tendió puentes para los peregrinos del Camino de Santiago. Y qué es el canto gregoriano sino luz hecha sonido.

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