20-N: una revisión sobre el Ausente

José Antonio Primo de Rivera: ¿Presente?

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A un político se le suele juzgar por sus actos. Incluso los que no llegaron a alcanzar
nunca el poder, dejaron al menos una obra en forma de proyecto, de programa ideológico, de estrategia para conquistar el Estado o de influencia en las circunstancias de su tiempo. El caso de José Antonio Primo de Rivera es completamente singular. Su vida pública se reduce a cinco años; su jefatura de Falange, a tres. Después, la muerte se lo llevó. Desde el punto de vista de la política práctica, su peso fue irrelevante: balsa a la deriva en las aguas turbulentas de la II República, a la izquierda no le costó gran cosa aplastarlo ante la pasividad de una derecha a la que el hijo del dictador le resultaba más bien incómodo. José Antonio careció por completo de la garra y la ambición que caracteriza a los grandes revolucionarios: Lenin, Mussolini, Hitler, capaces de establecer una estrategia implacable de conquista. Como político, no nos engañemos, fue un fracaso.
 
Sin embargo, todo lo que José Antonio pensó, escribió y proclamó durante aquellos breves años, en la tribuna parlamentaria o en el mitin de calle, posee una altura y una profundidad excepcionales. En ese sentido, su figura forma parte eminente de la historia del siglo XX en España. Más intelectual que hombre de acción, José Antonio debe ser juzgado antes por sus ideas, por sus escritos, que por su “balance” político. Más revolucionario que conservador, pero también más conservador que fascista, el lugar del fundador de la Falange debe inscribirse en la historia de la derecha española. Podríamos resumir así su lugar: José Antonio recuperó algunos de los grandes temas del nacionalismo revolucionario europeo y los insertó en la tradición intelectual de la derecha española, sometiéndola a una fuerte convulsión. La mixtura, bastante singular, es lo que da toda su personalidad al pensamiento joseantoniano, que no puede definirse exactamente como pensamiento “nacionalsindicalista”, sino que desborda las etiquetas estrictamente políticas.
 
Un pensamiento original
 
En efecto, en las muchas páginas dejadas por Primo de Rivera saltan con idéntica frecuencia –contradictoria- Ortega y Menéndez Pelayo, D’Ors y Maeztu, y ese es el filtro a través del cual adquieren color propio las ideas importadas del fascismo italiano y su corporativismo. Crítico de la modernidad, sin embargo la asume al considerar prioritaria la cuestión social y el mundo del trabajo. Nacionalista por temperamento, sin embargo supera el nacionalismo al hacer propia la idea de imperio, que tanto debe a Eugenio D’Ors. Católico por profunda convicción personal, sin embargo rehuye cualquier confesionalismo político, lo cual le aleja de los ámbitos tradicionalistas. Lejos también del espíritu romántico –tan consustancial a los fascismos y especialmente al nacionalsocialismo-, José Antonio opta por una visión clásica del Estado, por una idea arquitectónica de la comunidad nacional. Pero no sucumbe a la divinización del Estado, sino que trata de hacer a éste compatible con el protagonismo de las personas encuadradas en sus formas “naturales” de organización (familia, municipio, sindicato). El conjunto, el cuerpo teórico, adquiere una consistencia muy superior tanto a su traslación programática –los 27 puntos de Falange- como a sus posteriores desarrollos políticos.
 
Todo eso quedó prácticamente congelado desde aquel 20 de noviembre de 1936, bajo las balas del Frente Popular. A partir de esa fecha, José Antonio fue más una figura que un hombre. Se ha escrito mucho sobre la instrumentalización posterior de la figura del Ausente por el régimen de Franco: la transformación de un programa revolucionario en coartada retórica para un régimen autoritario y ultraconservador. Esto es, en general, verdad, pero conviene establecer unos cuantos matices de la mayor importancia. Primero, que tal instrumentalización sólo fue posible porque el grupo dominante de la propia Falange así lo quiso. Este grupo fue el vencedor de una violenta querella interna entre facciones falangistas enfrentadas; los derrotados en la pugna podrán resultarnos más o menos simpáticos, pero es aventurado suponer que estuvieran en condiciones reales de ofrecer un modelo viable de organización del Estado. Después, el grupo vencedor –franquista, conservador- no dejó de aplicar buena parte del programa falangista en la España de posguerra. La construcción de viviendas sociales, la alfabetización de las mujeres a través de la Sección Femenina (una tarea sobre la que demasiado apresuradamente se lanzan hoy desdenes) o la mejora progresiva de las condiciones laborales son sólo unos pocos ejemplos.
 
¿Y hoy? Hoy el mundo es enteramente distinto al que José Antonio conoció. Por eso sus ideas políticas son necesariamente inactuales. En ese sentido, tan absurdo es imaginarle como un señoritingo aficionado a las pistolas y a las juergas –la caricatura izquierdista- como presuponerle un genio inmarcesible capaz de cabalgar por encima de los siglos. El pensamiento de José Antonio Primo de Rivera es tributario de su tiempo y sólo en él puede ser plenamente entendido. Ahora bien, sus páginas siguen dejándonos reflexiones de indudable brillantez y perspectivas que, por bien fundadas, no pasan de moda.
 
Hoy el lugar de José Antonio no debería estar en carteles pegados en las paredes de la ciudad, sino en los programas de estudio de las universidades. ¿Encerrado como en un museo? No: revisado.

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