El “milagro” del BNG explicado para incrédulos

Si queremos entender por qué el BNG tiene serias posibilidades de hacerse con la presidencia de la Xunta de Galicia tras las elecciones de este domingo, haríamos bien en...

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Han pasado más de treinta años desde que Manuel Fraga y Fidel Castro hicieron su particular cumbre Nixon-Mao en Galicia para mostrar a lo loco, y entre mucho aguardiente, que sus idearios no eran tan distintos como parecía y que la galleguidad estaba por encima de todo. El extraño encuentro tuvo lugar en julio de 1992, justo cuando todos los españoles —incluso los no nacidos— fuimos declarados modernos y mayores de edad. En aquellos días reinaba hasta tal punto la concordia entre antiguos enemigos que los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron inaugurados en la festividad de Santiago Apóstol, patrón de España, por el antiguo falangista José Antonio Samaranch, quien a modo de un papa venerable, homenajeó al son de Amigos para siempre junto a un comunista, un socialista, un catalanista y el rey Juan Carlos, la memoria del president Lluis Companys, fusilado a pocos metros de allí en 1940. No podemos, sin embargo, pecar de ingenuos. Por más que los amores de Fraga y Castro tuvieran lugar en un contexto como aquél, tan alejado de la mediática polarización actual, don Manuel tenía, como siempre, segundas intenciones. El entonces presidente de la Xunta, que había inventado con Franco el menú del día, la cultura del destape, el turismo y la libertad de prensa, y que estaba a punto de patentar el Camino de Santiago, vio en el encuentro con el camarada Fidel la oportunidad perfecta para atraer hacia el ecléctico PP de Galicia a muchos votantes de sensibilidad izquierdista y galleguista que el emergente BNG de Xosé Manuel Beiras estaba conquistando.

Si queremos entender por qué el BNG tiene serias posibilidades de hacerse con la presidencia de la Xunta de Galicia tras las elecciones de este domingo, haríamos bien en recordar ese encuentro y en dejar de lado toda fantasía acerca de que los gallegos hayan transicionado ideológicamente desde el lacón, las nécoras y el conservadurismo rural, al tofu, las algas y el progresismo woke, o que se hayan convertido en la perfecta síntesis independentista del marxismo-leninismo de Bildu y del derechismo hayekiano de Junts. Los gallegos nunca han sido ni una cosa ni la otra.

Pese a lo que pueda parecer, el BNG está creciendo porque el electorado pide volver, quizás desesperadamente, al espíritu de los partidos surgidos del régimen del 78, una vez que se ha cansado del transformismo de PSOE y PP, y de la plebefobia y clasismo de Podemos y las Mareas (Fernán Vello, diputado por las Mareas, llegó a llamar “esclavos” a los gallegos por no votarlo). El BNG, muy similar en la política real y arraigo territorial al PP de Fraga que Feijoo heredó, es el único partido de los tradicionales que mantiene cierta apariencia inocente y virginal tras años de oposición y varias experiencias exitosas de gobierno, allegro ma moderato, en ciudades como Pontevedra (feudo nacionalista que mantiene las corridas de toros y donde aznaristas de solera no dudan en votar al Bloque). Es decir, si el BNG está en condiciones de gobernar es porque, además del electorado de las izquierdas no nacionalistas, está atrayendo a votantes del PP e incluso a aquellos que podrían optar por VOX debido a su defensa de los sectores primarios y la soberanía alimentaria, pero que no lo hacen por la obsesión de los de Abascal en negar que se pueda ser gallego y español. De hecho, no pocos electores de los que podrían aupar al BNG a la Xunta no ven con buenos ojos la deriva del nacionalismo vasco y catalán, pero reaccionan en clave de autodefensa gallega ante el desplante del PSOE y el PP, y la relación cada vez más sumisa que socialistas y populares gallegos establecen con respecto a los mandatos de Ferraz y Génova.

Si el BNG llega a triunfar es, en definitiva, porque ha aprendido la lección del PP de Fraga, quien no dudaba en apostar por un eclecticismo ideológico tan necesario hoy como en aquel entonces. El BNG lleva décadas haciendo un trabajo de hormiga para limar las asperezas de un votante medio que saben alejado de todo radicalismo y defensor de la pequeña propiedad. En este sentido, el BNG es un admirable instrumento de autoblanqueamiento, pues se ha acostumbrado a adaptar el antipopular discurso del sector dominante del partido (la comunista Unión do Povo Galego) a la socialdemocracia de facciones moderadas como la encabezada por el europeísta Camilo Nogueira o por el federalista Beiras, padre intelectual del radicalismo ye-ye de Podemos. Como el PP de Fraga, el BNG está de una manera u otra presente en cada rincón de Galicia, pero, a diferencia de éste, tiene un respetado sindicato (la CIG) que lleva tiempo siendo hegemónico. Todo pareciera sonreírle al BNG, pero, en muchos sentidos, su ocaso nunca ha estado tan cerca.

Las dos almas del BNG

El BNG tiene dos almas irreconciliables y absolutamente opuestas que son más visibles hoy en día que hace unas décadas, cuando la izquierda parecía izquierda y la derecha, derecha. Por una parte, se declara como antiglobalista, defiende la pesca y el campo, la autoexplotación de los recursos naturales, se enfrenta a la tecnocracia de Bruselas y conecta —o dice conectar— con una concepción popular de la política que ha sido habitualmente excluida de las instituciones, como denunciaba Castelao en sus estampas. Por otra parte, sin embargo, el BNG es la apoteosis de lo woke: es trans, es feminista, es verde, es digital y entrega fervorosamente a la tecnocracia global la soberanía que dice querer defender (Ana Pontón llegó a pedir políticas de mano dura para combatir el Covid-19 como las dictadas por la nefasta Jacinda Ardern en Nueva Zelanda). Esta doble personalidad (gente común con la primera alma, funcionarios y culturetas con la segunda) ha sido una constante del BNG desde su fundación, donde los que ahora son woke antes eran lusistas obcecados en sustituir el gallego por una jerigonza de apariencia portuguesa y en inventarse palabros e insólitas costumbres con las que reeducar a sus paisanos y dictarles como existir y ser. Esta guerra a muerte entre una política de base rural y otra paródicamente urbana y global, apenas disimulada en la campaña electoral, es la que puede acabar enterrando al BNG.

En las experiencias de gobierno, e incluso de oposición, siempre ha triunfado la primera de estas almas, hasta el punto de invisibilizar políticamente a la segunda. Sin embargo, el peso creciente de un voto urbano representado, en su cúspide, por nacionalistas woke que se declaran veganos (¿acabará el Bloque con la ganadería y pesca gallegas?), activistas LGTBIQ+ a lo PAM/Montero, o ecologistas entusiastas de la transición energética mediante renovables sin mayor discusión, podrían hacer del BNG un nuevo Podemos/PSOE que fuese rechazado por la sociedad gallega por ir frontalmente en contra de los intereses de Galicia. Las primeras señales no son buenas. Por ejemplo, Ana Pontón ha presentado como las dos grandes medidas del BNG para Galicia el incremento de Juzgados de Violencia de Género y la incorporación masiva de psicólogos a los servicios de Atención Primaria. Lo curioso es que una propuesta de carácter más nacionalista y soberanista como la creación de una empresa pública de energía que aprovechase la ingente cantidad de energía eólica producida en Galicia ha pasado a un segundo plano. Es decir, el BNG de Pontón podría ser el Podemos yanqui de Belarra, que pone el foco en necesidades que vienen dictadas por el nuevo orden tecno-global (énfasis en la salud mental, pero no, por ejemplo, en reducir la siniestralidad laboral que convierte en tragedias la vida de numerosas familias gallegas).

El otro gran peligro que el BNG debe superar para poder sobrevivir a este dulce momento de éxito es la propia Ana Pontón. Presentada por los medios, siempre sin aducir razones, como una líder empática, convincente y moderna que ha conquistado el corazón de los gallegos, Pontón es de lejos la peor candidata —más floja que Marta Lois— de cuantos se presentan a las elecciones. Es cierto que ha debido manejar bien las disputas internas de su partido y que eso tiene su mérito, pero en cuanto a proyección pública parece haber sido formada en la escuela de Mariano Rajoy, sólo que graduándose sin la relativa gracia y desparpajo de éste. Pese a llevar toda la vida en política, Pontón es incapaz de pronunciar una frase mínimamente elocuente y se limita a repetir eslóganes que hacen del sentido común una afrenta a la inteligencia, al estilo de “Galicia es un país pequeño, pero es un gran país” o “En estas elecciones los gallegos deberán elegir entre una candidata que se apellida Pontón y un candidato que se apellida Rueda”. Pontón no es una líder que haya apelado a la conciencia de los gallegos y los haya movilizado, sino un holograma discreto que no hace ruido pero que muestra la fortaleza de su partido, capaz de crecer gracias al enorme trabajo de base y a su implantación en el territorio gallego. Si el candidato del BNG fuese Jorge Buxadé u Ortega Smith y llevase peluca celta, pendientes y las cejas esmeriladas (sólo que con la voz de la televisión en off) pueden tener por seguro que el resultado sería el mismo.

En caso de hacerse con la presidencia, Pontón podrá mostrar si tiene cintura de líder. Si impone, por ejemplo, el monolingüismo en gallego en la educación, es posible que pierda apoyos entre muchos electores, quienes además de no apreciar ningún conflicto con el castellano, saben que si el gallego pierde hablantes no es, desde luego, por las políticas educativas implantadas, sino por la falta de autocrítica en los subvencionados sectores del nacionalismo cultural gallego. El gallego debiera ser un factor de integración ciudadana y no de exclusión. Tan contraproducente sería ser médico y negarse a querer comprender a pacientes que hablan gallego como exigir un examen que muchos gallegohablantes no pasarían y que sería el equivalente a examinar con una rigurosa prueba de castellano a cualquier funcionario que quisiese entrar en la administración.

En resumidas cuentas, para entender qué está pasando en Galicia haríamos bien en aceptar que ni se va el fascismo ni retorna el comunismo, por la simple razón de que ambos ya se han unido por medio de una tecnocracia supragubernamental (que, es cierto, encuentra en la nueva izquierda a su gran aliado). Tendríamos también que tener claro que Galicia no es ni el País Vasco ni Cataluña (no tiene su pasado industrial, pero además, por razones geográficas, siempre ha estado ligada al destino de Castilla/España y Portugal). Debiéramos asumir que tampoco es Extremadura ni Andalucía, ya que, pese a ser pobres, los gallegos siempre han sido minifundistas y han procurado ser pequeños propietarios para ser ellos los que mandasen en su propia hambre.

Puestos en esta perspectiva, y por extraño que parezca, bien podría ser que el auge del BNG suponga para el inconsciente del electorado gallego la vuelta del PP de Fraga, añorado por muchos de los que lo criticaban, anhelantes de que el líder vuelva reencarnado en cormorán como un Rey Arturo galaico para imponer orden y sentido. Pero el éxito del BNG es, también, un aviso para el resto de España, que indica que, en tiempos de tormenta, es normal replegarse para intentar que todo vuelva ser como antes. Pero, claro, nada, nunca, puede ser como un día fue.

 


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N.º 4


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